La primera piedra

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A mí también me dijeron
“yo jamás te haría algo así”…
y lo hicieron.Jesús de Santiago

–Viste lo que hizo ese hijo de puta?

Muchas veces, muchas, cerramos comentarios como el que acabo de escribir con esa maravillosa frase exculpatoria, con esa sentencia que nos exime de toda responsabilidad por la merda reinante en el mundo, con esa declaración de principios que deja a los confesionarios como el lugar reservado all inclusive (que alguien me explique alguna vez por qué no es “included”) para aquellos desgraciados capaces de hacer cosas que nosotros de ninguna manera haríamos.

“Soy absolutamente incapaz de hacer algo así” es el cartelito colgado en el pecho con el que vamos por la vida con cara de sorprendidos frente a las cosas de las que “la gente” es capaz.

Cómo puede ser? Impensable, imposible de concebir lo que “la gente” puede hacer. Qué mierdas… Mienten, engañan, traicionan… cómo es posible? Cómo se miran al espejo a la mañana? Cómo hacen para apoyar la cabeza en la almohada y dormir tranquilos?

Yo sería absolutamente incapaz de hacer algo así…

Ni borracho. Ni drogado. Hay cosas que jamás haría, no importa lo que pase. Nunca, nunca, podría hacer semejante barbaridad.

Mejor me guardo mi piedra en el bolsillo…

Fui capaz de mentir, por supuesto. Más de una de una vez, por supuesto. Jodí a alguien algunas otras tantas. Me importó un pito mi semejante en algunos momentos de mi vida. Saqué ventaja de algunas situaciones en particular. Hice trampa porque juzgué que hacía falta. Hasta me quedé con lo que no era mío con el descaro de justificarme por lo que me estaba tocando vivir en ese entonces, como si eso me exculpara.

Tuve actitudes egoístas, miserables, ruines. Con buena gente, que no se lo merecía de manera alguna.

Fui capaz… absolutamente capaz. Increíblemente capaz.

Sin embargo, cuando me afeito, podría asegurarles que ese tipo reflejado en el espejo es un buen tipo. Es un buen ser humano. Muy capaz de buenas cosas también. Algunas muy buenas.

Pero al que la vida se encargó de meterle un sopapo cada tanto enfrentándolo a tener que aceptar sus miserias, tal vez sólo para recordarle su condición de ser humano, de limitado, de imperfecto.

No me hizo ninguna gracia verme egoísta, saberme capaz de miserias, encontarme con que podía hacer cosas realmente chotas. Pero en algún punto de mi historia finalmente acepté mis limitaciones como ser humano. Y a partir de ahí decidí estar alerta, que me parecía más efectivo que negar mi condición de imperfecto. Y empecé a estar atento a cuando la ruindad me ataca, cuando el egoísmo me invade, cuando la miseria me susurra al oído.

Muchas veces esa vigilia dio resultados. Pude parar el impulso a ser una mierda y torcí esa primera voluntad. Y me sentí bien conmigo por ese triunfo. Otras, más de las que hubiese querido, de todas formas fracasé. Y la capacidad para hacer daño inherente a mi condición humana ganó el terreno y me llevó a comportarme –sin eufemismos– como el reverendo culo.

Pero encontré un recurso más para lidiar con mis errores. Y es ver qué hago con lo que hice. Frase que he usado como axioma en la educación de mis hijas, porque creo que es una buena herramienta para mitigar el dolor que hayamos podido causar. Y porque creo que es lo que marca la diferencia entre las personas chotas –realmente chotas– y aquellos que no lo somos, pero que somos capaces de comportarnos como tales.

Lo hecho, hecho está. Sin duda. No se puede revertir, por más arrepentimiento que podamos sentir. No se puede volver atrás. Es imposible deshacer lo hecho. Pero se puede tratar de enmendar. Cosa que muchas veces es posible, cuando estamos determinados a pagar el precio de trabajar para lograrlo.

Otras veces, no. No tiene arreglo. No hay posibilidad de corregirlo, no hay manera de repararlo…

Cuando tuve que aceptar esto, ahí, justo ahí, en ese preciso punto en el que me enfrenté con que hay veces en que la cagada de la que fui capaz no tiene arreglo, fue cuando aprendí a buscar en mi interior toda la honestidad de la que fuera capaz.

Y descubrí que esa misma humanidad que porto venía con una capacidad increíblemente maravillosa.

Por eso hoy, vivo alerta a mi limitación humana. Y muchas veces, triunfo sobre ella.

Las que no, veo qué hago con lo que hice y lo intento todo para enmendarlo.

Y si aún así no tiene arreglo, hecho mano de esa maravillosa capacidad que la vida nos dio.

Miro a los ojos al otro

y con total honestidad

le pido perdón…

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