Te regalo una sonrisa

Es solamente una manera de andar.Fito Páez, Dar es dar

El día que alguien me traiga un chico que comparta lo que tiene sin que le hayamos enseñado a hacerlo, me voy a creer el cuento de que nacemos buenos.

Cuando la madre le daba la teta a nuestra segunda hija, la mayor pataleaba de lo lindo, hasta que la realidad la doblegó. Esa realidad que le decía que se la tenía que bancar, le gustara o no.

Pero recién el día que descubrió que tenía con quien jugar, fue cuando comenzó a entender las reglas que suponen vivir en sociedad.

No venimos al Mundo dispuestos a dar, para nada. Nos enseñan a dar.

Pero nos enseñan a dar por conveniencia, a cambio de algo. “Cosecharás lo que siembras”, nos dicen. Y así nos inculcan esto que se parece más a un negocio que a un regalo. Una suerte de inversión para obtener los beneficios. Una inversión que si no “rinde”, no valió el esfuerzo de sembrar…

La lámpara no funcionaba. Yo ya sabía que estaba rota desde hacía mucho tiempo atrás, cuando quise comprarla. Y por eso aquella vez, elegí regalarle el reloj al que también ambos le habíamos puesto el ojo un día que paseábamos por ese pueblo y nos detuvimos en un negocio de antigüedades.

Por eso esta vez fui con tiempo. Porque yo sabía que la lámpara no funcionaba. Se acercaba su cumpleaños, una fecha que para todos es importante pero que para ella, desde hace un par de años, es mucho más. Es haber pasado por tiempos jodidos, haber luchado y haber ganado. Para ella, cumplir años es festejar la alegría de estar viva.

Y yo quería regalarle una sonrisa.

Por eso aquél jueves le avisé a mi socio que iba a llegar sobre el mediodía y manejé hasta ese pueblo. Por eso, cuando me encontré con el negocio cerrado, golpeé en el bar que está al lado y pregunté. Por eso conté desde dónde venía y por qué estaba ahí. Y por eso el tipo de bar llamó al dueño, el dueño lo autorizó (estas cosas sólo pasan en un pueblo) y el del bar me abrió las puertas detrás de las cuales estaba “esa” lámpara.

La lámpara no andaba. Yo ya lo sabía. No hubo sorpresa cuando saltaron los tapones de mi casa.

Compré lamparitas “vela”, cable, un toma nuevo y limpiador de bronce. Le pasé el renovador y comencé a pretender arreglarla.

Los tapones volvieron a saltar.

Llamé a un amigo que se lleva mejor con estas cosas y que sabe lo torpe que soy con ellas y le llevé la lámpara, los cables y el toma y le tiré todo por la cabeza.

Un par de días después pasaba a buscarla, la ponía en una caja grandota y la enviaba con un remise a su casa…

Desde entonces, nada supe de la lámpara.

Ni de ella.

Al día siguiente partí de vacaciones sin haber tenido acuse de recibo y para cuando volví, preguntarle al remisero si la había entregado en mano hubiese sido una estupidez, ya que jamás recordaría un intrascendente viaje de más de 20 días atrás.

A mi amiga Malvina le encantaría llamar a esto “evolución”. Porque en algún punto de mi vida, mucho después de que me enseñaran a dar “a cambio de”, comencé a disfrutar de esa sencillez que Fito Páez puso en letras.

Dar es dar. Punto.

Es el mismo acto de dar la recompensa. Porque es saberse capaz de.

Nos enseñaron a dar esperando la retribución. Nos enseñaron a retribuir cuando nos dan. No niego ni por un momento la satisfacción de recibir de lo primero. Ni el compromiso afectivo de lo segundo.

Pero deberíamos aprender a dar. Dar. Sin puntos suspensivos, ni comas, ni ningún otro signo ortográfico que no fuera un punto.

Hay un enorme placer escondidito ahí, justo detrás de dar sin esperar nada a cambio.

Tengo mi teoría acerca de por qué no hubo al menos un simple “gracias” por la lámpara. Pero en realidad, no puedo saberlo con certeza. Ni siquiera puedo estar seguro de que la haya recibido.

Y no importa demasiado.

Porque muy dentro de mí sé,

de todo lo que soy capaz,

cuando quiero regalar una sonrisa…

 

 

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