Macho, dijo la partera

 

Venimos al Mundo marcados por una griega.El autor

En mi “molesta” opinión, uno de los males de nuestra especie es este vicio de tomar la parte por el todo y terminar haciendo un embrollo tal, que después ya no sabemos dónde está la punta del ovillo y nos quedamos con cara de tarados tratando de dilucidar si fue primero el huevo o la gallina.

Y eso hicimos con esto de ser hombre…


Nacimos hombres y con la y griega de los cromosomas vino toda una carga de cosas que vamos a tener que hacer en nuestras vidas si queremos honrar a la ecografía que dio cuenta de que somos “machos”, como solía clamar la partera en aquellas épocas en las cuales no se contaba con la tecnología como para saber el género antes de que uno naciera.

Nacimos hombres. Ahora tenemos que ser machos. Bien machos.

Y para eso hay algunas reglas básicas que definen bien claro qué es serlo.

Macho es fútbol en el barro y picadas por la Lugones.
Macho es trompadas y un poco de sangre.
Macho es mujeres. Muchas mujeres.

Bien.

A lo largo de mi vida jugué al fútbol y terminé embarrado hasta el tujes más de una vez.

Corté leña con un hacha a una edad en la que hacha era casi tan alta como yo. Y domé terneros hasta volver lleno de bosta de vaca por las veces que dí en el suelo.

Cabalgué en pelo, sin montura de ninguna clase y sólo aferrado con mis piernas, como si fuera un indio antes del arribo de Don Cristóbal a estas tierras.

Manejé una camioneta como un desquiciado, haciendo alarde de mi habilidad para esquivar obstáculos de toda naturaleza.

En más de una oportunidad me quebré algún hueso y –por supuesto– me la banqué estoico. Como todo macho debe hacer.

Me han roto la cara un par de veces y yo he dejado tumbados en el piso a unos cuantos. Y en algunas oportunidades, con la suficiente sangre de uno y otro lado para que la pelea calificara como bien de guapo.

Sí, perseguí mujeresssss. Así, con muchas eses.

Estuve dos veces en una situación límite en la ruta y las controlé con machaza serenidad.

Hasta me atropelló un auto en la Panamericana… y acá estoy…

Logré honrar al mandato de origen cultural, pero hoy inserto en los genes, metido en la y griega de mis cromosomas?

Sí, puede ser. No voy a negar el haberme sentido “macho” en el sentido más orangután que puedan imaginar. Y haberme sentido bien con eso cada vez. Todas las veces.

Pero son estas historias las que me definen como hombre?

No. Hombre es otra cosa.

Ser hombre es un poquito más que ser un mono grandote.

Si hoy tuviera que contar quién soy como hombre, jamás empezaría por las anécdotas que tengo sobre las cosas que enumeré. Ésas ya irán saliendo con el tiempo y podremos reírnos juntos de la vez que haciéndome el canchero frente a un amigo, me levanté una mina que terminó afanándome en el telo a punta de cuchillo.

Porque hombre me sentí cargando dos mamaderas como pistolas de un cowboy, asomadas en los bolsillos de mi piloto, con mi hija mayor colgando sobre mi pecho en ese coso tipo mochila (porta enfant, creo que se llama), entrando a un McDonald´s como si fuera un bar del Far West.

Me sentí hombre llevando a mi hija menor al jardín y parando en la placita todos los días para hacer los ejercicios fonoaudiológicos que tuvo que hacer para corregir su ceceo de aquél entonces.

Lavando ropa en la bañera, de rodillas y con una tabla de fregar como la que usaba mi abuela, planchando delantales, sacando piojos, bañando a mis hijas, haciendo las camas, preparando la cena… me sentí hombre, bien hombre.

Conteniendo a mi mujer todas las veces que lo necesitó, apoyándola en sus proyectos, acompañándola en sus cosas, llevándole el desayuno a la cama los fines de semana, cocinando todas las noches, así me sentí hombre.

Me he sentido hombre protegiendo. Pero también las pocas veces que logré dejar que me protegieran. Me he sentido hombre poniendo el pecho para que otro llorara. Pero también todas las veces que el que lloró fui yo.

Me he sentido hombre, bien macho, bien orangután, subiendo una pesada caja con ropa de verano de ella al placard. Pero también me he sentido hombre, bien hombre, manejando 80 kilómetros para comprarle un regalo o eligiendo flores de un color muy particular…

Me gusta ser “macho”?

No les quepa la menor duda. No se dan una idea de cuánto me cago de risa cuando me veo haciendo cosas de orangután.

Pero la verdadera satisfacción como ser humano me la da el espejo,

cada vez que levanto la cara del lavabo,

y me reconozco como “hombre”.

 

 

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