El secreto de mis ojos

el secreto de mis ojos

De eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver cosas que tú no ves.
Que te enseñen a mirar con otros ojos.Mario Benedetti

–Saliste a la calle? Vos te vas a morir, papá. No sabés lo pesado que está el clima –me dijo al teléfono mi hija menor.
–Sí, ya sé. No salí, pero ya vi por la ventana el color del día –contesté.
–El color? –preguntó casi riéndose.
–Sí, el color. Cuando está pesado y húmedo los colores del día cambian –contesté.

Todas las mañanas, cuando suena el despertador, abrimos los ojos.

Lo reprogramamos para cinco minutos después y seguimos durmiendo. Incluso muchos ya tienen programadas dos y hasta tres alarmas con esa cantidad de minutos de diferencia.

A la tercera nos levantamos y con los ojos pegados vamos al baño, meamos, nos lavamos los dientes y nos echamos agua en la cara para despabilarnos mientras el café se va filtrando o el agua para el mate se está calentando.

Desayunamos con la mirada en la taza y partimos al laburo con el tiempo justo para llegar a horario. O casi a horario. O tarde…

Vamos por la calle con la mirada en el horizonte, tratando de divisar el bondi para ver si con ir trotando hasta la parada es suficiente o hay que echarse un pique digno de Usain Bolt para poder alcanzarlo.

Los que vamos en auto, metemos llave, la giramos y partimos sin que el aceite haya tenido tiempo de lubricar el motor.

Volvemos del laburo, con el lomo al piso pero la cabeza siempre en alto buscando el bondi (no vaya a ser cosa que tengamos que esperar el siguiente) o con el motor igual de falto de lubricación (no vaya a ser cosa que lleguemos a casa 5 minutos más tarde).

Miramos la nada mientras nos bañamos, metemos la cabeza en la cacerola cuando cocinamos, en el plato o en la tele cuando comemos, en la bacha cuando lavamos los platos y en el lavatorio mientras nos cepillamos los dientes.

Y nos vamos a dormir. Y ahí cerramos los ojos.

Siempre me levanto un buen rato antes del momento en el que voy a  partir. Me siento un minuto en la cama y miro por la ventana cómo está el día. Y disfruto un instante del celeste intenso de los días despejados, del gris plomizo de los nublados o de la romántica oscuridad de los lluviosos. (Sólo puteo en los días color humedad.)

Voy al baño y mientras me lavo la cara, me miro al espejo. Me tomo sólo unos segundos, pero son suficientes para que ese pedazo de vidrio me devuelva mucho más que mi imagen.

Me sirvo un café y subo a mi escritorio. Enciendo la compu y miro alguna de las cosas que me gustan y escucho algo de música.

Algunas veces, mientras lavo la taza reparo en el chanchito de cerámica que nunca pintamos y que sirve de porta utensilios que está sobre la mesada. Es lindo, aún así, sin pintar. Otras veces me detengo en la botella de Malbec y miro qué marca compré esta vez, para ver si a la noche voy a tomar vino o querosén.

Salgo de casa y mientras espero que el motor caliente, miro la gente llegar al laburo e imagino cómo son. Invento historias y me río solo de ver hasta dónde puedo llegar con la imaginación.

El tránsito me complica un poco esto de “ir mirando” pero, en la medida que logro no matar a ningún ciclista, llevarme puesto a un motoquero zigzagueante o chocar con el que me encierra, miro los chicos yendo al colegio, el fantástico auto que tiene el que está a mi lado, las piernas de alguna mujer…

Sí, podría seguir. Y contarles “un día cualquiera” me llevaría cientos de párrafos.

Porque siempre estoy mirando. Una mamá con su bebé, una parejita de adolescentes abrazados, una de ancianos tomados de la mano, un dibujo que hizo alguien en un paredón, el empedrado de algunas calles, el puente bajo el que paso a diario, una flor rara, la risa de alguien que va por la calle escuchando radio…

Y me llena, me carga el tanque de vida sin tener que sacar la tarjeta de débito.

Pero ni les cuento cuánta carga obtengo cuando poso la mirada sobre Agus –mi hija mayor– sentada en el sillón del living en medio de un kilombo de libros, apuntes, dibujos y Dios sabe qué más entre toda esa pila cosas, mientras mira en la tele un video explicativo del tema que está estudiando.

O cuando charlo con Guada –la menor– y veo sus gestos mientras opina sobre lo que estamos hablando, gestos increíblemente “adultos”.

Me sonríe el alma cuando miro la cara que pone Agustín –mi yerno– cuando habla de ella y me alegro que mi hija haya encontrado alguien que es buen tipo y que la adora.

Me carga el tanque hasta desbordarlo cuando me quedo mirando un largo rato una revista que tuvo que diseñar Sofi –mi “prestada”– para la facu. Y descubro en cada par de páginas una capacidad que hasta hace poco no sabía que ella tenía.

Por eso a la mañana me tomo unos segundos para mirarme al espejo. Porque un día descubrí el secreto que mis ojos escondían y desde entonces ese pedazo de vidrio me devuelve la imagen de un tipo que vive con el tanque lleno.

No hace falta que mires con otros ojos, porque es un secreto que guardan todos los ojos, también los tuyos.

Los ojos nos permiten ver el mundo que nos rodea, obvio.

Pero guardan la maravillosa capacidad de enfocarse.

Y aunque sea sólo por un instante,

simplemente,

detenerse a mirar…

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