No voy a soltarte

Y un día, cualquiera, pegás un golpe de timón.
Y no te das cuenta hasta después, cuando el barco está en el mar,
navegando hacia otros puertos…El autor, en una charla con un amigo

Dedicado a Caro, una amiga que cada día es más “gran”,
que me bancó y me banca.

Y a Malvina, en la esperanza de que le sirva.

–Bueno… no llegamos a la respuesta que queríamos… pero hubo una respuesta! Ahora a duelar, que esto también pasará! –me escribió Caro por Whatsapp, después de que yo le contara la negativa que acababa de recibir de esa mujer a la cual le había propuesto alguna forma de “encuentro”…

–Eso dicen… –contesté.

–No sé… pero hay un chabón que conozco que se lo grabó en su anillo para nunca olvidarlo! –insistió.

–Sí… un boludo el tipo… –ironicé. Para luego rematar con mi acostumbrado y monosilábico “ja”, cuando mi humor tiene más de acidez que de diversión.

–Nooo… un genio! –siguió con el juego de hacer de cuenta que no hablábamos de mí.

–No le alcanzó el anillo para grabar “pero es un dolor de huevos el mientras tanto”. Y la frase quedó cortada y por eso parece sabia –escribí, subiendo la apuesta de mi propia capacidad para preparar un cóctel de ironía y sarcasmo que me saque de la tristeza.

Me enfrentaba una vez más a ese trámite jodido que es el duelo. Esa presión indefinida que te acompaña cuando el dolor no es localizado. Cuando el estómago se contrae y se toca con el corazón (Fabio: gracias por la metáfora), en un intento desesperado por lograr digerir el disgusto.

Lo hacemos con todo. No sé muy bien por qué, pero cuando descubrimos algo, tenemos la tendencia a aplicarlo a absolutamente todo. Un día alguien parte una hoja de Aloé Vera al medio y cagamos. A partir de ahí lo usamos para cremas, dietas, heridas, batidos con Gancia… lo que sea. Le ponemos Aloé Vera hasta al café de la mañana.

Con el bendito “soltar” hicimos lo mismo.

Tanto he leído y escuchado ese verbo puesto al servicio de bancarse el desamor, que terminé creyendo que era “la” verdad. Que ése era el camino por el cual uno podía realmente salir airoso de un proceso de duelo.

Alguna vez alguien lo habrá dicho como una metáfora para ayudar a un otro que no lograba “dejar atrás” aquello que le dolía. Pero creo que hicimos la del Aloé Vera. Queremos ponerle el “soltar” a todo. Queremos bajarlo de la categoría de metáfora y aplicarlo en la realidad como si fuera una rutina de ejercicios que completar. Tres series de abdominales, tres de bíceps y otras tantas de soltar y ya está. A vivir de nuevo.

Ése es el secreto del recupero de la alegría perdida. Soltás y chau. Yatá. Listo. Se acabó el problema como por arte de magia.

Lo intenté, confieso.

Pero me enfrentaba a un imposible.

Cómo soltar lo que no tengo? Cómo dejar ir lo que no está?

Me retorcía intentando comprender qué mierda significaba el bendito soltar y no avanzaba ni un paso…

Saben qué?

Un día recordé mi propio secreto. Aquél que me sirvió cada vez que tuve que salir adelante. Ése que me permitió hacer todo lo contrario. El que posibilitó que a lo largo de mi camino yo no soltara absolutamente nada. Y me lo guardara todo como capital de vida en constante aumento. Ése que hace que vaya por ahí con una sonrisa interna grabada a fuego en el alma.

El secreto que me ayudó y me sigue ayudando a crecer todos los días un poco más.

Porque cuando tuve que afrontar el desamor, por supuesto que primero la peleé. Primero lo intenté todo. Traté de poner lo mejor de mí sobre el tablero para tratar de ganarle la partida a la Vida.

Pero en el momento en el que me enfrenté a la dolorosa realidad, en el instante en que comprendí que ya lo había dado todo, cuando sentí que había dejado lo mejor de mí en el intento, lo único que solté fueron las amarras y simplemente,

pegué un golpe de timón,

y me fui…

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