Si no hubiera un mañana…

Morir mañana es tan bueno como morir cualquier otro día.Paulo Coelho

La puta que vale la pena estar vivo! Voy a disfrutar de la vida como si hoy fuera mi último día. Porque está claro que puede serlo. Porque en un santiamén y con el soplido final de la película “Los desconocidos de siempre”, puede que me saquen de este Mundo de un plumazo y desaparezca de la faz de la Tierra como el Kaiser Soze.

Así que nada de boberías. A vivir intensamente, plenamente, a full. Carpe Diem. A disfrutar del día! Que ahí está la verdadera felicidad.

No me pidas serenos planes. Dame sabor, dame emoción… quién sabe si voy a estar vivo mañana…

Miércoles 2 de abril de 1986, ocho y media de la noche. Panamericana mano a Capital. En un Citroën Mehari que no sé de dónde había salido veníamos mi amigo Diego al volante y yo. Sin ningún aviso previo el auto pierde velocidad de golpe hasta el punto de apagarse. Y ahí quedamos, en el carril paralelo al más rápido, ése que es peor que el más rápido, porque es por el que van los que no soportan los 180 km por hora a los que van los de la izquierda y los pasan por la derecha a doscientos.

Durante unos minutos –un siglo emocional durante el que las luces de los autos viniendo amenazaban con ser el presagio de la oscuridad definitiva– intentamos al menos poner una baliza que diera aviso de nuestra condición de varados.

Imposible. Cada vez que lo intentábamos, terminábamos zambulléndonos dentro del auto para que no nos atropellaran aquellos que cuando nos veían, frenaban, derrapaban, y en un zigzag bien peligroso, nos pasaban tan cerca que el si el Mehari hubiese tenido una capa más de pintura, lo habrían rayado cada vez.

Finalmente un Fiat 133 no logró abrirse y quedó ahí, medio en diagonal, detrás nuestro.

En dos trancos pasé entre nuestro auto y el de ellos y me acerqué a la ventanilla a suplicarle al que manejaba que nos empujara y nos sacara de esa trampa mortal en la que estábamos.

–Buenas noches –dije.

Y eso fue todo…

Un Volkswagen escarabajo no pudo rebasar al 133 del todo, lo chocó (gracias a Dios, porque eso aminoró un poco su velocidad), el 133 se abrió prendiéndose fuego al instante y el escarabajo me llevó puesto.

Fui a parar 80 metros más adelante, sobre el guardrail, donde quedé estampado después de haberme quemado la rodilla y un poco los brazos por la fricción de la recorrida que mi cuerpo hizo una vez que caí sobre ese muro de cemento que divide las manos…

Por buen tiempo me quedó la sensación de “mañana puedo morirme” que le sigue a esta clase de experiencias. Una sensación que me compelía a vivir como si no hubiera futuro, como si el “más adelante” fuera una especie de mito que podía no ser cierto.

Después de unos meses, supongo que por pendejo despreocupado, se me pasó. Me olvidé de lo cerca que estuve de, literalmente, “tocar el cielo con las manos”. Ya no tenía esa permanente sensación de incertidumbre tan presente.

Y volví a vivir.

Porque durante ese tiempo en que sentía que cada día podía ser el último me perdí de disfrutar el camino. Y entonces, todo aquello que llevara “algún tiempo” era descartado de plano. Todo lo que supusiera alguna forma de trabajo, a cagar. Todo para lo que hiciera falta un proceso, a la mierda. Mirá si voy a ir por un sendero que necesite más de un día para ser recorrido…

Y si no llego al final del camino? Y si un escarabajo me lleva puesto mientras lo intento y caigo más allá del guardrail, y termino un par de metros más allá, bajo tierra?

Me parece que hemos confundido el significado del Carpe Diem. Disfrutar el día no es vivir como si no hubiera un mañana. No es “sólo el presente vale porque el futuro no existe”. No es “no hagamos nada que nos lleve más de un día, por las dudas.” No es “no le pongamos fichas a nada porque no sabemos si vamos a estar acá para cuando la ruleta pare de girar”.

Todos los días me levanto a gozar de estar vivo. Todos. Y disfruto de lo nuevo de ese día. Del sol de ese día, del café de ese día, del beso de ese día…

Pero también y aún con más intensidad disfruto de mis proyectos, de mis pequeños pasos, de mis metas aún no alcanzadas. Aún de aquellas que no fueron hechas para ser alcanzadas sino para perseguirlas y disfrutar de esa tenaz y eterna búsqueda.

Porque si vamos a vivir cada día con la espada de Damocles sobre la cabeza, sólo vamos a acumular alegrías, efímeros momentos que son parte de la felicidad, pero que no la hacen ni por casualidad.

Por eso yo saboreo el café de hoy como si fuera el último y al mismo tiempo programo la cafetera para que mañana esté listo cuando me levanto.

Por eso disfruto del sol como si después fuera a caer en una noche eterna, pero al mismo tiempo organizo un asado en la terraza para el fin de semana.

Por eso me emociona su beso como si mis labios fueran a secarse después, pero me lleno de ansias esperando el que va a darme cuando nos encontremos a la noche.

Porque es verdad que puedo morir mañana,

pero la verdad,

prefiero morir cualquier otro día…

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