La verdad de la milanesa

Quieren la verdad? Ustedes no pueden lidiar con la verdad! Nosotros cuidamos de la libertad que ustedes disfrutan…Jack Nicholson a Tom Cruise, en Cuestión de Honor

Todos bien sabemos que la verdad es “dura”, “duele”. La verdad es algo que hay que “enfrentar”, algo a lo que hay que ponerle el pecho y que hay ser casi temerario para poder asumirla…

Tal es así que primero les enseñamos a nuestros hijos a decirla y después, con los años, a callarla.

Porque enfrentarla es mucho laburo. Demasiado. No vale la pena. Trae demasiados problemas. Y ni hablemos de decirla…

Pareciera que la verdad es una especie de caja de Pandora que más vale dejar cerrada antes que tener que lidiar con todos los males del mundo que contiene.

Algo para lo cual hay que pedirle permiso al otro para poder usarla. “Querés que te diga la verdad?” parece ser la calma que antecede al huracán de una sentencia demoledora. Una pregunta a la cual siempre contestamos que sí, que obvio, pero que muchas veces responderíamos, por miedo, “la verdad que no, prefiero que no”.

El problema es que la Verdad es relativa, es subjetiva. Es hasta temporal. Lo que la transforma en una porquería bien jodida de manejar, es cierto.

Por lo que tal vez en algunas casos proclame al silencio como mejor elección antes que decirla. Y en algunos otros, proponga mentir descaradamente como lo más constructivo que puede hacerse, no lo niego. Quizá si yo entendiera estos postulados me hubiera comprado menos enemigos y hasta hubiese retenido a gente eligió alejarse, pero cada vez, prefiero una verdad que duela hoy, antes que una mentira que destruya para siempre, como leí por ahí.

No es que ande por la vida gritando lo que doy por cierto a los cuatro vientos, no. No soy un honesticida salvaje que nada puede callar. Pero en las cosas que importan, con la gente que realmente me importa, siempre elijo el difícil camino de tratar de manejar la verdad, poniendo algodones, cuidando al otro todo lo que puedo, pero buscando entenderme sobre la base de esa verdad.

La única verdad es la realidad, me recordó hace poco Mariana, citando a Aristóteles.

Y creo que tiene razón. Porque si bien la realidad adolece de las mismas características de relativa y subjetiva que la verdad, no es temporal. Cambia por dinámica, no por dejar de ser. La verdad puede dejar de ser cierta en algún momento, la realidad no. Siempre es la realidad.

No discuto que, en algunas oportunidades, la realidad es realmente una mierda. Son muchos los momentos de la vida en que querríamos aquella pastillita azul de Matrix que nos mande de un saque a un plano virtual y controlable y así ni saber que existe algo que deberíamos enfrentar, que es “duro”, que nos “duele”.

Muchas veces, al abrir la caja de Pandora, salen todos los males del mundo. Y lidiar con ellos es realmente difícil, choto. Agotador por momentos. Pero en el fondo de la caja –de la mía al menos–, tal como pasa en la del mito, siempre queda Elpis, el espíritu de la esperanza. La esperanza de que sea el mejor camino para poder entenderme con el otro.

Vivo convencido de que no hay otro camino para la verdad que dejarla salir, porque es como la garrapata: si no la sacamos, se enquista y no nos deja vivir en paz. Y si tratamos de taparla con mentiras, terminamos sometidos, esclavos de esas mentiras.

Por eso creo que deberíamos aprender a lidiar con la verdad, con ésa, la de la realidad. Porque sólo sobre esa base se puede construir, sólo con la realidad es posible comunicarse con el otro. Y sobre esa base podremos elegir.

Podremos decidir qué hacer con esa verdad y hacernos cargo de sus consecuencias.

Y en ese punto no vamos a necesitar ningún Jack Nicholson que cuide nuestras fronteras.

Porque justamente ahí,

en el momento en el que podamos elegir,

es donde la verdad nos hará libres…

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