Lo mejor de mí

 

La gente valora distintas cosas…
Lo que vos tenés para dar… se lo tenés que dar a quien lo valore.Mi amiga Carolina

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(Caro, ya te cité dos veces. Los próximos mates, nada de galletitas. Quiero facturas.)
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Nos dejó. Pero no importa. Ya se va a retorcer sufriendo por lo que perdió. Ya va a empezar a extrañar lo que yo le daba, ya va a comenzar a sentir el vacío de no tener más aquello que teníamos y va a sufrir como nunca.

Cuando sienta la falta de todo lo que vivíamos juntos, se va a revolcar de dolor suplicando que la vida le dé otra oportunidad conmigo…

Eeeeehhh… no.

No va a pasar nada de eso. Otro día nos ocupamos de ver por qué mierda creemos que eso nos daría alguna forma de satisfacción. Pero ahora vamos a suponer que tiene alguna lógica quedarse esperando ese momento en el que el otro empiece a agonizar por haberse quedado sin nuestro amor. Y vamos, aguantemos un poco que “ya se va a dar cuenta”…

A nadie sorprenda que nos sintamos como el culo cuando vemos que el tiempo pasa y ese otro no se retuerce ni un poquito. Sigue con su vida “como si nada” la muy turra. Hasta se lo ve feliz al hijo de puta…

Y ahí somos nosotros los que nos retorcemos. Nos llenamos de bronca y puteamos a los cuatro vientos. Nos levantamos preguntándonos cómo puede ser y nos acostamos con la misma pregunta apretada entre los dientes.

Y después de un buen tiempo de bruxismo emocional, nos aflojamos y nos deprimimos. Nos transformamos en una suerte de despojo humano que vaga cual ánima del cementerio, flotando por ahí, con la mirada perdida en un horizonte nublado. Un horizonte que promete la respuesta que nunca llega a esa pregunta que teníamos encajada en las encías: có-mo mier-da pue-de ser?

Si le dimos lo mejor de nosotros…

No es tan difícil. La gente valora diferentes cosas. Así de fácil, como me dijo Caro aquél día.

Y por eso, por más que demos lo mejor que tenemos para dar, si lo que le damos no está entre las cosas que ese otro valora, se va y no se arrepiente ni un poquito.

El que se fue no perdió nada. Na-da. Porque no quería lo que le dábamos. Y nadie puede perder lo que no quiere. Nos guste o no, lo que tenemos para dar no le sirve. Dejó de interesarle. O no le interesó nunca y vaya a saber por qué se quedó todo este tiempo…

Saben qué?

A quién le importa?

No es mi problema.

Si yo me retuerzo porque el otro no valora lo que tengo para dar, ése sí es mi problema.

Si el valor de lo que tengo para dar depende de otro, ahí estoy jodido en serio.

Saben cuál es la desgraciada verdad?

Caro tiene razón. Lo que tenemos para dar se lo tenemos que dar a quien lo valore.

Pero si no podemos digerir que el otro no nos valora, el error que cometimos no es haberle dado a la persona equivocada.

El grave, gravísimo error, es haber dado lo único que nunca tenemos que dar.

Esto es,

darle a otro que no sea al espejo,

el poder de decidir cuánto valemos…

 

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