Hasta que la muerte nos separe

Todo lo que tengo es todo lo que intento.La franela, Hacer un puente

Cuando uno promete lo que sea, sobre todo cuando esa promesa es que va a perdurar en el tiempo, de ninguna manera puede contemplar todas las variables futuras y por lo mismo no puede asegurar al cien por ciento que va a poder cumplirla. Ni siquiera puede afirmar que va a querer cumplirla. Pero en el momento de prometer, lo que hace es una declaración de lo que hoy siente, de cuál es su deseo actual. De qué es lo que va a intentar con toda su humanidad puesta ahí. Y eso es lo que hace que la promesa sea válida.

Pero si me casara por Iglesia nuevamente (ya sabemos que no es posible, pero es un detalle menor) cuando el cura me preguntara si estoy dispuesto a amarla y respetarla, le diría: “Pará, primero vamos a definir qué significa amarla y respetarla estando casados y después vemos”…

–Adrián, te necesito acá. Necesito que vengas dos, tres veces por semana y estés acá. Lo que te propongo es una sociedad sin poner un mango.
–Ok, pero tengo algunas condiciones, aclaré de movida. Y seguí:
–Trabajo solo. No necesito una oficina para mí. No me importa si es en un baño, pero trabajo solo. Una vez por semana me voy a pescar. Vengo a la hora que quiero y lo mismo pasa con la hora en que me voy. Necesito una laptop. Y aire acondicionado, porque ya sabés que soy un enfermo del calor.
–Sí, no me estás diciendo nada que no sepa –me dijo sonriendo. –Sé a quién le estoy proponiendo esto.

Nos conocíamos desde hacía 15 años y ambos sabíamos cómo era el otro. Los dos habíamos construido una relación proveedor de servicios/cliente que hoy me proponía subir a categoría de “matrimonio”.
Y por eso, también yo prometí.
–A cambio de todo eso, vas a tener un socio en todo el sentido de la palabra. Si hace falta laburar un fin de semana entero, lo voy a hacer, si veo que conviene que me quede hasta la diez de la noche, lo mismo. Yo voy a poner todo lo que esperás de mí y que no hace falta que te diga, porque tampoco te estaría diciendo algo que no sepas.
–Ya lo sé –sentenció.
–Guita? –pregunté.
–Arreglamos un retiro mensual y un porcentaje sobre el bruto de las ventas. Te va?
–Yap. Empiezo el mes que viene –cerré.

Ésas fueron las bases de nuestro acuerdo “nupcial” con mi actual socio hace unos tres años, después de esos 15 años de “novios”. Socio con el que hoy estamos en una suerte de profunda crisis matrimonial.

Hubieron tiempos de adversidad y de prosperidad, de salud y de enfermedad, pero nada de eso fue lo que nos puso en la aspereza en la que hoy estamos.

Prometimos “amarnos y respetarnos” cuando en realidad la promesa debería haber sido que “amar y respetar” iban a seguir significando lo mismo con el paso del tiempo.

Y ahí la cagamos.

Porque empezaron los “cómo que te vas el jueves a pescar?”, los “tenés que quedarte hoy porque yo no voy a estar”, “al bruto de ventas le voy a descontar lo que nos cobra el Banco de comisión”. Y así, de a poco y casi imperceptiblemente, los conceptos “amarme y respetarme” fueron cambiando de significado.

Me canso de ver matrimonios que se hicieron la bendita promesa dando por sentado que amarme es lo que es hoy y respetarme es lo que hasta ahora hiciste. Y después le van cambiando el sentido a esas palabras.

Amarte ya no es escucharte cuando lo necesitás, trabajar para cambiar mis cosas que joden, ponerte el hombro. Ya no es reír por pavadas, poner buena cara al mal tiempo, ni sacarte a bailar abrazados en casa, sin música de fondo. Ni siquiera es besarte porque sí, traerte flores un día cualquiera o ir a cenar afuera.

Respetarte ya no es aceptarte humana, darte tiempo a que cambies lo que jode, acompañarte en tus proyectos, transar en tus modos de hacer algunas cosas. Ni siquiera es tenerte en cuenta o al menos, no mentirte.

“Amarte y respetarte” ya no significan lo que antes…

Mi yerno me contó que cuando discuten con mi hija por cuestiones propias de la convivencia y de la humanidad de ambos, cuando finalmente llegan a un entendimiento, sonríen y me parafrasean diciéndose mutuamente: “hay que trabajar”.

Porque me han escuchado decirlo pilas de veces. El amor no es para vagos. No al menos si queremos que crezca y perdure en el tiempo. El amor es para laburantes. Es para aquellos que estén dispuestos a mantener el significado de “amar y respetar”. Es más, es para aquellos que estén dispuestos a hacer crecer ese significado que tiene al día de prometer.

Si amarte significaba hacer todo lo que estuviera a mi alcance para hacerte feliz, el desafío es no cansarme de intentarlo. Y buscar más cosas para lograrlo.

Si respetarte era bancarme que sos otro ser humano, diferente de mí y aún así decidir acompañarte en tus proyectos, el desafío es no olvidarme de por qué te elegí. Y apoyarte aún en lo que pueda no estar del todo de acuerdo.

Si lo que significaba amarte y respetarte fue lo que hizo que me eligieras, hoy voy trabajar para mantener ese significado. Y a esforzarme en generar más motivos para que lo sigas haciendo.

Por eso, si hoy estuviera frene al cura, mi respuesta a la litúrgica pregunta sería:

Prometo algo mejor aún. Prometo que ni la adversidad ni la prosperidad, ni la salud ni la enfermedad, ni nada, absolutamente nada, va a hacer que deje de trabajar.

Porque si no me canso, si laburo por nosotros, si estoy dispuesto a ir “engordando” el significado de amar y respetar, tengo muchas más posibilidades de que este maravilloso amor que hoy disfruto perdure,

y crezca sin parar,

hasta que la muerte nos separe…

 

 

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