Una guerra absolutamente perdida

Ves al mundo como es y como debería ser.
Lo que no ves es la gigantesca grieta en el medio.House a Cuddy, en Dr. House

Cuando mi hija mayor cumplió un año con el que entonces era su novio, allá lejos, a sus 16 años, el pibe desplegó un romanticismo del que no parecía capaz y le trajo de regalo un oso de peluche del tamaño de King Kong. Oso que dejaron sentadito en uno de los sillones del living cuando partieron a tomar algo.

En el otro sillón estábamos la que entonces era mi mujer y yo, mirando tele.

Señalando al oso, le dije:
–Sabés qué es eso?
–Qué? –me preguntó, sólo para darme el gusto de que pudiera desparramar un poco de mi ironía.
–La próxima decoración de nuestra cama…

Me miró como me miraba cada vez que yo sacaba a relucir mi lado “House”, meneó la cabeza entrecerrando los ojos y seguimos viendo la tele.

Sonreí, regodeado en la acidez de la que soy capaz…

En “El quinto elemento”, Milla Jovovich –la actriz que personifica a Leeloo (al margen, qué buena está Milla)– decide que no va a salvar al mundo cuando ve las barbaridades de las que somos capaces los seres humanos.

Se le caen las lágrimas frente a un monitor que le muestra imágenes de la historia de la Humanidad, agrupadas por letras. La desborda la angustia cuando ve la W de War (guerra). Los bombardeos, la gente tirada muerta entre los escombros que las bombas dejan a su paso, madres desgarradas con sus hijos muertos en sus brazos…

Imágenes del Holocausto… seres humanos casi esqueletos, desnudos, indefensos ante el odio de un mesiánico seguido por miles y miles de monstruos capaces de llevar a la acción las más atroces tareas.

Es que vivimos en un Mundo que realmente es una inmundicia. Un Mundo de estúpidas muertes, de hambre, de dolor… Repleto de miserias, de egoísmos, de porquerías que sorprenden hasta al más cínico.

Ése es el Mundo de mierda en el que vivimos. El mismo en el que nos vamos de vacaciones a lugares paradisíacos en los que sus habitantes viven como el culo todo el año, incluidos nuestros 15 días allí.

Podría seguir y, por un rato, desnudaría todas las bajezas de las que somos capaces nosotros, los “humanos”. Barbaridades de las que estamos plenamente conscientes, pero ante las cuales desplegamos nuestra inmensa capacidad para hacernos los boludos.

Bien…

No desarrollé mi ironía para defenderme de la pena que pueda darme la eventual ruptura de mi hija con un novio. La desarrollé para enfrentar con alguna forma de anestesia, el dolor que siento cuando, por un rato, dejo de hacerme el boludo.

Tal como Cuddy, sé como es y como debería ser el Mundo. O al menos, sé cómo querría que fuera.

Pero, a diferencia de ella, veo la grieta. Bien clarita. Y sé que lograr borrarla no es posible. Por más altruismo, renuncia, voluntad… en fin, amor en todas sus formas, de todas maneras va a seguir habiendo una distancia gigantesca entre cómo querría que este Mundo fuera y cómo es.

Incluso antes de casarme, aún más, incluso antes de siquiera tener con quién, ya me había cuestionado el traer hijos a este mundo. Por aquel entonces pensaba que era una suerte de injusticia darse el egoísta placer de tenerlos y hacer que otra vida viniera a convivir con toda la porquería que acabo de describir.

Pero en algún momento de mi vida olvidé todo este planteo. O quizá sólo me hice el boludo por un rato, no lo sé. Y formé pareja. Y traje hijas al mundo. Y comencé a sentir esa ridícula pero maravillosa esperanza que los ojos de un bebé te dan.

Renové mi fe, ésa, cuyos caminos son tan insondables como los designios de Dios, y balanceé un poco el cinismo con el que vivía.

Fueron creciendo y, de la mano de ellas, la esperanza fue ganando terreno. La vida, como dicen en Jurasik Park, se abrió camino. Y me dio energía de sobra para encararla.

Sí, el mundo sigue siendo esa mierda que Leeloo ve en el monitor.

Pero tal vez sólo se trate de hacer lo que Bruce Willis le pide que haga. Y mirar el resto de las letras y agarrarse bien fuerte de ésas. Porque la G de guerra, la H de hambre, la D de dolor están ahí, desplegándose a diario.

Pero la A de amistad y de amor, la C de cuidado y compañerismo, la E de entrega y esperanza, la S de sacrificio y solidaridad también. Y en la G también están la generosidad y la gratitud, en la H el honor y el heroísmo y en la D el dar como modo de vivir.

Éste es el mundo en el cual vamos todos los días a trabajar. En el que formamos pareja. Al que traemos hijos. El que despliega a diario todo un contradictorio abecedario.

Por eso, cada tanto, me siento frente al monitor y paseo por todas las letras. Y renuevo mi declaración de guerra a la guerra, al hambre y al dolor.

Me banco como puedo enfrentarme a las miserias de las que somos capaces y me agarro bien fuerte de las virtudes que nuestra especie también tiene.

Y así logro juntar las fuerzas necesarias para seguir agregando mis letras en esta guerra que,

aún a sabiendas de tenerla perdida de antemano,

no voy a dejar de pelear hasta morir…

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