Honrar la deuda

“Tenga una vida digna, merézcase todo esto…”Tom Hanks a Matt Damon en Rescatando al soldado Ryan.

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A quienes lean les cuento que canto. Y lo hago bien. Entono. Pero cuando tuve que hacerlo para los quince de mis hijas, desentoné y  hasta me olvidé la letra. La emoción me traicionó. Sepan disculpar si esta vez, en algún momento “no doy la nota”. O si no tiene el ritmo que siempre me preocupo por imprimirle. También acá la emoción juega un papel grandote.
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Hace poco leí una frase atribuida a García Márquez que dice así: “Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré”.

Y es por eso que esto que escribo, lo escribo hoy, muchos años antes de que ya no estés…

Mamá:
Me llevó un buen tiempo aprender a bancarme tu humanidad, tus defectos, tus errores. Y durante ese tiempo, me encargué muy bien de que te enteraras de mi opinión al respecto y, a mi mejor estilo, te di duro y parejo cada vez. Es hora (hace rato) de ponerte al tanto del otro lado de la balanza, de la otra cara de la moneda, esa de la cual uno olvida hablar, pero que está ahí presente, silenciosa. Y que es la que cambia la perspectiva de las cosas cuando uno aprende a mirar el todo, la panorámica.

He aquí mi rendición de cuentas…

En mi origen, pasé nueve meses absorbiendo vida de tu vida, para que finalmente un día me parieras, después de esa media hora de lucha a cuello partido por el cordón umbilical, dejándote con todos los capilares estallados, como un gráfico y temporal recuerdo del laburo que te dí desde el minuto cero. Es verdad lo que todos los hijos decimos, “yo no pedí venir”, pero es igual de cierto que disfruto el estar vivo, por lo que mi deuda original con vos ya es enorme, porque te debo nada menos que la vida, la mía, la que respiro a diario, la que disfruto cada mañana cuando el día asoma y me levanto sonriendo.

Y a partir de ahí me fui endeudando cada vez más. Por las yemas de huevo en la boca antes de cenar, por dejarme ver El Zorro a pesar de que lo pasaban tarde, por seguir llevándome a pescar los domingos aún en esa época en la que no la estabas pasando bien…

Por tu cariño, tus cuidados, tu obsesiva manera de que estuviera siempre bien alimentado y limpito cuando era chico, por tu increíble perseverancia en romperme las pelotas para que estudiara cuando fui más grande.

Te ví laburar durante años en tres trabajos, desde las siete de la mañana y hasta las once de la noche, para poder darme todo lo que necesitaba. Y así la deuda siguió creciendo…

Me cuidaste las veces que enfermé. Y me endeudé un poco más aún…

Te bancaste las críticas cuando crecí y comencé a cuestionarte. Supiste escuchar. Y hasta diste explicaciones. Y a esa altura la deuda ya era descomunal.

Ni hablar de cuánto más me endeudé con vos cuando –ya hombre– la vida me puso de rodillas y ahí estuviste, ayudándome, acompañándome.

Y estoy omitiendo detalles, miles de detalles. Porque enumerarlos me llevaría una eternidad. No existe la cantidad de tiempo que necesitaría para hacer un recuento de fracturas atendidas, fiebres bajadas, sufrimientos acompañados… o cosas tan elementales como un techo, ropa, comida o útiles escolares, que por simples se dan por sentadas, pero que no todos en este mundo tienen…

Es que uno tarda en tomar consciencia de que “alimentarme, vestirme, cuidarme, criarme”, se dice una sola vez, pero es un trabajo que supuso miles de días de tu vida. Todos los días, todos. Durante muchos, muchos años.

Y hoy, cada vez que me miro y busco virtudes en mí, siempre, invariablemente, puedo reconducir el origen de esas virtudes hasta llegar a vos. Sensibilidad, honestidad, perseverancia, trabajo… todas facetas que recibí como herencia en vida y que me ponen a deber aún más.

Fuiste el Capitán Miller de mi vida, rescatándome cada vez que lo necesité, librando todas las batallas que fueran necesarias para “traerme a casa”. Y eso no tiene precio.

Por eso, mamá, la deuda es impagable. No tengo ni la más mínima chance de poder “ponerme al día” con vos. No hay modo de devolverte lo que me has dado, no hay manera. No alcanza el tiempo. No puedo pagarte…

Pero sí puedo prometerte algo: voy a seguir tratando de honrar esa deuda a través de mis hijas, dándoles todo lo que esté a mi alcance. Estando ahí para ellas, cada vez y todas las veces que me necesiten. Y no voy a parar ahí. Voy a pelear todas las batallas que hagan falta para seguir siendo honesto, sensible, trabajador, perseverante…

Llevo una buena parte de mi vida intentándolo, llevo unos cuantos años tratando de ser un buen hombre, de tener una vida digna.

Y te prometo, mi capitán, que voy a seguir trabajando todos lo días de mi vida para merecer,

cual soldado Ryan,

todo eso que has hecho por mí a lo largo de la tuya…

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