Orquitis crónica

Patología caracterizada por la inflamación aguda
de los testículos.MedlinePlus enciclopedia médica

Estuve pensando que, para proteger mejor a mis huevos, quizá debería cambiar de boxers a calzoncillos de hierro. Porque hay algo que me los inflama a cada rato un poco más. Y el algodón empieza a ceder…

Y no hablo del que estaciona en doble fila ni del que va en bicicleta y cree que los semáforos no son para él. El primero sólo lo hace por un momentito, son sólo unos minutos los que el tráfico va a ser un infierno por el cuello de botella que él provoca. No es para tanto… Y el ciclista es un ser libre, que vive más allá de las opresivas leyes de las contaminadas ciudades…

No me molesta el colectivero que me encierra recordándome que 60 millones de años de evolución no lograron que dejáramos de manejarnos por la ley del más grandote. No me jode. Hay cierta magia en sentirme en Jurasic Park sin tener que viajar hasta la isla Nublar.

Tampoco me afectan los taxistas cortando el tráfico a cada rato bajo la hipócrita consigna de que me están protegiendo de Uber. Son gente noble que se preocupa por mi bien y está dispuesta a hacer todo lo que haga falta para cuidarme. Y menos aún que Uber irrumpa en el país pasándose por las pelotas toda legislación habida y por haber. Saben que son lo mejor que nos puede pasar y por eso no escatiman en métodos intrusivos para que podamos disfrutarlos.

Mucho menos me irrita el diario reporte de todos los cortes de tránsito motivados por reclamos que siempre son de sólo una porción de la sociedad. Puta che, están en todo su derecho. Tienen kilombos y no tienen la culpa que para mis problemas no encuentre 20 tipos más que tengan el mismo y por eso yo no pueda cortar ninguna calle. Ése es MI problema.

Ni el cotidiano informe acerca de cuán boludos podemos ser que, yendo todos para el mismo lado en una autopista, chocamos todos los putos días. Qué importa… son sólo dos o tres personas que mueren por día. No es tan grave. Y es redivertido ir zigzagueando a 180 kilómetros por hora, aparte de lo productivo de llegar 10 minutos antes que los demás.

No me molesta el “distraído” que me tira su auto encima ni el que estaciona sobre avenidas que sólo tienen dos carriles, estropeando por completo las mejoras que el Metrobus representó también para los automovilistas. No son malos, no se dan cuenta. No saben lo que hacen. Y los perdono por ello, como Dios manda.

De ninguna manera es el chofer del colectivo el que me los inflama cuando no para, o cuando va a 200 kilómetros por hora o a dos, dependiendo de cómo venga con su horario. Y que no le preocupa si cuando dobla como viene la gente queda apiñada contra un lado. Pobre hombre, que vive presionado por la empresa.

No, ninguno de estos me afecta en lo más mínimo.

No me preocupa que llegar al laburo sea como ir jugando a Super Mario Bros, esquivando, frenando de golpe y dando volantazos, tratando de no matar a ninguno de los motoqueros que aparecen a diestra, siniestra y hasta por arriba de mi camioneta, porque encima los voy a tener que pagar por buenos…  No, definitivamente no son ellos los que me estiran el escroto. Me encanta llegar al trabajo y dibujar una rayita más, como los presos contando los días, para no perder la cuenta de cuánto tiempo llevo logrando no pisar a ninguno y zafar del monumental kilombo que tendría hasta que el “accidente” se aclarara.

Ya bajado del auto, no es Carrefour lo que me enferma cada vez que llego a la caja y descubro que no está cargada la promo y que si no me doy cuenta, me acuestan. No, no es eso. Ya estoy acostumbrado y controlo todas las veces. Y me mantiene la cabeza activa, en constante acción; es ejercicio mental, que es buenísimo para prevenir el Alzheimer. Y nadie me saca el placer de la descarga de adrenalina cada vez que me dan el ticket.

No vayan a creer que mi patología se debe a los que veo tirar la basura en cualquier lado. O aquellos que la dejan al lado del contenedor, ahí pegadita, pero del lado de afuera. Tampoco son estos lo que me rompen las pelotas. Más de una vez, simplemente agarro la bolsa y la tiro yo dentro del gigantesco tacho que le pusieron para eso. Me siento Ginobili embocándola y sigo viaje sonriendo por el doble que encesté.

No altera para nada el tamaño de mis pelotas el perrito que caga en la vereda. Y mucho menos su dueño, que lo deja ahí como una contribución ecológica, abonando las baldosas. Seguro cuenta con que la lluvia desplace la mierda por las juntas, penetrando así en la tierra para poder nutrirla y enriquecerla. Y sigue su camino imaginando qué lindo va a ser el arbolito que tal vez crezca gracias al aporte de su can.

Ni por asomo me saca de quicio el mononeuronal discurso programado del que me atiende cuando tengo que reclamar a cualquiera de las compañías para las cuales yo soy lo más importante que ellos tienen, según me dicen en todas sus publicidades. Seguramente la línea tiene problemas de conexión y por eso no me escucha.

Ni esa tipa que me atiende como el orto –como si yo fuera el responsable de sus problemas– cuando voy a pedir un turno para cualquier cosa. Quizás esté en “uno de esos días” y en el trabajo no le permitan tomarse el día femenino, pobre mujer.

No, no son ellos los que engrosan el diámetro de mis gónadas.

Lo que me hincha los huevos, lo que me inflama las pelotas hasta el punto de hacerme caminar chueco, es ver cuán lejos estamos de cualquier posibilidad de mejorar como sociedad

cada vez que escucho a algún pelotudo

decir que éste es el mejor país del mundo…

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