El color perfecto de mujer

Y voy a ver tus verdaderos colores brillando…Cyndi Lauper, True colors

Éste es el tipo de mujer que me va. Éste. No otro. Porque los años me dieron la experiencia que supone hacer un ejercicio de tesis/antitesis y… aaah… la maravillosa síntesis. Esa que trae la absoluta verdad.

Fácil.

Voy de un polo a otro y genero un punto medio con un equilibrio per-fec-to. Y listo. Ya está. Ya conozco todas las variantes y sé lo que quiero. Qué más puedo pedir?

A la inmensa mayoría de los hombres, sino a todos, nos gusta la lencería erótica. Sí, “nos”. Yo no soy la excepción. Si bien no es ahí donde está el punto de lo que realmente me seduce, me gustan esas prendas, porque le dan un plus a esa sensualidad que una mujer puede desplegar, aun cuando sólo sea para el efímero momento que antecede al verdadero placer que después ocurre.

Y a la hora de elegir entre el sinfín de colores de los que hay, me quedo –sin dudarlo ni por un instante– con el borravino.

Porque del blanco me gusta la contraposición entre lo etéreo del color y lo nada etéreo de lo que anticipa. Algo así como la sorpresa que puede generar que una estética que luce tierna, pueda encerrar una sensualidad arrolladora.

El negro es la antitesis. Es el impacto. Es la promesa de lujuria, si se quiere. Una especie de “acá estoy, agarrate” que hace que los hombres nos sintamos frente a Mata Hari y por momentos, hasta no sepamos bien qué hacer con tanto.

Pero el borravino… ah… el borravino es, a mis ojos, el color por excelencia. Es delicado sin ser etéreo… es sexy, sin ser demasiado fuerte. Es el equilibrio perfecto entre “la promesa” y el “acá estoy”. Es el “vení” de la seducción y el “yo también voy” que la completa.

El borravino es, sin duda, el color perfecto de mujer. No hay dudas al respecto.

Ya sabemos lo que queremos. La tenemos más que clara. Cada cual sabe qué tipo de persona le “calza” y vamos por ahí mirando a ver si alguna encaja en nuestra categoría.

Conocemos a alguien, sacamos por debajo de la mesa nuestra listita de ítems y la miramos de reojo. Y si los cumple, seguimos cenando sin importarnos la hora. Y si vemos que no, tomamos un café, pedimos la cuenta y nos vamos cuanto antes.

Porque no es borravino.

En una de ésas pasamos un tiempo con el blanco. O disfrutamos otro tanto del negro.

Pero seguimos en puntitas de pie estirando el cuello, tratando de divisar entre la multitud a aquellas borravino que nos calzan. A ésas con las que sabemos que sí va funcionar. Porque son del matiz que nos gusta. Son aquello conocido. Nada de sorpresas, pero toda la seguridad.

Por eso hacemos foco. Reducimos el campo de visión a unos pocos grados, los suficientes para poder divisar el color que estamos buscando. Sin distracciones, sin periferia que nos complique la búsqueda.

Qué me importa que hayan más tonos y gamas. Sé muy bien cuál es el que me gusta y tacho de la lista al resto. Simplemente porque no me interesa. Sólo marcame dónde está la borravino y listo. Estoy hecho…

Tal vez deberíamos recuperar los 180 grados de visión y dejar de hacer foco allá lejos, entre la multitud. En una de ésas tendríamos que parar de caminar en puntas de pie. Es más –basta de escribir en potencial–, tiremos la listita a la mierda.

Por? Qué clase de tarado soy? Si ya sé lo que me gusta, si tengo bien claro lo que quiero, por el amor de Dios… qué más puedo pedir?

Qué más puedo pedir?

Que caminando con los pies sobre la tierra, el día menos pensado,

descubra el azul,

el color que no esperaba…

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