Vamos a brillar, mi amor

–Cuánto tiempo es para siempre? –preguntó Alicia.
–A veces, sólo un segundo –contestó el conejo blanco.Alicia en el País de las Maravillas

Estamos en la era de “dale, que las emociones guíen tu vida”, “dejate llevar”, “sentí, no pienses”, “que tu alma brille”. Como si la cabeza fuera una especie de enemigo que atentara contra aquello que sentimos. Como si pensar fuera algo así como la derrota de los sentimientos.

Hacé lo que te dicte el corazón, seguí el impulso, que todo fluya.

Por el amor de Dios, ni se te ocurra pensar…

Hemos llevado esta nueva filosofía a tal punto que cualquiera que se oponga es un tarado, un “cuadrado”, un pobre idiota que vive esclavo de sus devaneos y no disfruta de dejar que sus emociones “fluyan”.

Bueno, aquí va la reflexión de uno de esos cuadrados, idiotas, esclavo de sus devaneos:

Hace unos días estaba solo en casa y mientras escribía una nota me dieron ganas de tomar un whisky. Bajé, busqué “ese” vaso que tengo para que el ritual fuera completo y me serví una medida… bueno, una medidota, porque dejé que “fluyera”.

Le metí dos hielos para disimular la cantidad y subí a seguir escribiendo, con la botella en la mano. Jamás subo la botella, pero ese día “me dejé llevar” y la apoyé al lado de la compu sin darme cuenta.

De a traguitos, fui dejando que la noble bebida fuera pasando por mi garganta.

Tomé un segundo whisky –tan generoso como el primero– y seguí escribiendo. Y un tercero.

Qué pasa? No lo hago todos los días. Ese día tenía ganas. Ese día me permití “sentir sin pensar”. Me dejé llevar. Dejé que fluyeran, mis ganas y el whisky.

Sí, claro. Terminé en pedo. Bajar la escalera sin rodar por ella fue todo una proeza, llegar al cuarto subiendo la otra fue como ir caminando por un enorme “zamba” que no paraba de moverse bajo mis pies. Tardé un largo rato en dormirme porque cuando cerraba los ojos, me mareaba y la sensación era una porquería insoportable.

A ver, dejemos de “sentir” por un rato y pensemos un poquito. Permítanme cometer el nuevo pecado capital de estos tiempos: reflexionar.

Soy un boludo grande. No un pendejo que está tomando alcohol por primera vez y no sabe cuál es su medida. Y sin embargo, terminé teniendo que hacer acopio de toda mi experiencia para pilotear un pedo importante.

Qué pasó?

Simplemente no pensé. Ni un minuto. Ni un segundo. Sólo me dejé llevar por las ganas de sentir algo rico pasando por mi garganta.

Estamos en la era de “dale, que las emociones guíen tu vida”, “dejate llevar”, “sentí, sin pensar”.

Si la aplicamos para un día, “en casa”, sin joder a nadie, vaya y pase. Si sale mal, banquémonos el pedo por pelotudos y listo.

Pero cuando llevamos esa filosofía a nuestras relaciones es otra cosa. Ya no es una mala noche la que vamos a pasar. Ya no es sólo llegar a la cama y sostener los ojos entreabiertos hasta que nos durmamos para no marearnos.

Cuando vivimos bajo la regla de no pensar, las consecuencias son mucho más jodidas. Para nosotros y para los que nos rodean.

Cuando alguien propone dejar que fluya y a lo que se refiere es a que te conectes con tus emociones, vale. Yo lo intento a diario.

Pero que fluya no quiere decir que inunde. Un río es una fuente de vida maravillosa. Pero desbordado es un desastre, porque arrasa con todo a su camino.

Tengo las bolas al plato de leer “máximas” a las que le metemos “me gusta”, como si hubiésemos reflexionado sobre el mensaje. Para después seguir siendo tan pelotudos como antes.

Porque también es la era de machacar con “mente-cuerpo-alma”. Y cuando vemos un cartelito que dice “poné en armonía a esas tres cosas”, damos el dedazo con el pulgar arriba. Y a continuación aprobamos el siguiente que dice que “Sentir, sin pensar” es el modo más maravilloso de vivir la vida. Y derrocamos en ese acto a uno de los miembros del primer triunvirato.

A la mierda con la mente, que jode. Porque cuestiona, porque fuerza a parar un segundo para pensar. Y no queremos parar. Queremos seguir, queremos que fluya, sin importar si nuestra vida pierde el cauce.

Quizá deberíamos revalorar el pensar, que dicho sea de paso, es lo que nos diferencia de los animales. Tal vez, sólo tal vez, deberíamos tomarnos el trabajo de poner en sintonía a nuestra mente con nuestro cuerpo y nuestra alma.

Porque si sólo nos vamos a dejar llevar por los impulsos y simplemente dejar que todo fluya, puede que derrapemos y caigamos cual Alicias por el agujero y en un segundo,

tan sólo un segundo,

hagamos cosas que tengan consecuencias para siempre…

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