La casa del lago

Todo el mundo sabe lo que tiene,
pero no todo el mundo sabe lo que eso vale.Anónimo

Si una mujer te dice “sos un boludo” y después se ríe,
es que algo estás haciendo bien.Anónimo (En realidad, no pude encontrar dónde lo leí)

Aunque es verdad que me llevo bien con mi lado femenino, mi amistad con ese costado no es tan fuerte como para menstruar. Pero a pesar de eso, tan sólo unos días atrás yo estaba en uno de esos días. De ésos en que un dolor –en mi caso de estómago– provocado por un disgusto, hace que agarres el filtro color violeta y veas todo absolutamente teñido de castaño oscuro. Y que descreas de todo aquello en lo que creías, dejando que el lado “House” que todos tenemos nos diga que todo es una porquería…

Si en lugar de llevarme bien con mi lado femenino, directamente fuera mina, muy probablemente me hubiese comprado un kilo de helado y me hubiese ido a casa a ver una película de amor, bien de amor, como la del título. Y así recuperar el idealismo con el que vivo, porque para ese entonces lo que sentía se parecía más a un postulado de Kafka que a una rima de Becquer.

Hombrecito yo, en lugar de eso decidí invadir la casa de una amiga para tomar unos mates y charlar un rato, para ver si lograba despejarme un poco el balero. Así que levanté todas mis cosas de la oficina, mandé al carajo el laburo por ese día y me fui a buscar esos mates.

Pero al final, por esas cosas de la vida, terminé viendo una película romántica.

De las mejores, de las que me gustan a mí. Nada de fantasía. Nada de me comunico más allá del tiempo. Una historia real, cotidiana, aquí y ahora. En este tiempo, en “estos tiempos”, en lo que no hago más que ver el permanente desprecio por el matrimonio, ya no en chistes que incluso yo mismo cuento, sino en serias opiniones acerca de lo imposible de llevarlo adelante más allá de una determinada cantidad de años.

Estaba charlando con Carolina cuando Mariano, su marido, también decidió que su día de trabajo había terminado y vino de su Estudio (Es abogado, guardemos los chistes para la próxima nota) a la cocina y se sumó a la charla.

Y fue en el rato que siguió en el que vi la película de amor que había declinado ver.

Por? Se besaron apasionadamente para decirse “Hola”? No. El abrió la puerta, la miró fijo a los ojos y ella saltó a sus brazos? Para nada. Acaso ella corrió hacia la heladera para prepararle una bebida mientras comenzaba a cocinar? Ja! Caro no cocina. Si de ella dependiera, todos ahí morirían de inanición.

Pero ella empezó a contar cuán loco está Mariano (créanme, preocupa…) e incluso a quejarse de la veces que el desgraciado la ha hecho pasar malos ratos en reuniones con amigos o en alguna fiesta de casamiento.

El sonreía suave mientras la miraba patalear y criticarlo. Y ella, cada vez que giraba la cabeza hacia él, hacía una mueca para realzar la queja y también le sonreía tenue. Y ambos se reían, cada uno en su estilo. Él, desde una serenidad casi paternal mezclada con la mirada de un chico que sabe que hace cagadas y ella como la loca que es, porque no paraba de “quejarse” aún mientras se reía.

Hace un tiempo escribí una nota que contaba una pequeña escena de un matrimonio que llevaba 70 años de historia juntos. De un romanticismo tal que me emocioné hasta las lágrimas mientras la escribía y recordaba esa escena.

Claro que ese amor era de “otros tiempos”…

Caro y Mariano cumplieron “sólo” 15 años de casados hace poco.

Son el  matrimonio perfecto? Lo dudo. No creo que exista tal cosa.
Tienen kilombos? Seguramente, como todos.
Habrá momentos en que no hay ni una puta sonrisa porque quieren ahorcar al otro? Muy probablemente. Quién no ha querido ahorcar a su mujer algunas veces?

Pero hay algo de lo que estoy seguro: estos dos tienen esa amistad de la gran puta sobre la que escribí hace un tiempo y que –en mi opinión– es el verdadero amor.

Y saben qué? Me hizo bien ver que hay Casas del lago acá, en este tiempo,

en estos tiempos,

a la vuelta de la esquina…

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