No lo sé… y eso es todo

Que puedas recordarlo todo no quiere decir que lo sepas todo.Promo de la película “Bourne 5”

“Me acuerdo muy bien de lo que hiciste” o “tengo bien presente aquello que dijiste” son frases que bien podrían darse en el marco de una hipotética charla entre dos, donde uno no perdona lo que el otro hizo o dijo.

Cómo hacerlo? Si recordamos perfectamente cuán mal nos hizo sentir, cuánto nos dolió aquel momento que tenemos grabado a fuego en el recuerdo.

Tenemos muy buena memoria y ni en pedo podremos perdonarlo…

Siempre me jacté de ser un tipo con una memoria excepcional. Casi eidética. Recuerdo con una fidelidad increíble tanto los momentos como los afectos dominantes en cada uno de esos momentos. “Viajo” cada vez que recuerdo algún evento de mi vida, cada vez que viene a mi memoria alguna anécdota de las que uno acumula en la sonrisa o en las lágrimas.

Así es que aquella madrugada del lunes 28 de agosto del 72 tiene aún en mi recuerdo el suficiente resplandor para que yo pueda, de alguna manera, volver a sentir el inmenso vacío que me invadía, mientras el auto en el que íbamos mi madre, mis hermanos y yo, se alejaba de la que había sido hasta ese entonces mi casa, mi hogar, el lugar donde me crié mis primeros diez años de vida…

Tengo grabada en la memoria la carita de mi hermana, la nena de ocho años que fue la única que giró la cabeza para encontrarse con la mirada de su padre que se quedaba en esa casa, y que desde la ventana nos veía alejarnos. Casi puedo ver a mi hermanito, con sus 6 años, tieso, con la mirada perdida hacia adelante.

Recuerdo el Boeing 737, los dos días en Rawson, el avión del ejército que nos llevó hasta Esquel, la primera montaña, la nieve, el hotel donde paramos los primeros días, los siguientes en el pabellón de varones, durmiendo en las camas que estaban separadas por una pared que no llegaba al techo y que generaba el espacio que se utilizaba cuando algún chico se enfermaba y había que aislarlo para prevenir el contagio.

Me acuerdo hasta del dulce de batata que nos convidó el encargado del Hogar, quien terminaría siendo el segundo marido de mi mamá un año después.

Y tengo a flor de piel el miedo, la angustia, la profunda soledad que sentía en ese entorno, de clima increíblemente frío y ambiente hostil. Casi puedo sentirme tan aturdido como en ese entonces, cuando trataba de procesar infructuosamente todo lo que estaba pasando.

Durante unos cuantos años de mi vida, no podía “perdonarle” a mi madre el habernos llevado allí, lejos de todo lo que conocíamos.

Hasta que fui padre. Hasta que descubrí que serlo no me sacaba de la categoría “ser humano”, porque seguía estando tan atado a mi humanidad como hasta ese entonces.

Y un día me dí cuenta de que todos enfrentamos el mismo problema que el del personaje que encarna Matt Damon: quizá podamos recordarlo todo, pero de ninguna manera podemos saberlo todo.

No sé qué sentía mi madre, esa joven mujer que estaba partiendo a más de 2000 kilómetros, con tres críos a la cola, portando el estigma que en ese momento era estar separada, con su título de maestra sin estrenar, camino a ser la directora del Hogar Menéndez Behety, ese lugar que albergaba 140 criaturas, cada cual con una historia más difícil que la del otro.

No tengo idea de cuán dolida estaría o cuánto estaba sufriendo. No sé qué tan sola se sentiría, qué tan desamparada, qué tan angustiada estaría…

No lo sé. Simplemente no lo sé…

Tal vez deberíamos tener siempre presente esta imposibilidad que todos tenemos. Quizás, en esa hipotética charla en la que alguien nos pide perdón, tendríamos que preguntar más antes de soltar categóricos juicios.

Porque en una de ésas –quién les dice– descubramos que, muchas veces,

no haya tanto para perdonar,

y sí mucho para comprender…

 

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