Pasión por la cordura

Yo no sufro de locura…
la disfruto a cada minuto.Les Luthiers

Por alguna extraña razón nos encanta que nos vean como locos. A todos nos genera una satisfacción muy particular que alguien nos diga que no somos normales, que estamos de la cabeza, que nos falta un tornillo.

Por qué? Ni idea…

La locura –la real– es una mierda con mayúsculas. Cualquiera que haya visitado el Borda o el Moyano puede dar fe de lo que digo.

La gente que está allí tiene un común denominador bastante jodido: todos están lejos de ser personas en el sentido cabal de la palabra. Todos, algunos más, algunos menos, son más objetos que sujetos. Son más “cosas” que “seres”.

Por qué querría uno padecer semejante nivel de alienación?

Hubo una época de nuestra vida en la que ser igual a los otros lo era todo. Allá nomás, en la adolescencia, lo último que queríamos era ser “diferentes”. Todos queríamos encajar, ser iguales, pertenecer. Quizás alguna suerte de rebelión psíquica a esa etapa hizo que después nos pasáramos el resto de la vida tratando de ser “distintos”, para nada “normales”, no lo sé. Pero algo hace que nos guste que nos digan que estamos de atar.

En muchos momentos de mi vida he disfrutado de ser visto como un loco.

Cuando hacía payasadas en el arco en el campeonato de fútbol del Banco en el que trabajaba o cuando estacionaba mi camioneta dentro de un telo porque no conseguía lugar afuera y salíamos de la playa de estacionamiento caminando hacia el pub donde queríamos tomar algo, me gustaba ser tildado de estar “de la cabeza”.

Aún hoy muchas veces lo disfruto, porque no niego que ser distinto tiene su gracia.

Te miran con una mezcla de sonrisa y admiración por tu locura que alimenta tu ego, que te hace sentir “especial”, que te devuelve una simpática imagen de vos mismo que te llena.

Cuando bailo alrededor del pez que acabo de pescar o las veces que con total desparpajo hago cosas por la calle que otro, en mi lugar, sentiría vergüenza de manifestar públicamente, como cantar, bailar o imitar a algún personaje, esas veces, confieso que me siento bien con mi “locura”. Tanto que ni siquiera necesito que sea otro el que me lo diga. Me alcanza con darme cuenta solito de cuán “chapita” estoy y disfruto de ser “raro”.

Pero hay veces que me hace ruido y me jode que crean que estoy loco. Y me pone en corto porque las razones por las que se supone que estoy “de la cabeza” son, para mí, los puntos más “normales” que tengo para esgrimir como compensación de mi jodida personalidad.

Porque cuando digo que creo en el amor para toda la vida, en la fidelidad por compromiso con el proyecto constante que formar una pareja es, cuando defiendo que ser compañeros es la meta más grande que uno puede ponerse con su mujer, cuando sostengo que se puede mantener a lo largo de los años el deseo, el amor, el cuidado, la ternura, la risa, cuando hasta afirmo que eso puede y debe crecer a diario… ése es el momento en el que me da cierta tristeza que me llamen loco. Ahí ya no tiene gracia.

Las veces que cuento que “Esto también pasará” es mi frase de cabecera y que por eso puedo amar aún en los tiempos difíciles, sonreír a pesar de la diaria y perseverar en silencio por aquello que quiero… en esos casos, no me gusta tanto que me digan que estoy de atar.

La verdad, me choca un poco ser juzgado como piantado porque disfruto de la risa de mi mujer tanto como si estuviera teniendo sexo con ella, misma sensación que puedo tener mientras yo trabajo y ella lee, cada uno por su lado, pero increíblemente juntos.

No me causa ninguna gracia ser tildado de raro porque creo en el trabajo diario como una de las formas más sublimes de amar…

El Mundo en el que vivimos ha ido perfilando un modo de pensar tal que muchas veces siento que ya no es un problema de época errónea en la que nací. A veces creo que vine a dar al planeta equivocado. Y que debería comprarme una pistola y simplemente volarme los sesos.

Sigo acá porque guardo –como parte de esa locura que me adjudican– la paradójica esperanza de ser cada vez menos raro, cada vez menos diferente, cada vez menos “especial”.

Hasta que llegue el día en que ya nadie repare en mí.

El día en que vivir en un mundo de locos sea,

paradójicamente,

estar absolutamente rodeado de cuerdos…

Comentar
Ver más notas