Toda una vida de fracasos

Las nubes grises también forman parte del paisaje.Ricardo Arjona, Fuiste tú. (Y bueno… algún día tenía que citarlo).

Hace poco escuché la opinión de alguien que decía que los medios eran adictivos porque permitían hacer de cuenta que uno tiene una vida fantástica, exitosa, digna de ser envidiada por todos aquellos que tienen el privilegio de ver qué fantástico asado comimos hoy, a qué maravilloso lugar nos fuimos de vacaciones o cuánto nos amamos con esa mujer.

Por lo que decidí que, aunque más no sea para balancear un poco, hoy voy a contar una historia de fracasos, de derrotas, todas encadenadas en el orden en que ocurrieron. Salteando las épocas de días sin nubes grises absolutamente a propósito. Para que no jodan. Para que nadie crea ni por un instante que ésta es la historia de un exitoso.

A ver…

Cuando tenía 17 años mi novia de ese entonces me dejó tres veces en el mismo día. Sí, leyeron bien. En el mismo día. La tipa me “pateaba” (así se decía por aquellos tiempos) por teléfono, yo pedía verla y la “enamoraba” de nuevo. Amor que le duraba el tiempo que yo tardaba en volver a mi casa (vivíamos a 15 cuadras, le duraba poco el amor). Momento en el que me llamaba y me pateaba de nuevo. Así, tres veces. Tres.

A los 21 dejamos de salir –propuesto por mí pero de común acuerdo– con la que era mi novia en esos “años mozos”, como decía mi abuela.
A los cuatro días fui a buscarla una lluviosa (muy lluviosa) mañana y la esperé sentado en un banco en Barrancas de Belgrano, con una flor en la mano, hasta que salió de su casa. “Pollito mojado” era literal esta vez (Había llovido sobre mí y mi flor durante casi una hora.). Tomamos el colectivo juntos y ahí le pedí volver. Ella sostuvo la decisión de seguir separados, por más empapado que yo estuviera.

Me salteo un par de fracasos…

Me casé. Esta época es fácil de contar: me fue como el culo.

Unos años después formé pareja primero y familia después con otra mujer con la que finalmente no pudo ser. Ya separados, fuimos y vinimos durante un año, pero finalmente, fuimos…

Suficientes fracasos?

Supongo que sí.

Freud, a quien ya he citado un par de veces –no por fanático sino porque el tipo era un maldito genio– escribió alguna vez un artículo que se llamaba “Los que fracasan al triunfar”. Hablaba de gente que, aunque parezca increíble, no soporta que les vaya bien.

Bueno, yo no soy un genio ni por lejos, pero sí un descarado. Y por eso tengo mi propio artículo, éste que están leyendo, que habla de un tipo que triunfa aún al fracasar. Y mi descaro es tan grande, que el tipo del que hablo es de mí mismo.

Se los describo:

Es un tipo que lleva la balanza en el bolsillo. Todo el tiempo. O la mayor parte de él. Y que no deja, ni por un segundo, que se caiga nada del lado de las cosas buenas. Y por eso, las que pesan del otro lado, nunca llegan a hacer que el platito toque el suelo. Porque siempre hay peso del otro lado, que balancea. Y la mayor parte del tiempo, des-balancea. Pero a favor.

Por eso, Mónica es también alguien con quien recuerdo pasionales revolcadas en la terraza de su casa (las hormonas a los 17 no saben de lugares; después tampoco, pero a los 17 estás justificado). Remeras estropeadas cada vez por el alquitrán de las juntas de las baldosas de esa terraza son parte del recuerdo que me saca una sonrisa cada vez que lo traigo a la memoria.

Y Cynthia es hoy mi amiga. Es alguien en quien confío (en poca gente lo hago). Es alguien que cuando la necesité, estuvo. Y que sé que está, que no es poco.

Una de las que me salteé es… bueno… es un “caso” especial…

Y la otra es nada más ni nada menos que la coprotagonista de mi nota “La primera vez”. Y con eso no hace falta que explique cuántas cosas están del lado de la balanza que me hace sonreír.

De mi matrimonio, aunque debo confesar que tengo que hacer un poquito de esfuerzo, con el paso de los años pude ir recuperando el recuerdo de los días soleados que también tuve con la madre de mis hijas, aún cuando cueste recordarlos por la historia posterior.

Y de mi segunda mujer me queda el haber vivido el amor real. Ni más ni menos. Durante unos cuantos años. Y me queda una “prestada” (su hija) a la que quiero como si fuera mía y con la cual comparto mi vida cada tanto…

De cada uno de estos fracasos (yo los llamo “vida”), incluido mi primer matrimonio, podría detallar pilas de días soleados, enormes cantidades de inolvidables momentos…

Esa tarde que, con “el verso del helado de sambayón”, conquisté a Mónica…

Noches en las que Cynthia me enseñaba a bailar temas movidos como si fueran lentos…

La sonrisa del “caso especial” y cómo habiendo sido derrotado por ella en una discusión sobre políticas de la facultad, aún así no pude sostener mi enojo más allá de su siguiente sonrisa cuando quise reclamarle por el engaño…

El “hola” que tuvo lugar en esa cama con la mujer de “La primera vez”.

Aquella mañana, sentado en el piso de la cocina, un instante después de que me había enterado de que iba a ser padre… y la charla que tuve con María Emilia.

Esa tarde, casi noche, la cara de Judy cuando salimos de haber encontrado la que fue nuestra casa por unos años, después de meses de volver fastidiados y en un domingo en el que incluso habíamos amanecido medio con cara de orto los dos. La mirada por sobre el techo de auto preguntándonos mutuamente con miedo si nos había gustado… y las sonrisas cuando ambos dijimos que sí…

No voy a llevar a Arjona a la categoría de filósofo. Ya bastante roba con la que tiene de cantautor. Pero quizás estaría bueno que rescatáramos la frase del epígrafe, porque no es ninguna boludez.

Porque si tan sólo pudiéramos aprender a vivir sabiendo que las nubes grises también forman parte del fantástico paisaje que es la Vida, muy probablemente sonreiríamos más a menudo.

Quién les dice…

es una de ésas,

hasta aprenderíamos a bailar bajo la lluvia…

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