La vida sin él

Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños.Mario Benedetti

Y un día llegó a su casa, como todos los días. Y lo buscó, como todos los días. Para compartir el rato que siempre compartían.

Pero él no estaba. La oscuridad del silencio la envolvía como antesala de una angustia que aún no llegaba a percibir como propia…

“Habrá salido a comprar algo”, pensó.

Colgó la cartera, encendió el velador del dressoire y la lámpara de pie. Caminó hasta la cocina y vertió el vino en el copón hasta casi llenarlo, para reservar la parte que iba a compartir, por el sólo placer de estar pasándose la copa mientras charlaran y dejó el otro copón ahí, vacío, al lado de botella, como celoso guardián del Malbec que siempre tomaba.

Miró de reojo el reloj, como si quisiera esconder su incipiente ansiedad del duende colgado en la lámpara empotrada en la columna que sostiene la barra y que separa la cocina del comedor.

Él siempre estaba cuando ella llegaba.

Dio un sorbo al Malbec y se sentó en el banquito de madera con los ojos clavados en la copa. Puso los pies en la maderita transversal y apoyó los codos sobre sus rodillas, llevándose la copa a la boca, dando cada vez pequeños traguitos del ineficiente calmante.

“Le habrá pasado algo?”, se preguntó. “Por qué no está acá, como todos los días?”

“Por qué digo como todos los días?”, se autoinquirió. “Por qué recién me doy cuenta de que hace rato que no está?” Y siguió bombardeándose con más preguntas. “Por qué cada día que llego me sorprendo porque no está? Por qué no quiero aceptar que se fue? Es más… por qué se fue? Cuándo fue que se fue?”

Sacudió la cabeza como si fuera posible deshacerse de las preguntas como un perro se saca el agua del pelaje y encendió el horno. Metió el vacío que había sobrado del día anterior y cortó unas rodajas de tomate para acompañarlo.

Cenó en silencio, leyendo algunos párrafos una y otra vez porque cuando llegaba el momento de dar vuelta la página, se percataba de que sólo había recorrido las letras sin retener nada de lo que allí había escrito.

“Qué hizo que se fuera?”, volvió a preguntarse. La rutina? Las discusiones? Los problemas económicos?

Nada de eso lo había espantado en los años en que habían convivido. Qué fue, entonces?

“No va a volver nunca”, dijo al aire, para que el sonido de esas palabras le llegaran como una sentencia dicha por otro.

Dejó en la mesa el plato y el copón de vino por la mitad. Esa mitad que había sido reservada para compartir. Y se fue a dormir. Subió las escaleras, se metió en la cama sin encender el velador, apoyó la cabeza en la almohada y se durmió con el eco de aquella sentencia aún resonando en su cabeza: “no va a volver nunca”…

Poco a poco se fue acostumbrando a servir medio copón. Con el paso del tiempo la sentencia se hizo carne y aprendió a convivir con ella. Ya no resonaba en su cabeza. Ahora era parte de su perdida sonrisa. “Nunca va a volver” ya no era una frase. Ahora era parte de su ser, ahora estaba metida en su más íntima fibra. Ahora era, si se quiere, un modo de vivir.

De vez en cuando, alguna amiga le preguntaba por él. Y ella simplemente se encogía de hombros y decía:
–Es claro que no era para mí.

Estaba tan segura de que así era que, salvo por esas veces en las que alguna amiga lo traía a la charla, ella ni pensaba en su existencia. Si no era para ella, para qué pensar en él?

Y un día llegó a su casa, como todos los días.

Y ahí estaba él, esperándola, con las tenues luces encendidas y el copón de vino repleto de Malbec para compartir. El horno encendido dorando un pollo a la provenzal mientras en la olla las papas bailaban al compás del hervor del agua.

–Cuándo volviste? –preguntó algo confundida.
Él sólo sonrió.
–Y cómo entraste? –agregó, meneando la cabeza y entrecerrando los ojos en un esfuerzo por comprender lo que estaba pasando.
Él volvió a sonreír.
–Decí algo, por el amor de Dios! –ordenó. –No entiendo nada… dónde estuviste todo este tiempo? Te fuiste sin más y ahora, de repente, llego a mi casa y te aparecés así?

Ella estaba cada vez más confundida. Entrecerraba los ojos, fruncía el ceño, levantaba las cejas como si todos esos gestos combinados pudieran traerle a la conciencia las respuestas que no llegaban.

–No fue hoy –pensó ella en voz alta. Y volvió a sacudir la cabeza para aclarar sus pensamientos. –Desde cuándo estás acá? –preguntó, un poco angustiada por la confusión que la dominaba en ese momento.

Hubo un silencio. Se cruzaron miradas. La de ella, casi desesperada. La de él, cálida, como siempre había sido.
–Acaso no sabés cómo soy? –preguntó él.
–Sí, fueron años juntos. Sé muy bien cuánto disfruté de la vida con vos. Pero un día te fuiste. Y me dí cuenta que por más maravilloso que puedas ser no eras para mí –contestó ella.
–Quién te dijo semejante barbaridad? –preguntó en tono suave.
–Nadie me dijo nada. Llegué sola a esa conclusión. Y vos me diste motivos de sobra para eso. Te fuiste, nunca supe bien por qué. Y ahora te aparecés así, sin previo aviso, después de tanto tiempo y creés que yo voy a caer rendida a tus pies? –dijo con cierto fastidio.
–Eso espero –contestó él sin perder la sonrisa.
–Pero… quién te creés que sos? –gritó ella.
–Soy el que puede irse sin que te des cuenta por qué o cuándo y el que puede volver del mismo modo. Soy el que te hace feliz, inmensamente feliz, pero que también puede hacerte sufrir. Soy parte esencial de tu vida, por más que haya habido un tiempo en que lo hayas negado. Soy el que si querés disfrutarme, vas a tener que correr el riesgo de que vuelva a irme. Porque aunque te cueste admitirlo, bien valgo ese riesgo.

Soy yo,

el mismo de siempre,

soy yo, el amor…

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