Mi noche triste

Toma tu corazón roto, conviértelo en arte.Princesa Leia a Meryl Streep

–Acaso tu vida es perfecta? –me preguntó una amiga, casi molesta.
–Ja! No, por supuesto que no. Por? –pregunté sorprendido por su tono.
–Porque siempre escribís como si así fuera –sentenció.
–Hago hincapié en el lado positivo de las cosas –dije, encogiéndome de hombros.
–Por eso. Parece que sólo existe lo bueno –insistió.
–Hacer hincapié no es negar. Es reconocer los dos lados y e-le-gir sobre cuál recostarse –dije, pretendiendo ser poeta.
–De todas maneras, a veces está bueno un poco de melancolía… –remató.

Ok. Vamos a aprovechar que es domingo, que llovizna y que estoy un poco borracho. El clima ideal para darle el gusto a mi amiga y hacerle caso a la princesa Leia. Vamos a tratar de convertir en arte a mi corazón roto…

Acá va, mi carta a esa mujer que sólo estuvo por un rato en mi vida y que hoy es la razón por la cual es domingo, llovizna y estoy un poco borracho…

No puedo creer todo lo que quedó en tan poco tiempo…

Sobre la mesada, abrazada a la botella de Malbec, tal vez también un poco borracha, quedó la copa con tu nombre invisiblemente grabado y que hoy le pregunta a mi boca dónde está la tuya cada vez que me sirvo un poco más de vino.

Condenados al hastío, quedaron los sobrecitos de té verde que no tomo y que compré para tu ritual nocturno previo a ir a dormir, que me miran esperanzados a través del vidrio de la tapa cuando me ven encender un sahumerio a su lado, para volver a quedarse abrazados entre sí con un dejo de tristeza, cuando me ven alejarme sin haber abierto la caja.

Quedó el champagne –que tampoco tomo– ahí, naufragando en el balde que puse en la heladera para que los hielos aguantaran el tiempo que tardaríamos en llegar de ese cumpleaños al que no fuimos. Y que ahora son agua, a pesar del esfuerzo que el frío hizo por mantenerlos intactos…

Quedó la pizarra con el menú de aquella noche en la que cociné para vos, que sigue anunciando mi “I wanna feed you”, remedando la película en la que aprendí esa frase que los negros norteamericanos le dicen a una mujer cuando quieren decirle que la desean. Quedaron mis ganas de alimentarte, en muchos más lugares que sobre la pizarra de la cocina…

En uno de los tres ganchos para repasadores de la fosforera quedó la bolsita de chacinados La Vasquita que trajiste. Y que cada vez que abro el horno se balancea como una suerte de bandera que flamea para transportarme a esa misma noche en la que los dos nos desesperábamos por seducir al otro.

Quedaron las barritas de chocolate Águila que ya no voy a comprar en el supermercado, ahí, al lado del chino que nada sabe y que me las sigue ofreciendo cada vez que paso por la caja.

Debajo de las sábanas –hecha un bollo de perfume a vos que no me alcanza– quedó esa vieja remera, toda destrozada pero suave como ninguna, que te dí para poder seguir acariciándote aún dormido…

Quedó sin planchar mi remera blanca, la que tanto te gusta cómo me queda. Y que hoy no puedo ponerme sin verla menos blanca… incluso juraría que es gris…

Quedaron por todos mis rincones los sueños que empezaban a ser y que murieron antes de lograr siquiera despegar del suelo, en pleno carreteo… llenos de energía que tuve que frenar, que controlar como pudiera, porque ya no había destino al que volar…

Quedaron los días en Salto que no fueron, la noche de pesca que tampoco, la lámpara sin arreglar en Uribe…

Quedó en tu casa el reloj antiguo que te traje de aquel pueblo, que sigue dando la hora, aún cuando el tiempo se haya detenido…

Lo siento, amiga. No puedo conmigo. No hay domingo, ni llovizna ni borrachera que logren siquiera disipar quién soy y cómo vivo mi vida.

No puedo dejar la carta ahí… simplemente no lo vivo así. No lo siento así. No soy así…

Es verdad, bien verdad, que todas y cada una de las cosas que quedaron ahí están, con una presencia tal que espero que el tiempo se encargue de ir apagando de a poco, para que no duelan.

Pero voy a terminar la carta que le escribiría si quisiera que la leyera…

Una vez más, no puedo creer todo lo que quedó en tan poco tiempo…

Porque también quedaron las cenas, los lugares que conocí y los que te hice conocer.

Quedó esa tarde en el parque tomando mate.

Quedó, resonando en mis oídos, tu “me gustan tus arruguitas en los ojos” de aquella noche en la que también lloviznaba como hoy…

Quedaron tu sorpresa al recibir el reloj y tu voz agradeciendo las flores.

Quedaron las risas. Quedaron las charlas, las divertidas y las no tanto, pero siempre sinceras, sin vueltas, sin roscas.

Quedaron tus ojos y tu mirada, que los hace tan especiales…

Quedó aquél inolvidable beso. Y con él quedó tu lasciva boca, apretada contra la mía, manteniendo encerrados a todos los que le siguieron a ése.

Quedaron tus manos sosteniendo mi cara. Y tu increíble cuerpo viniendo a mí…

Quedó la atemporal suavidad de tu piel adherida a las yemas de mis dedos, que aún siento cuando los deslizo por mis pulgares, trayéndote a mis manos con sólo cerrar los ojos o perder la mirada en un horizonte imaginario.

Quedó tu “voy a contratarte” de aquella mañana…

Quedó tu sonrisa, tu fantástica sonrisa. Tierna hasta lo inimaginable, sensual hasta lo impensable. Bien guardada, en un rinconcito íntimo, cálido, bien mío…

Y quedó la mía. Una sonrisa interior que no hay domingo, ni llovizna, ni suficiente vino que logren borrar, ni por un instante,

cada vez que te pienso mientras miro,

un poco borracho,

cómo cae esa llovizna a través de la ventana…

Comentar
Ver más notas