Zugzwang

Se dice que un jugador está en zugzwang si cualquier movimiento permitido supone empeorar su situación y, eventualmente, perder la partida.Spencer Reid, Criminal Minds

Hay situaciones en la vida que nos dejan concreta y metafóricamente paralizados, sin saber qué hacer. Momentos en los cuales nos encontramos en esa encrucijada que describe el personaje de Matthew Gray Gubler en la serie citada.

Tomemos la decisión que tomemos, el pronóstico es de reservado a nefasto. El futuro inmediato es una reverenda porquería sin importar qué camino sigamos.

Y por eso nos quedamos quietos, bien quietos, casi escondidos de nuestra propia vida, como si fuera posible que ese futuro no nos viera y pasara de largo…

Suspendidos, en pausa, nos pasamos días y días sin hacer nada. Lo que nos deja en un stan-by de vivir. Vivimos esos días como si fueran años de no vida, pero mantenemos la ridícula esperanza de que de una manera u otra, vamos a zafar.

Pero no. Estamos en Zugzwang. Y eso, por definición, es la inminencia de la derrota…

Cuando llegamos al Hogar de huérfanos del cual mi madre sería la directora por un año hasta que el Gobierno de turno decidiera perseguirla por disidente, yo era un nene de 10 años recién cumplidos.

Metro y algo de altura, ávido de conocer el lugar donde íbamos a vivir, paseaba por el terreno cuando llegué al Alero, el lugar donde se corta y se guarda la leña.

Un grupo de chicos “grandes” se me acercó y sin más trámite me desafiaron –so pena de fajarme si no lo hacía– a que levantara una pesa hecha por el expediente de hundir un caño en un pozo con cemento, esperar a que fragüe y sacarlo.

La pesa no sólo era enorme para mí. También era muy difícil de levantar porque tenía sólo un lado con cemento…

Zugzwang. No había salida. Si me quería ir, me cagaban a trompadas. Si no la levantaba y me quedaba quieto, me cagaban a trompadas. Y si lo intentaba y fracasaba, sí, claro… me cagaban a trompadas. Ésos eran los movimientos permitidos en esa partida. Y yo no tenía edad ni tamaño para hacer alguno de los no permitidos.

Lo intenté. No lo logré. Me recagaron a trompadas por “maricón”. Ellos eran preadolescentes de entre 13 y 14 años y yo un enano de diez. Repartí todo lo que pude pero cobré como nunca había cobrado en mi vida.

Pero repartí de lo lindo…

Se sintió tan bien que desde aquél entonces y hasta el día de hoy aprendí qué hacer cada vez que me encuentro en una situación Zugzwang.

Siempre elijo el más jodido de los movimientos. Siempre para adelante, intentándolo, aún cuando las posibilidades de triunfo sean tan pocas que otros dirían que “no vale la pena”. Aún cuando sepa que es muy probable que termine golpeado.

Saben por qué? Porque siempre vale la pena. Nunca la opción es quedarse quieto. Porque eso detiene tu vida, pero no el tiempo.

Jamás irse es la solución. Porque eso es desandar caminos, que en algún momento vas a tener que volver a transitar, y el tiempo habrá pasado, agravando un poco más la situación.

Siempre la opción es avanzar, aunque en el camino te caguen a palos.

Porque les aseguro que aquél día en el que me dieron para que tenga y guarde me sentí, a mis escasos diez años,

como Braveheart gritando “freedom”,

mientras mi cabeza rodaba en el polvo…

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