Dañado de por vida

Jamás encontrarás el amor de tu vida, pues el amor no se encuentra, se construye.Erich Fromm

Sí, así estoy. Irremediablemente dañado. De por vida. Por todos los años que me queden por delante. Sin cura. Sin remedio. Sin ninguna oportunidad de recuperación.

Yo era un tipo como todos. Había tenido parejas como todos. Ya había recorrido algunas veces el camino de “me gustás”, “me gustás mucho”, “te quiero un poquito”, y así hasta enamorarme.

Hasta que llegaste vos. Hasta que la vida nos juntó en la puerta de la primaria a la que iban mis hijas y la tuya…

–Y ésa? –me preguntó mi amigo, que me buscaba candidatas posibles.
El tipo estaba medio preocupado porque el tiempo pasaba y yo ni por asomo “rehacía” mi vida, después de separarme de la madre de mis hijas.
–Mseeé… –respondí, casi sin prestar atención.

–Viste? Él sí se da cuenta de los detalles –le dijo una amiga a la que más tarde sería mi mujer por muchos años.
Yo había saludado y había hecho un comentario acerca de un cambio en su pelo.
–Pero vos te fijaste cómo se viste? –sentenció ella.
–Qué importa, después lo vestís vos –remató la sabia amiga.

Ninguno de los dos sintió el “impacto”. Ni ella ni yo quedamos absortos por la belleza del otro. No fue por ese camino por el que comenzó nuestra historia. No hubo flash. Ni deseos irrefrenables de comerse al otro. Yo no los tuve por desconectado del mundo y ella porque no tengo la estética de un tipo que lo mires y digas “wow!”. Y ya leyeron el comentario de cómo me vestía…

No pretendo negar el papel que lo exterior juega en cualquier relación incipiente, pero creo que la atracción física es como el vino: demasiada emborracha y no te deja pensar con claridad.

Pero una buena proporción de ese alcohol te ayuda a “resbalar” con naturalidad, sin trabas, con una sutil baja en las defensas que te permite conectarte mejor con el otro, y por sobre todo, te permite conectarte mejor con vos mismo.

Y ésa fue la perfecta proporción de nuestro vino…

Por eso te culpo de mi daño. Porque fue con vos con quien recorrí un camino que no conocía. Un camino que parece ser que pocos llegan a conocer. Uno que algunos, incluso, afirman que no existe.

Un sendero de ojos abiertos, de oídos prestos, de alma expuesta. Un camino sin retorno, en el que el amor se construye día a día, paso a paso. En un andar lento pero firme. En una entrega paulatina, pero absoluta. En un diario trabajar para la felicidad de ambos. En un deseo que no sólo no se apaga con el tiempo, sino que crece sin cesar a medida que la comunicación es más intensa, más profunda, más real.

Un camino que te lleva a conocer al otro más allá de las fronteras de su piel. Ese camino que tiene la puerta de entrada en los ojos, ésos a través de los cuales caí como Alicia en la madriguera del conejo, sin saber muy bien dónde terminaría ni con qué iba a encontrarme cuando llegara al fondo, pero a los que no pude resistirme aquel día en que, haciendo el papel de hormiguita en El diluvio que viene, te acercaste a rescatarme, cantando juntos en esa obra que montamos para los chicos de la escuela a la que iban nuestras hijas.

Sólo sé que a partir de haber vivido el amor a segunda vista, el auténtico, ése que se enamora del otro y no de uno mismo proyectado en el otro, ése que te quiere por quien sos y no por quien fantaseo que sos… a partir de ese momento ya nunca más pude sentir ese flash disfrazado de amor a primera vista. Ése que tiene menos probabilidades de crecer, pero que también tiene menos precio a pagar si finalmente no es.

Hoy ya nadie me “flashea”. Nadie tiene ni la más remota oportunidad de impactarme.

Hoy, después de haber vivido lo que viví, ya no espero encontrar al amor de mi vida.

Porque hoy, después de haber vivido lo que viví, quedé así, dañado de por vida. Irremediablemente dañado. Maravillosamente dañado.

Y eternamente agradecido a la Vida por haber podido conocer ese increíble amor.

Ése que hace que sueñe con encontrar, algún día,

en alguna puerta de la vida,

alguien con quien volver a construir…

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