Volver a creer

Nada es más triste que la muerte de una ilusión.Arthur Kessler

–Cómo se hace para notar la diferencia y no cometer el mismo error y a su vez creer en el amor? –me preguntó una lectora.
–Se corre el riesgo –respondí.

Hubo una primera vez que lo intentamos. Y a la larga –o no tan larga– no nos fue bien. Ese proyecto de vida que habíamos encarado con el otro se vino en banda por completo. No sólo eso. La separación fue bien clásica. Ese esquema en el que no sé muy bien por qué olvidamos todo lo que nos unió alguna vez y ése al cual en algún momento de nuestras vidas habíamos elegido como compañero se transforma en el enemigo.

Y entonces vienen los gritos, las peleas, las agresiones. Abogados mediante, una parte y la otra declaran frente a un juez apoyados por un desfile de testigos y pericias psicológicas que en algún momento terminan en sentencia. Sentencia que muchas veces puede no cumplirse y sostener un rato más la tensión de mierda en la que se vive mientras todo esto pasa.

En el camino, muchas veces nos preguntamos qué fue lo que hicimos mal –tan mal– como para terminar así.

Un poco de terapia por aquí, charlas con amigos por allá, una pizca de repensarse y cuando las aguas se calman, mirando en retrospectiva (elegante forma de decir que en realidad uno hace juicios sobre el domingo con el diario del lunes bajo el brazo), nos damos cuenta que todo se reduce a que elegimos mal. Eso es todo. Me equivoqué, nada más.

Pero… si no fuimos capaces de elegir bien, si en su momento hubiésemos apostado todas las fichas (y de hecho lo hicimos) a que ese proyecto iba a funcionar “hasta que la muerte nos separara” y finalmente no anduvo y hasta terminó como el culo, cómo estar seguros de que la próxima vez no vamos a cometer el mismo error. Cómo saberlo, maldita sea.

Y entonces, el miedo a que vuelva a pasar nos paraliza.

Si tuviera que sintetizar las razones del fracaso de mi primer matrimonio, bien podría hacerlo con esa frase: elegí mal. Eso es todo.

Y por eso y por un buen tiempo, estuve paralizado. Mis hijas, el laburo, mi propia crisis económica, la posterior del país, la cooperadora del colegio, clases de canto y de teatro, un par de amigos y ocasionales relaciones absolutamente banales me mantenían en acción. Pero en lo que fuera amor, estaba bien quietito. Bien desconfiado de mi capacidad para elegir bien y por lo tanto, no eligiendo nada. Para no volver a sufrir las consecuencias de mi imposibilidad de ver con claridad.

Pero en algún momento, en la puerta del colegio primario de mis hijas, la conocí. En algún momento comenzaron las charlas mientras nuestras hijas tomaban la leche juntas en mi casa, que quedaba a la vuelta del colegio. Y en algún otro momento, el grupo de padres que estábamos armando una obra de teatro para los chicos, decidió convocarla para que nos ayudara con la parte musical, aprovechando que ella cantaba en el Coro Kennedy y tenía experiencia.

Y así hubo más momentos juntos, más risas y tristezas compartidas, más charlas, más intimidad creciente.

Y así, tan sencillo como puede sonar, me enamoré de esa mujer.

Por eso decidí correr el riesgo. Porque la dulzura de la ilusión neutralizó la acidez de la que soy capaz, mató mi cinismo y me llenó de alegría.

Y así fue que disfruté de un amor que algunos ni creen que sea posible.

Por años.

Porque esta vez había elegido “bien”.

Pero la vida tiene esas cosas. Y aunque uno haga muchas cosas “bien”, no necesariamente cubre todas las variables para impedir que ese proyecto fracase.

Y después de 4 años de noviazgo y casi cinco de haber formado una familia, finalmente nos separamos.

El que esta vez no fuera una separación “clásica”, el que esta vez no hubiera peleas ni gritos ni agresiones de ningún tipo nos recordaba todo el tiempo (aún hoy) qué “bien” nos habíamos elegido en su momento. Pero a la vez nos hizo ver cuánto no depende de ello. Cuánto no está en nuestras manos.

Y una vez más, la ilusión desapareció. Y nunca llegué a decirle a Bechy, la dueña de una casa en Capilla del Señor que proyectábamos comprar en un futuro que no fue, que el día que quisiera venderla nos llamara primero a nosotros. Y como eso, muchos proyectos más no fueron, muchos sueños más se desvanecieron, muchos planes más no llegaron nunca a concretarse.

Pero nadie me quita ni un minuto de esos casi nueve años. Ni uno.

Por eso pude contestarle a la lectora con tanta seguridad.

Porque siempre,

cuando el amor llama a tu puerta,

vale la pena correr el riesgo…

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