El espejo

Dejar que nuestros hijos enfrenten solos las dificultades de la vida es, tal vez, una de las partes más difíciles de ser padre.El autor

–Qué pasa, hija? –le pregunté a Agus hace un año, aquella noche en la que ella estaba sentada en el banquito al lado del horno, acompañándome mientras yo cocinaba.
Un padre sabe cuando “algo pasa” y por eso le pregunté tan directamente.
–Quiero contarte una decisión que tomé pero quiero que me digas qué pensás de mí, pero no sólo como padre –balbuceó.
A pesar de ser una pendeja estoica por demás, se la notaba nerviosa.

–Decime –le dije.
–Voy a recursar Fisio. Es una materia muy importante y no quiero sólo aprobarla; quiero aprenderla.
–Ajá –contesté.
–Y? –insistió.
–Es fácil. Como persona, lo que veo es a alguien que toma decisiones dinámicas en función de objetivos claros. Y la respeto por eso. Pero no puedo dejar de decirte mi mirada de padre. Como padre… misión cumplida. Siempre trabajé para que ustedes fueran protagonistas de sus propias vidas y verte comandar la tuya me llena de orgullo.

Contuvo sus lágrimas de emoción (ya dije que es estoica por demás) y seguimos charlando de pelotudeces.

Recursó la materia. Aprobó los parciales con 9 y el final con 10 absoluto. Se ve que la aprendió. La tenía clara cuando decidió lo que decidió.

Antes de ayer entró a casa radiante. Venía de estudiar con unos amigos, entre los cuales hay uno que vende productos de perfumería por cuenta propia y al cual le había comprado un pack de shampoo, crema enjuague, jabón de tocador y pasta dental, fundamentalmente para ayudarlo a empezar.
–Pa! No sabés los productos que compré por 500 “pe” –me dijo.
–Subí, que estoy hablando con tu hermana por Skype –contesté.
Subió, se sumó a la charla y cuando terminamos y bajamos a cenar le pregunté:
–A ver lo que compraste?
Me mostró el pack, cosa por cosa, resaltando las virtudes de cada una. Contenta con su compra, que para empezar, hace para ayudar a ese amigo.
Mientras lo hacía me contó que tal vez ella empezara a vender también para juntar la plata que necesita para un viaje a España que está planeando hacer con una amiga.

Nada de eso me importó.

Empecé a advertirle que esos sistemas de venta son más viejos que el mundo, que el “avioncito” (una estafa de hace unos cuantos años atrás), que a mí me había llamado alguien que en el secundario me odiaba para ofrecerme “hacer plata”, que los sistemas piramidales esto, que los sistemas piramidales aquello…

En fin…

El miedo a que invirtiera tiempo, esfuerzo y dinero y que terminara perdiendo hizo que decidiera “protegerla”. Y por eso agarraré mi aguja grandota y empecé a “pinchar globos”, olvidando por completo a esta “nena” que estudia, labura, toma decisiones y comanda su vida.

Esta “pendeja” de 23 años que viene 15 días de vacaciones y estudia dos horas por día todos los días. La misma que hace en este momento una materia de verano, en pleno febrero, cursando todos los días, porque planea pasar a cuarto año de Medicina a mitad de año.

Esta “criatura” que gasta sus 500 “pe” en ayudar a un amigo y que va a evaluar con SU criterio si comienza a vender ella también o no.

Ayer a la mañana le mandé el siguiente audio:

“El baño es un lugar muy interesante para pensar. Sobre todo cuando uno caga y está sentado, mirando la nada. En este caso no era mirando la nada, sino mirando los productos que compraste. Lo voy a hacer sintético, hija: soy un estúpido. Yo no sé la calidad de los productos, entonces en una de ésas es baratísimo. Mi compulsión a protegerte a veces me hace hacer imbecilidades como ayer. Vos venís entusiasmada porque compraste un montón de cosas y yo empiezo a romper las pelotas con que si es caro, si no es caro… esteee… y la verdad que no lo tengo claro. Si yo estuviera seguro sí podría protegerte a pesar de que pueda no gustarte lo que te digo… pero no estoy seguro. Entonces es una boludez que te haya dicho lo que te dije. Estamos? Bueno… perdón. Un beso enorme, hijita. Te quiero mucho.”

La “mirada” de nuestros padres nos acompaña toda la vida. Aún después de que hayan fallecido, esa mirada internalizada es parte fundamental de nuestra identidad, de nuestra autoestima.

Tal vez deberíamos tener más presente el peso de esa mirada. Quizá deberíamos recordar cada tanto cuánto nos alentó cuando nos dieron su apoyo y cuánto nos desmoronó cuando no lo tuvimos.

Deberíamos tratar de no olvidar que ahora son nuestros ojos el espejo en el que nuestros hijos se miran.

Y cuando nos cuentan qué decisiones están tomando en su vida, ya sea qué carrera están eligiendo, con quién van a casarse o simplemente qué remera se compraron, deberíamos saber que cuidar no siempre es proteger.

A veces cuidar es,

simplemente,

respetar…

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