La juventud perdida

Que no te preocupe hacerte viejo.
Vas a seguir haciendo pendejadas… pero más despacitoAnómimo

Ya no puedo ir a tomar caña Legui a la estación de trenes de Flores como hacía a mis 15 años. Ya no tengo edad ni pulmones para comprarme un paquete de Particulares 4 sin filtro a medias con el Pollo y sentarnos en algún umbral de una casa a charlar hasta tarde todas las noches. Ya no puedo tocar timbres y salir corriendo todos los mediodías al regreso del colegio. Mucho menos para jugar al ladrón y afanarme alguna boludez del kiosquito de la misma estación de trenes, cada vez que volvemos con Esteban de Educación Física, a las siete y media de la tarde. Y mi abuelo ya no vive para poder confesarle eso sólo porque a Esteban lo atraparon cuando se sentó “a descansar” cuando el dueño del kiosco nos corrió. Y escuchar a mi abuelo murmurar “qué boludo”…

No. Ya no…

Ya no puedo ir a Mar del Plata y pasar 10 días viviendo en la calle, durmiendo abajo del edificio de Telefónica, sentado en una silla y con los pies puestos en otra, junto a los 30 desconocidos pendejos que estaban en la misma que yo.

Estoy grande para corretear mujeres por Av. Corrientes, entre Paraná y el Obelisco, ida y vuelta, levantando teléfonos y haciendo anotaciones como “medias de colores” o “remera con sol” al lado del número para después poder recordar quién era quién cuando las llamara, mientras el listado de cuentas corrientes se imprime en la sucursal del Banco en el que trabajo y a la cual voy a volver en un rato, para terminar el diario procesamiento de la info de las operaciones y enviarlas al Centro de cómputos.

Ya no puedo atajar como un payaso, volando más de lo necesario, sólo para caer rodando con la pelota en mis manos y escuchar los aplausos de la hinchada en el campeonato de fútbol del Banco.

Ni da para emborracharme después del partido en el asado del club y subirme a la mesa para tocar la guitarra y cantar imitando a Sandro.

No, ya no da.

Ya no puedo ir por la autopista con mi hermano al volante de la F100 y salir por la ventanilla para pasarme a la parte de atrás y volver una y otra vez, cada vez a más velocidad. Ni llegar al campo derrapando para entrar rompiendo la tranquera cada vez, para luego arreglarla, cada vez, mientras me saco la remera para tomar sol.

Mucho menos para correr picadas por la calle Yerbal, yo con mi camioneta y mi hermano con su camión, subiéndome a la vereda para poder ganarle, mientras todo el mundo mira sin entender por qué el conductor del Scania se ríe en lugar de putearme…

Tengo demasiados años para ser encargado de Juan Salvador, ese pub de moda en Belgrano, y aceptar la apuesta del encargado de Caporale, ese otro pub de moda al que iba los miércoles de franco a tomar algo. Y llegar triunfal el siguiente miércoles cuando entré con una pelirroja, completando la trifecta (ése era el desafío) con la rubia y la morocha con las que había ido –juro que sin darme cuenta– los dos miércoles anteriores. Ya estoy demasiado adulto para encontrar placer en semejante estupidez.

Se me “pasó el cuarto de hora” –como decía mi abuela– para pasar interminables horas debatiendo en el bar de la Facultad de Psicología alguna idea loca que alguno tiró sobre la mesa.

Ya no puedo dirigir la Comisión de Prensa ni la de Extensión universitaria y publicar una revista al tiempo que organizo seminarios sobre temas de lo más diversos.

Podría escribir un libro sólo con las cosas que ya no puedo hacer.

Porque ya no soy joven. Hoy, esa juventud que otrora tuve, está irremediablemente perdida. Para siempre…

He escuchado la frase “me gustaría recuperar la juventud perdida” más veces que las que escuché al boludo de Trivago decir que dijo su publicidad muchas veces.

Pilas de personas definen su vida por todo aquello que ya no pueden hacer por no tener la edad como para hacerlo. Por el sólo hecho de carecer de la energía, el tiempo, la inconsciencia y el desenfado que sólo se tiene cuando las responsabilidades son pocas y las ganas muchas.

Y, como pasa con todo aquello que se viva como “perdido” viene de la mano de una cuota de profunda melancolía. Con cierto dejo de tristeza por aquello que alguna vez tuve y ya no. Por aquél “divino tesoro” que ya no volverá…

Tengo 55 años y ya he contado en alguna nota que cada tanto manejo mi auto esquivando a los demás mientras canto “You are the one that I want” imitando la voz aguda de John Travolta (los que hayan escuchado la entrevista podrán imaginar cuán ridículo puedo sonar haciéndolo), que imito a los dibujitos de South Park bailando como un espástico, que repito líneas de publicidades y películas, que hago chistes pelotudos con todo lo que puedo, que cada tanto me emborracho un poco… en fin, que hago algunas pendejadas, sólo que más despacito, como dijo el genio anónimo del epígrafe.

También podría escribir un libro con todo aquello que hoy hago para divertirme.

Aunque es verdad que hay unas cuantas cosas que ya no puedo o simplemente no quiero hacer.

Pero jamás siento que quiera recuperar mi juventud.

Porque mi juventud no es una juventud perdida.

Mi juventud,

como la de todos,

es una juventud vivida…

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