Era en abril

Voy a volverme viento para entrar en cada hueco que dejaste sin cerrar.Vicentico, Nada va a cambiar

Era en abril. Pero podría haber sido en mayo o en junio. O en diciembre.

No hay un mes designado para el entusiasmo.

Era en abril. Y él llevaba mucho tiempo de silencios. De sólo una copa estoicamente erguida al lado de la botella de Malbec que lo esperaba cada noche para ese momento del día en que se abstrae de todo y todo lo piensa. Para ese momento de especias elegidas al azar y chorros de vino agregados a esa salsa que cada vez improvisa…

Era en abril. Pero podría haber sido en julio o en agosto. O en febrero.

Y él llevaba mucho tiempo de colores guardados. De remeras raídas y jeans gastados. De alpargatas agujereadas y algún suéter viejo en esos pocos días al año en el que siente algo parecido al frío.

Era en abril. Pero podría haber sido en septiembre o en octubre. O en enero.

Y él llevaba mucho tiempo de risas sin eco. De lágrimas sin ruido. De tarareos de románticas canciones al sol, frente a algún río, con alarmas en las cañas que lo sacaran del sopor en caso de que algo picara. De bailes del triunfo sin espectadores cuando pescaba algo.

Era en abril. Pero podría haber sido en noviembre o en diciembre. O en marzo.

Y él llevaba mucho tiempo de alma dormida. De sonrisas a todos y entrega a nadie. De nada de apuestas, nada de riesgos, nada de decepciones. De manos en los bolsillos y mirada perdida. De humo del habano obstruyendo la pantalla de un televisor que no miraba.

Era en abril. Y había sido en marzo cuando, una mañana cualquiera, se encontró a sí mismo buscándola, llamándola e invitándola a cenar.

Y fue en abril. Pero podría haber sido en mayo o en junio. O en diciembre.

Fue en abril. Y un mar de sensaciones olvidadas lo invadió con un beso. Con tan sólo un beso. Sólo uno. Un beso maestro, por la cantidad de candados que abrió siendo sólo uno. Un beso viento, que se coló por todos los huecos que él había dejado sin cerrar.

Fue en abril. Y el entusiasmo compró remeras, jeans y zapatillas. Buscó lugares para cenar y hoteles para dormir. Recordó pueblos para visitar. Hizo la cama y limpió la casa. Preparó cenas. Iluminó tenue el ambiente. Perfumó su cuello con una mezcla de perfumes. Recortó su barba. Dibujó una sonrisa en su cara.

Fue en abril. Y ese entusiasmo compró flores, escribió esquelas y mandó canciones por Messenger. Hizo chistes y cantó a dúo. Viajó kilómetros para regalarle aquello que ella quería.

Fue en abril. Y el mismo entusiasmo quiso ser viento para entrar en cada hueco que ella había dejado sin cerrar. Pero no pudo, no supo. Tal vez en realidad no quiso. Porque aquel beso fue también un beso endemoniado, a juzgar por los miedos que despertó. Algunos tontos y otros no tanto. Algunos de él, sólo de él. Y otros alimentados por ella.

Fue en abril. Y el entusiasmo peleó con una agonía que comenzó al mismo tiempo, con aquel beso. Y fue más fuerte el miedo. El de él. O el de ella. O el de ambos, que bailaron en una sincronía mortal. Quizás ella tampoco pudo, o no supo. O en realidad no quiso. Tal vez… quizá… cómo saberlo?

Y así, como dice una vieja canción, el entusiasmo se le escapó como agua entre los dedos. Y así, como cuenta la misma canción, él la dejó ir sin dar pelea.

Por ahí dicen que ninguna historia de amor tiene un final feliz. Porque si es amor, no tendrá final. Y si lo tiene, no será feliz.

Hoy es mayo. De otro año, otro momento, otro tiempo.

Y sin embargo, cuando él recuerda aquel abril que terminó en un mayo, a pesar de la agonía, a pesar de los miedos, a pesar de todo lo que no fue, siempre, inevitablemente, sonríe en silencio.

Por qué?

Porque alguna vez había sido en noviembre. Y alguna otra en agosto.

Y sabe que así como esta vez fue en abril,

alguna otra será en mayo o en junio.

O en diciembre…

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