Amo y Señor de mis dominios

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Estoy un poco lastimado, pero no estoy muerto.
Me recostaré para sangrar un rato.
Luego me levantaré a pelear de nuevo.John Dryden, poeta inglés

Parecería ser que el estoicismo es patrimonio obligado de nosotros, los varoncitos. “No seas maricón, no llores” o “Parecés una mina” son frases que escuchamos más de una vez a lo largo de la vida. Y no sólo dicha por hombres. Pilas de mujeres también nos “educan” así.

De hombres, bien hombres, es bancarse la que sea. Desde un martillazo en el dedo hasta la muerte de un ser querido…

Algo te duele? Bancátela.
Algo te llena de bronca e impotencia? Bancátela.
Algo te entristece? Para qué sos hombre? Ban-cá-te-la!!
Algo te conmueve? Ni lo pienses…

Así que ni se te ocurra emocionarte por absolutamente nada.
Fumátela. Ponele el pecho. Sé macho. Que ni se te note. Nada de mariconadas.

Vos sos el león en esta selva; dejá que sea la leona la que llora…

Hace unos años, un instante después de que la que había sido mi mujer por ocho años se fuera, les pedí permiso a mis hijas para llorar “un poco”, para ser tan sólo un ser humano, para poder aflojarme.

Porque por supuesto que había sido “fuerte” mientras me despedía de ella en la puerta de casa. Y así, como un poderoso roble –sólido, erguido, estoico–, me había mantenido muriendo de pie, como dicen que los árboles hacen, con los ojos llenos de lágrimas, pero sin estallar en llanto, mientras veía su cola de caballo en el pelo bambolearse a ambos lados mientras se alejaba caminando.

El permiso que pedí a mis hijas y que por supuesto avalaron con un abrazo, fue usado sólo por unos instantes. Y obviamente fue sin sollozos, casi silencioso. Sólo murmuré “qué mierda…”. Hasta ahí pude tomarme el crédito que mis hijas me habían otorgado. Nada. Un minuto… dos… no más que eso.

Y después de eso, respiré hondo, hice una mueca por sonrisa y “seguí con mi vida”…

Todo un hombrecito yo, todo un macho digno de reinar en la selva.

Un boludo. Un perfecto boludo.

Porque la vida no se detiene cuando uno tiene algo que duelar. La vida no es el párrafo y el llanto un punto y coma de vez en cuando. La tristeza es tan parte de la vida como la alegría. Y darse el tiempo para disfrutar de la alegría no es más importante que dárselo para procesar la tristeza, para transitarla, para atravesarla. Porque ésa es la única manera de recuperar –después de ese tiempo– la felicidad perdida.

Así como uno salta, ríe, baila y canta por un rato para poder “sacar” la alegría que lo desborda, está bien llorar, patalear y deprimirse otro tanto cuando el dolor es grande.

Porque así como uno siente que “estalla” de felicidad en algunos momentos y por eso pone lo que siente afuera, está bueno poner también afuera aquello que si no lo sacamos, nos devora por dentro.

Hubo momentos en mi vida en los que tuve que ser “una roca” porque era lo mejor que podía hacer? Sí, por supuesto. Y me la banqué. Fui estoico. Me mantuve de pie. Y no descansé, porque no se podía.

Pero salvo aquella mañana de abril en la que me mantuve de pie en la puerta de mi casa, cuando estoy triste, cuando algo me emociona, cuando la bronca no me cabe en el cuerpo, dejo que las lágrimas aporten lo suyo y laven un poco la herida.

Y se siente bien.

Porque nunca me siento más fuerte,

más vivo,

más hombre,

que cuando despliego mi estoica capacidad para seguir peleándola como un león,

absolutamente rey de mis emociones,

después de haberme recostado un rato a sangrar…

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