Todo un experto

Ser un “amante generoso” no es esforzarte para darle placer sexual a una mujer. Eso puede hacerlo cualquiera, incluso ella sola.
Ser un amante generoso es dar todo lo que tengas para hacerla reír.El autor

El truco está en hacerla reír hasta que se olvide que eres feo.elementospe.com

Siempre tuve amigas mujeres, desde muy chico. Algo que en mi época era como tener el as de espadas y el de basto en la misma mano de truco.

Pertenezco a una generación más inocente que la actual, pero he pasado por los mismos “problemas” que cualquier pendejo de hoy que salga “al ruedo” por primera vez.

No, no hablo del rodeo que tiene lugar en una cama. Dije que pertenezco a una generación más inocente…

Hablo del simple hecho de besar a una “mujer” por primera vez. Cómo es, maldición? Qué es lo que pasa ahí, en el medio de los labios apretados contorsionándose que veo en las películas? Qué carajo hacen con la lengua?

Tenía doce años, hace tan sólo 42 atrás. Y en aquellos días, lo que sí era igual que hoy era que ningún varón iba a reconocer que no tenía ni idea de qué hacer el día que se presentara el “problema”.

Y a mí se me venía el problema encima…

Vero me gustaba mucho. Y parecía que yo a ella también, por lo que en algún momento iba a tener que actuar. Cosa que hasta ese momento no había pasado sólo por el hecho de que yo aún no sabía cómo. Cómo mierda besarla, cómo acercarme a su boca, cuándo hacerlo, qué carajo hacer con las manos…

Pero yo tenía amigas mujeres… ja!

Junté valor (no me quedaba otra) y un día, al salir del colegio, en esas siete cuadras que me separaban del tren y que caminaba junto con Valeria y Débora, dije al aire:
–El sábado voy a salir con Vero…
–Por fin! –dijeron casi al unísono.

No importa la época, las mujeres siempre maduraron más rápido que nosotros, los varoncitos. Creo que por eso interpretaron mi cara al vuelo.
–Ya tuviste novia? –preguntó Valeria, con una dulzura que aún hoy recuerdo.
–No –susurré, en un tono que sólo el cariño que me tenían permitió que me escucharan.

Valeria me tomó de la mano y doblamos la esquina los tres para sentarnos en el umbral de una casa. Ahí, sentadito entre las dos fue donde –en una sencilla clase teórica y usando su mano cerrada como boca del otro– me explicó lo más rudimentario de un beso.

–Apoyás la boca así, suave –me dijo, mientras se llevaba el puño de costado hacia sus labios. Torció un poco la mano y la boca para que yo pudiera ver y me mostró qué era lo que pasaba ahí adentro.
–Ok –dije, creo que en el mismo casi inaudible tono de voz. –Y cómo la agarro? –me animé a preguntar.

Débora era definitivamente mucho más práctica…

–Adri –dijo. Y mientras yo giraba la cabeza hacia ella, llevó sus manos a ambos lados de mi cara, con sus dedos tomándome por la nuca, y me besó. Duró… qué se yo… 5 segundos? dos horas? mil días?

Le debo a esta loca norteamericana, venida al país un año antes, el haber podido animarme a besar a una chica por primera vez.

Pero no fue ésa la gran lección. Porque esta “mujer” de 13 años, ni bien separó sus labios de los míos, con las manos aún enredadas en mi pelo y con una mirada repleta de ternura que aún hoy me hace sonreír, me enseñó, sin tener ninguno de los dos experiencia alguna en sexo, cómo amar a una mujer, cómo satisfacerla, cómo hacerla feliz.

Cómo me lo enseñó?

Me miró a los ojos mientras yo seguía con mi cara entre sus manos y me preguntó muy suavemente:
–Sabés cuándo la tenés que encarar?

Me encogí apenas, casi escondiendo la cabeza entre mis hombros, mirándola con el ceño fruncido hacia arriba, sin atinar a decir nada y apretando los labios como las mujeres hacen después de pintarse los labios, en espera de que siguiera hablando sin que yo tuviera que emitir sonido, ya que todavía no estaba repuesto y no podía articular ni media palabra.

Sonrió nuevamente (tenía la más cálida sonrisa que puedan imaginar) y me dijo:
–Después de que se haya reído de cualquiera de los chistes estúpidos que vivís haciendo.

Nos paramos los tres y seguimos camino a la estación del tren, hablando de pelotudeces.

Ellas caminaban igual que siempre. Yo ya no.

Porque a mis doce años, ya “experto” en besos y armado con ese “secreto” que ahora era mío, me sentí,

     por primera vez,

           un hombre…

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