Las razones del corazón

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El amor es lo único que hay que ganarse en la vida,
todo lo demás se puede conseguir robando.Lord Byron

He escuchado tantas veces que el corazón no sabe de razones que no entiendo cómo es posible que nadie lo haya internado en el Borda aún.

Por lo que he leído, parece que el corazón es un déspota lunático que decide el destino del portador casi como si fuera un cheque en blanco librado así, al portador. Al primero que lo encuentre y pase por el Banco a cobrarlo…

El “bobo” es un irracional absoluto que acelera sus latidos, libera endorfinas, inunda el estómago de mariposas y deja al dueño irremediablemente ciego.

Y sordo. Porque el guacho no escucha razones.

Tal vez por eso –como compensación a la pérdida de tan vitales sentidos– de mudo no tiene un pelo. Todo lo contrario. Se ve que el tirano activa a lo loco el área de Broca y por eso de la boca del dueño salen palabras y palabras sin solución de continuidad cuando ataca.

Decenas de “te quiero” sin ton ni son, cientos de “te amo” sin el más mínimo fundamento, miles de frases pasionales apoyadas en nada… hasta que todo junto condensa en un derrame cerebral y el súbdito, entregado cual marioneta a los designios de su corazón, dice  –moviendo la boca como Chirolita–: “sos el amor de mi vida”…

Todo eso a primera vista. Todo eso sin necesidad de conocer demasiado al que tenemos enfrente.

El amor no sabe de razones.

El amor es locura, pasión, desenfreno, rojo intenso…

Bueno, al carajo. No es cierto.

No quiero erigirme en el dueño de la verdad sobre algo tan complejo como las cuestiones del corazón, porque al que llevarían sin más trámite al Borda sería a mí. Y yo estoy bien viviendo en Paternal.

Pero en mi “molesta” opinión, la realidad es que sacamos un par de fotos del otro en alguna maravillosa situación y olvidamos poner el flash hacia adelante. Y así quedamos: “flasheados” por esas fotos que nosotros mismos sacamos.  Apenas podemos ver por el destello que nos fumamos en el camino y por eso, las partes del otro que no alcanzamos a divisar, simplemente las inventamos y listo. Un amor perfecto. A primera no vista.

Saben qué? Me tocó vivir el amor a segunda vista. Y lo prefiero por lejos.

Nada ciego, nada sordo. Y con muchos más hechos que palabras.

Claro que sentí presión en la boca del estómago, por supuesto que se me ha acelerado el corazón a punto de estallar, no les quepa duda de que mis endorfinas me inundaron la boca con ese sabor rojo intenso que el deseo tiene.

Pero por un montón de razones, de motivos, de cosas que hasta podría explicar.

No amé “porque sí”. Quise “con locura”, pero absolutamente en mis cabales.

Amé con el alma tocando el cielo, pero con los pies sobre la Tierra, por una pila de motivos, por una enorme cantidad de razones. Bien claritas, bien definidas, a partir de tener la vista y el oído agudizados por el amor. Y por eso siempre me sentí compelido a actuar, a hacer.

A dar, a acompañar, a cuidar, en fin… a trabajar intensamente para yo también seguir dando razones para que me amaran.

Mientras sigamos creyendo que el amor es algo que aparece, después de haber estado escondido ahí, a la vuelta de la esquina (bastante pelotudo el amor, porque todos sabemos dónde se esconde; bastante pelotudos nosotros, que no vamos a buscarlo); mientras sigamos pensando que el corazón es un desquiciado sin ninguna conexión con la cabeza y que es él quien se enamora y nos arrastra en su locura; mientras insistamos en generar hologramas acomodados a nuestro gusto, es muy probable que sigamos preguntándonos por qué después desaparece.

El amor no muere de causas naturales, como leí por ahí.
Tampoco nace así.

No deberíamos querer quedar ciegos ni enceguecer a nadie.
No deberíamos querer quedar sordos ni que no nos escuchen.

Deberíamos querer dejarnos mudos, en un profundo silencio por las razones que somos capaces de darnos a diario, para que cada vez que nos susurremos un “te amo”,

sea tan,

pero tan real,

que resuene en la eternidad…

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