La recompensa

A veces no hay próxima vez,
a veces no hay segundas oportunidades.
A veces es ahora o nunca.Publicado por La Arrolladora Banda El Limón

Si tuviera que describir a Gloria hoy, seguramente tendría que echar mano de adjetivos como “bestia” o “camión”. O decir frases como “estaba más buena que comer pollo con la mano”, dependiendo de la edad de a quien quisiera contarle acerca de ella.

Pero la imagen que tengo impresa en mi memoria fue captada por ojos de doce años y el registro físico que aún hoy por hoy pudiera sentir, sería mucho más parecido a un profundo silencio que a un alboroto hormonal…

Gloria Bowen era una galesa de unos 22 años que conocí cuando mi madre era maestra de frontera, allá en Nanty Fall, una colonia ubicada a mitad de camino entre Trevelin y Río Grande, un pueblo asentado en la frontera con Chile.

Hija de Gwen Williams y don Graig, había heredado genéticamente un porte sajón de la más pura cepa. Tenía una piel de color blanco inglés y un pelo llovido sobre los hombros de un rubio increíble, con reflejos que iban del naranja tenue al rojo intenso sin solución de continuidad, dándole a toda su cara una imagen que bordeaba lo celestial. Y un cuerpo que a pesar de mi corta edad, yo ya reconocía como espectacular, aunque más no fuera por lo profundo de sus curvas. Ojos claros como el cielo y una sonrisa difícil de olvidar hacían de ella casi una deidad digna de vivir en lo más alto del Olimpo.

Creo que el nene que vive en mí aún está deslumbrado por la belleza de esta chica que en aquél momento tenía la edad que hoy tiene mi hija mayor, pero que en ese entonces era para mí, obviamente, inalcanzable.

Yo tenía tan sólo 12 años y estaba absolutamente “enamorado” de Gloria.

Cosa que ella, por supuesto, percibía con ternura.

Aquél día éramos unos cuantos pasando la tarde a orillas del Corinto, un río que corre un par de kilómetros detrás de la estancia de los Bowen. Estábamos allí, mi madre, Kali –el segundo marido de mi madre–, Gwen, don Craig, Gavin, Meredith Bowen y yo.

Y Gloria, claro…

También estaba Yiyo –novio real de Gloria y “mi rival”–, por quien yo sentía una mezcla de admiración y bronca tan imposible de fusionar como el agua y el aceite.

El tipo nadaba en el río con unas patas de rana que le permitían hacer chistes con lo rápido que se desplazaba, centro total de atención de esa mujer de la que yo estaba enamorado. Iba y venía el desgraciado, haciendo toda clase de simpáticas boludeces en el agua.

Cuando salió, quise para mí la misma atención que él había recibido y le pedí prestadas sus patas de rana. Insistí, a pesar de su advertencia de que eran demasiado grandes para mí, y finalmente me las dio. Cómo iba a aceptar yo que algo era “demasiado grande” para mí…

Bueno… eran demasiado grandes.

Ni bien me zambullí, la corriente del Corinto empezó a arrastrarme sin que yo pudiera hacer mucho, ya que mis pies bailaban dentro de las patas de rana del cabrón, no sólo perdiendo la ventaja que producen sino dificultando mi nado.

Terminé aferrado a unos de los troncos de los árboles que, recostados en fila sobre la orilla de enfrente, casi tocando el agua, formaban un amenazante túnel en el que yo temía hundirme sin poder sacar la cabeza hasta mucho más adelante.

Con un brazo por sobre el tronco, me saqué las patas de rana y las tiré a la otra orilla, desde donde todos me arengaban para que me animara a soltarme y nadar de vuelta, cosa que yo no lograba hacer, paralizado por el miedo a ese siniestro túnel que tenía frente a mí.

Y ahí estaba yo, con la mirada puesta en Gloria, que –metida en el agua hasta la cintura– me sonreía y se sumaba a la arenga, casi en una charla privada que tenía lugar más entre sus ojos y los míos, que entre lo que estuviera diciendo y mis oídos.

Así estuve todo el siglo que eso duró, con el pecho apenas fuera del agua y las axilas montadas sobre el tronco, aterrado.

Hasta que Yiyo se tiró al agua para rescatarme…

Algo me empujó al cristalino torrente al instante y nadé por debajo del agua hacia ella con la fuerza de un titán de doce años peleando por su orgullo de “hombre”.

A un par de metros de llegar y aún sumergido en el río, vi cómo Gloria se agachaba lo suficiente como para que sólo sus hombros quedaran fuera y estiraba el corpiño de su traje de baño hacia ambos lados, dejándome ver sus senos… dejándome ver senos por primera vez en mi vida…

Después de esa eternidad de tres o cuatro segundos, emergí de golpe –el poco oxígeno que me quedaba se había ido todo en una sola burbuja– y a pesar de que el agua que chorreaba sobre mis ojos dificultaba mi visión, pude recibir el verdadero “premio”: su sonrisa. Pícara, tierna, gentil… una sonrisa que garantizaba que “eso” había sido para mí…

Pero esa chica de 22 años, esa “mujer” a mis ojos de aquél entonces, me dio algo mucho más grande que el placer de haber visto sus pechos.

Porque más veces de las que me hubiese gustado que pasara, tuve en mi vida situaciones de “ahora o nunca”. Y cada vez que estuve aferrado a un árbol luchando para mantenerme a flote, puede que haya habido algún ratito en el que estuviera aterrado. Pero siempre, en el momento límite, me zambullí en el torrente a pelearla hasta llegar a la otra orilla.

Y cada vez, cuando finalmente saqué la cabeza del agua, no dejé de descansar en la margen de una romántica metáfora.

Porque la fueza que siempre me impulsó a seguir nadando me la dio “la Gloria” que cada vez,

me esperaba sonriendo,

del otro lado del río…

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