Es sólo un momento

Siempre hay un poco de verdad en cada “es broma”.
Una pequeña mentira en cada “no se”.
Un poco de sentimiento en cada “no me importa”.
Y un poco de dolor en cada “estoy bien”.La voz del muro

Todos los que hayamos tenido un hijo pasamos por la terrible primera etapa, ésa en la cual ese pequeño ser humano no tiene palabras, no cuenta con ese medio para comunicarse. Y nos desesperamos tratando de saber qué le pasaba cuando lloraba, palmeándolo en la espalda por si era un eructo atascado, frunciéndolo por la mitad para liberar sus posibles gases y mirando el reloj para calcular si era hambre, todo a la vez.

Pero aprendimos. Porque supimos escuchar los diferentes tipos de llanto y ver las distintas expresiones de ese “decir” de nuestro bebé. Y ante la ausencia de palabras, echamos mano de todo el resto de esa comunicación y logramos entender a ese hijo que lloraba.

Lo que parece que no aprendimos es la lección que la vida nos dio en ese entonces…

Porque un día comenzamos a reemplazar nuestros encuentros para charlar por extensas conversaciones por teléfono. No lo usamos más para decirle al otro “che, qué tal si nos juntamos el martes?”, no. Charlamos hoy y no nos juntamos el martes.

Y así, casi sin darnos cuenta, perdimos la mirada, los gestos, las manos hablando…

Y el día que, primero los mensajes y luego el bendito WhatsApp llegaron a nuestras vidas, la terminamos de cagar. Porque ahora sólo escribimos. Y chau tonos de voz, hasta la vista emoción, adiós sentimiento.

En algún punto nos damos cuenta de que algo anda mal y por eso echamos mano de todos los emoticones y signos de puntuación posibles para imprimirles a esas palabras un poquito de todo eso perdido pero –aceptémoslo– no es lo mismo. Ni por asomo.

Por ahí leí que entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que querés oír, lo que oís, lo que creés entender, lo que querés entender y lo que entendés, existen nueve posibilidades de no entendernos.

Lo cual es absolutamente cierto. Pero se agrava muchísimo si encima no oís lo que te digo y no ves cómo lo digo. Si sólo tenés las letras escritas frente a tus ojos.

Si pudieran escuchar el tono de voz con el que escribo algunas notas, lleno de emoción alguna veces, apretando los dientes en otras… Si pudieran ver mis ojos brillar cuando lo hago sobre cosas que me maravillan o llenos de lágrimas cuando me emociono… Si fuera posible trasladar aquí, a las palabras meramente escritas, cómo me paro, me siento, me acerco y me alejo de la pantalla, cómo me quedo pensando mientras tomo un sorbo de vino… cómo me acaricio el mentón mientras releo… cómo meneo la cabeza cuando algo que escribí no me convence y cómo sonrío casi imperceptiblemente cuando sí. Si pudieran ver cómo me paso la mano por el pelo cuando reflexiono al leerlas por última vez antes de publicarlas y con qué ridícula fuerza aprieto el Enter cuando decido hacerlo…

Si todo eso fuera posible, quizás esta nota podría explicarse por sí misma.

Tal vez mi queja sobre este nuevo vicio de escribirlo todo podría entenderse mejor.

Algo nos pasa que –en la era de la comunicación–, cada vez nos comunicamos menos, cada vez hay más distancia entre nosotros.

Quizá lo hacemos por cobardes. Porque cuando sólo escribimos, nos escondemos detrás de la pantalla y mantenemos una enorme distancia con el otro. Y así, cuando hay mucho de verdad en cada “es broma”, enormes mentiras en cada “no se”, gigantescos sentimientos en cada “no me importa” y mucho, muchísimo dolor en cada “estoy bien”, el otro no se da cuenta. No estamos desnudos frente a él. No se nos quiebra la voz ni se nos llenan los ojos de lágrimas. No frente al otro, claro. Sí de este lado. Pero acá, en nuestro escondite.

No criticaría esta elección si ése fuera el fin último. Si que el otro no se enterara de lo que sentimos fuera el objetivo.

Pero después nos quejamos de que no nos entiende, de que no nos comprende. Cómo puede ser? Si se lo “dijimos” bien clarito…

Ya alguna vez hablé de esta costumbre que tenemos los mortales de aplicar cada novedad a todo, a absolutamente todo. Y sigo creyendo que nos equivocamos feíto cuando lo hacemos.

Porque nada puede reemplazar al tono alegre y lleno de reales deseos de un “Feliz cumple” dicho con energía, no importa cuántos signos de admiración escribamos. No hay emoticón que explique la mirada de un “Te extraño” sentido desde el alma. Ni un sólo color o tamaño de corazoncito va a transmitir un abrazo profundo mientras te susurro al oído cuánto te quiero.

Tal vez podamos lograr que la era de la comunicación se gane su nombre, si logramos discriminar para qué usamos el medio escrito y para qué no.

Porque la comunicación es mucho más que palabras. Y en muchos casos, las palabras son lo menos importante y por eso este medio –el escrito– no alcanza, no sirve.

Porque la real comunicación, la que logra que nos entendamos, esa tan profunda como aquella de la que fuimos capaces con nuestros hijos, muchas veces, muchísimas, se da en sólo un momento. Y no es con palabras con lo que se logra. Porque en esos momentos lo que hace falta, lo único que realmente se necesita, es una mirada y saber…

Y para eso, para poder lograr esa profunda conexión con el otro, no existe hoy ni habrá nunca tecnología mejor desarrollada que nuestros ojos encontrándose en esa mirada.

Así, nada más…

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