La felicidad, jajá-jajá

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Alegría es que la mujer que amás te de un beso.
Felicidad es saber que mañana va a estar ahí para darte otro.El autor

La verdad es que no tengo ni la más remota idea de cuándo fue que preparamos la pizza que metió a la alegría y a la felicidad en el mismo bollo. Ése que amasamos hasta lograr la perfecta masa homogénea que hoy es, y que hace que ya no tengamos ni idea de cómo era cada ingrediente original.

Y por eso vamos por ahí, infelices, por absolutamente todo. Sin distinción de harinas…

Con la misma intensidad nos amargamos porque el bondi viene hasta las bolas, porque la guita no alcanza, porque no nos gusta nuestro laburo o porque hace calor. Un dolor de muelas y que llueva el fin de semana despedaza nuestra frágil felicidad con el mismo nivel de gravedad.

Discutimos con nuestra mujer, somos infelices. Nuestros hijos hicieron alguna cagada, somos infelices. Se acabó la mermelada de frutos del bosque, somos infelices. Nos cortan la calle, el precio de la carne está por las nubes, Doman se transforma en galán, y sí, claro, cómo querés que seamos felices…

No tenemos los pectorales de Hugh Jackman ni la guita de Adrián Suar, infelices.
Nos salió mal la salsa de espárragos, infelices.
Se rompió el lavarropas, ni te cuento.

Gastamos tanta energía por culpa de tanta infelicidad que no nos queda fuerza ni para hacer una mueca por sonrisa…

Me parece que el problema es que somos todos unos Palitos Ortegas que nos creímos que el jajá-jajá es el condimento vital de la felicidad. Su más puro fundamento.

Y esta vez la cagamos en grande.

Porque la alegría es un estado, un brusco aumento de las endorfinas que nos manda al cielo, para tocarlo y volver. Y que dura eso: un voy, toco y me vuelvo. Es un gol, un aumento de sueldo, un beso arrebatado de tu mujer que ese día termina en la cama.

La felicidad  es otra cosa. Es saber quién sos como persona, de qué sos capaz como ser humano, qué tanto podés amar, cuánta fuerza interior tenés para resistir épocas duras y cuánta capacidad para disfrutar las buenas. Se apoya en la llanura, no en los picos de tu vida. Se basa en el día a día y no en los momentos.

Y es silenciosa. No se ríe a carcajadas. Sonríe cálidamente y te cobija.

Si tan sólo pudiéramos conseguir un químico que nos separe la masa del bollo que amasamos, tal vez podríamos poner cada harina en su lugar y empezar a ser felices, independientemente de si estamos pasando por un momento triste de nuestra vida o si estamos tocando el cielo con las manos porque River ganó la Libertadores.

Y si después de despejar el terreno, nos encontramos con que en realidad no logramos serlo,

podremos poner ganas en ocuparnos de lo que realmente importa,

en lugar de despilfarrar tanta energía en pelotudeces…

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