Pronóstico del tiempo

Si el labrador pensara en la sequía, no labraría.Anónimo

–Tal vez encuentre Casablanca un poco caliente.
–Los alemanes nos acostumbramos a todos los climas, de Rusia al Sahara. Pero quizás usted no se refería al clima.De la película Casablanca

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La nota fue escrita en octubre de 2016. Lo que cuento pasó a finales de septiembre de ese año.
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No todos tienen la suerte de poder tomarse unos días de descanso cuando se les cante y por eso la infinita mayoría de la gente espera el fin de semana con ansias. Es el momento del asado, la escapada al Tigre o, algunos mangos mediantes, un viajecito a la costa.

Se rompieron el lomo durante toda la semana, se bancaron el bondi, el calor, el jefe. Pero soportan todo eso con estoicismo porque el finde van a reponer energías físicas, descansando, y psíquicas, disfrutando de ese plan al aire libre que vienen amasando mentalmente.

Todo viene de perlas hasta que el puto pronóstico anuncia que va a llover. Kabúm! A la mierda con los planes!

Y con el mismo estrépito con que se caen esos planes, cae el estado de ánimo…

Hace un tiempito me armé un fin de semana largo desde un jueves y me fui con mi hija menor a unas cabañas en Salto, Uruguay, que mi socio me había recomendado por lo paradisíaco del paisaje, los beneficios del complejo y el intenso pique que había en el río.

La Warner Bros nos debe haber confundido con algunos de sus personajes y por eso dibujó sobre nosotros una nube que nos acompañó desde la partida, vacacionó los cuatro días sobre nuestras cabezas y emprendió el regreso fiel a mantenerse sobre la camioneta toooodo el tiempo.

El clima no pudo ser más hostil. Garuó todo el tiempo, en algunos momentos con categoría de lluvia, en otros sin alcanzar más que el galardón de bruma hinchabolas, pero con una constancia increíble. El viento se sumaba a esa humedad del 200 por ciento y juntos parían un frío que te partía la jeta.

Mi pasión por la pesca no alcanzaba para quedarme en la costa más que un rato, que duraba el corto tiempo que tardaban mis dedos en entumecerse tanto que ya no podían ni encarnar el anzuelo.

Plata al pedo en un paquete que incluía bicicletas en las que no pudimos andar, cabalgata que no fue, paseo en catamarán que nunca hicimos.

Una mierda…

Mi hija menor vive con su novio desde hace casi un año y si bien vienen a casa cada tanto, yo voy a la de ellos y periódicamente nos encontramos los dos a tomar la leche, hacía bastante que no pasábamos tanto tiempo juntos.

Charlamos como hacía mucho que no hacíamos, por horas, tomando cafés que ella batía. Increíble lo que creció. Impresionante encontrarte con que tenés enfrente a una mujer desplegándose a la vida.

Nos reímos juntos, nos emocionamos juntos, recordamos cosas, nos contamos nuestros planes.

Pescamos de a ratos, amparados del viento con una sombrilla enorme puesta de costado sobre el piso, tomando mate y haciendo alarde del estoicismo con el cual nos podíamos bancar el clima de mierda, riéndonos de nuestra condición de desamparados en esa intemperie.

Disfrutamos de la pileta cubierta y de lo loco que es que haga un frío de cagarse y uno pueda estar al aire libre, metidos en otra, climatizada.

Gastamos al pedo unos mangos en un desayuno continental que debe haber sido de la Atlántida (por lo perdido del continente) pero que de todos modos disfrutamos compartir.

El asado planeado se transformó en carne al horno y trocó en un pollo ahumado a la parrilla con leña húmeda que logré hacer un mediodía que la garúa aflojó un rato.

Pesqué una boga grandota. Y mi hija otra.

Estaba en la cabaña calentando agua para el mate y Guada se había quedado en la costa a cargo de las cañas. Por la ventana que daba a la costa la veía, toda acurrucada, bancando la parada.

Cuando el agua estuvo lista y ya presto a volver con ella, volví a mirar por la ventana. La caña, sola. Guada, ni noticias. Me acerqué al vidrio y ahí la vi, en el muelle, aferrada a la caña que allí teníamos, luchando a brazo partido, tirándose para atrás en su intento de dominar a la boga que luchaba desde abajo.

Corrí hacia ella al mismo tiempo en que la veía girar su cabeza una y otra vez en busca de mi apoyo, con cara mezcla de sorpresa y “decime qué carajo hago”. Se rió cuando me pasó la caña y vio lo sencillo que era ir caminando hacia la costa en lugar de intentar levantarla desde el muelle.

Carcajadas, euforia, fotos. Todo debajo de la puta garúa que no aflojaba, pero que a nadie le importaba un pito en ese momento.

Hubo más momentos, más charlas, más cosas compartidas. Fuimos dispuestos a disfrutar. Y lo hicimos. La pasamos espectacular.

Hace muchos años escuché a Mariano Grondona decir –en una crítica por la falta de gas reinante en ese entonces– que los seres humanos nos diferenciamos de los animales porque se supone que somos capaces de generar nuestro propio microclima.

El periodista hablaba en lo concreto, obvio. Se refería a que era de locos que nos cagáramos de frío en pleno siglo XX.

Pero me acordé de él en estos días.

Porque cuando recuerdo ese fin de semana con mi hija menor, no puedo dejar de pensar en el clima que nos tocó y en el que nosotros dos fabricamos juntos.

Acaso no sea la tele, el diario o la radio donde esté el pronóstico de los próximos días de tu vida. Quizás haya que dejar de mirar tanto al cielo y buscar un poquito más cerca del piso, justo ahí, donde estemos parados.

En unos días vamos a ir por la revancha. Queremos el sol, los caballos, las bicis y el catamarán. Queremos el parque de agua y volver bronceados.

Quizá vuelva a llover. Tal vez haya un viento que te vuele la peluca. En una de ésas, rayos y centellas golpeen contra el río. Con este clima loco nunca se sabe. Tal vez hasta haga frío.

Quieren que les dé mi propio pronóstico del tiempo?

Garantizado cien por ciento?

Maravilloso…

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