Hasta que la borrachera se pase

Una crisis es una oportunidad para tomar decisiones… cuando la crisis haya pasado.El autor

Era un miércoles cualquiera en Juan Salvador, el pub de Belgrano del que ya conté que fui encargado allá por mis años “mozos”, valga el juego de palabras…

Mi amigo Diego y yo en la barra. Diego tomando pedidos y facturando y yo a su lado preparando los tragos. Marcela, “la turca” –de quien ya hablé también alguna vez y que por ese entonces salía conmigo– atendía las mesas. Los días de semana todo el salón dependía de una sola persona. Y los miércoles era el día en que era ella quien se encargaba.

El pub, hasta la manija. Lleno de gente. La turca iba y venía como loca llevando los pedidos, cobrando y levantando las mesas.

Diego y yo, en pedo. Bien en pedo. Habíamos empezando con clericot, hecho a base de fruta que había quedado macerándose desde el día anterior en una mezcla de gin, un toque de Cointreau (licor de naranjas amargas) y azúcar. Después de bajarnos dos jarritas que nos habían “puesto” bien puestos, yo seguí con mi acostumbrado Martini Bianco y Diego… ni idea. No lo recuerdo. ¿No les digo que estábamos en pedo?

Entre las muchas virtudes que la turca tenía como mujer, una de ellas era su calidez. Era una tipa que me hacía sentir acunado cada vez que me abrazaba. Una mina que lograba que yo me sintiera “en casa” cuando su piel se apretaba contra la mía.

Por eso no comprendí su cara de fastidio, sazonada con una pizca de desprecio y un gesto con la mano que me hizo después de decirme algo que no llegué a entender por la combinación de música fuerte en el ambiente y alcohol fuerte en mi sangre.

Cuando hubo entrado en la cocina, lo miré a Diego, y estirando la cara como para intentar despejarme, le pregunté:
–Qué le pasa? Qué dijo?
–Es que ella te canta y vos no le das bola, boludo –me dijo, columpiándose hacia mí y agarrándose de la barra para no caer del taburete en el que estaba sentado.

Morí de ternura y culpa al instante.

Tanto que largué todo y me fui a la cocina a pedirle perdón a Marcela.
–Turquita –le dije– no sabía que me estabas cantando, amor. Qué me cantabas?
–Los pedidos, pelotudo! –contestó.

Dos días más tarde, después de ese rato de su piel contra la mía y ya fumando un cigarrillo compartido, le pregunté:
–Me cantás algo, turquita?

Ambos nos reímos un buen rato recordando mi cara de tarado y mi borracha sonrisa después de no haber escuchado sus pedidos.

Aún hoy me río cada vez que recuerdo ese día…

Años más tarde era yo el que cantaba pedidos. Años más tarde era yo el que “iba y venía” como loco tratando de atender a toda mi familia en una suerte de miércoles eterno en el que cada “mesa” tenía su propio menú. Sintiéndome tan solo como se habrá sentido la turca tratando de cubrir todas las órdenes aquel día.

La adolescencia de las chicas y su conflictiva familia de origen eran las bebidas en las cuales se fue macerando el clericot de su vida. La borrachera era tan grande que ya ni escuchaba los pedidos, por mucho que yo los cantara.

Hasta que una noche, aprovechando lo que creí que era un momento de sobriedad, puse sobre la cama la lista de pedidos acumulada.

Después de dos días de no hablar al respecto, sentados en los banquitos de la cocina y mientras el horno hacía su trabajo, le dije:
–El silencio es también una respuesta.
–Quiero que nos separemos –contestó.

Tuve que aceptar que –por mucho que ella quisiera– no podía, realmente no podía, atender mis pedidos. Y un par de meses más tarde se iría por un tiempo a la casa de su padre, para un año después de un infructuoso noviazgo conmigo, mudarse definitivamente a un departamento que alquiló una intempestiva mañana, lo que hizo que yo diera por terminada nuestra relación de pareja.

Estaba realmente borracha? No lo sé. Sería soberbio de mi parte pretender que eso fue todo.

Pero de lo que estoy seguro es de que muchas veces en nuestra vida estamos tan en pedo con lo que nos pasa, que no escuchamos cuando nos cantan los pedidos.

Maceramos los kilombos económicos, la diaria en el laburo, la crianza de nuestros hijos (esa gente que un día se va a ir), la mochila que arrastramos con neuróticos rollos propios y nos los tomamos en un clericot que nos aturde, nos empeda. Y que no nos deja pensar con claridad.

Y muchas veces por eso nos perdemos de escuchar sencillos pedidos que podríamos atender con facilidad si no estuviéramos tan borrachos.

Las crisis en la pareja tienen mucho de eso. Son como un estado de ebriedad en el que se hace muy difícil escuchar y casi imposible atender al otro.

Tal vez se trate de saber que los pedos en la vida son inevitables, que muchas veces nos vamos a balancear en busca de un equilibrio que parece imposible de conseguir. Pero que después de “dormir la mona” y a pesar de la resaca, se pueden atender esos pedidos que el otro nos hace.

Si tan sólo pudiéramos resistir esas crisis y esperar a que pasen para tomar decisiones, creo que en más de una oportunidad, después de su piel contra la nuestra y fumando un cigarrillo compartido, nos encontraríamos riéndonos juntos de eso,

que esta vez sólo fue,

una borrachera pasajera…

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