El cofre del tesoro

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Extraño una parte de mí,
ésa que se fue contigo.Fer Dichter

Inspirado en un post de mi hermana

Cuando nos enamoramos, poco a poco, vamos dándole al otro cosas bien nuestras. Vamos poniendo en sus manos nuestras expectativas, nuestras esperanzas, nuestros sueños. Dejamos que sostenga nuestros recuerdos en formato de anécdotas de nuestra vida que le vamos contando. Y así vamos dejando caer en esas manos –que sentimos como cálidas– todo nuestro ser…

Las hacemos depositarias de nuestras fortalezas. Y paulatinamente, vamos entregando lo mejor de nosotros. Le damos nuestro amor, nuestra confianza, nuestra capacidad de cuidar, de mimar, de contener.

También depositamos ahí nuestras debilidades. Ponemos en esas manos lo peor de nosotros. Nuestras miserias, nuestras limitaciones, nuestros miedos. En la esperanza de que nos ayuden a ir moldeando nuestra arcilla para intentar ser cada día un poquito mejores.

Estamos en manos del otro y nos sentimos bien. Nos sentimos cuidados.

Y un día se va…

Y el desgarro es enorme. Se lleva todo eso bien nuestro. Y nos deja con una sensación de vacío imposible de llenar. El corazón roto, el alma partida, todo nuestro ser despedazado… eso es todo lo que queda. Porque todo el resto se fue, allá lejos, en esas manos que ya no están…

Alguna vez pusieron en mis manos todo eso. Alguna vez fui yo quien, en la calidez de mis manos, sostuve amor, sueños, esperanzas. También tuve entre mis manos miedos, limitaciones y algunas miserias. Y siempre cuidé todo eso. Siempre lo sostuve con la suficiente firmeza para pudiera sentirse segura. Y con la suficiente ternura para que pudiera sentirse profundamente amada.

Siempre, todo el tiempo, traté (no siempre pude) de que se sintiera cuidada.

He escrito y seguiré escribiendo notas sobre el amor. Ni intento explicarlo por completo, simplemente porque no creo que sea posible. Pero en todas trato de agregar un pedazo más de este rompe cabezas (lo escribí separado a propósito) que son las cuestiones del corazón.

Cuidar es, a mi entender, una pieza fundamental de ese rompecabezas (ahora sí, escrito todo junto). Tal vez sea la base de absolutamente todo el resto.

Cuidar es, para mí, la forma más sutil en la que el amor puede hablar. Porque es la soga que te mantiene seguro mientras caminás por la cuerda floja que es la vida. Es la garantía de que podés correr riesgos, porque no son tantos. Podrás caer, pero nunca vas a estrellarte contra el piso, porque voy a estar ahí, para cuidarte. Para sostenerte todo lo fuerte que haga falta hasta que recuperes el equilibrio.

Son esas manos en las que depositaste todo tu ser las que van a aplaudirte ante tus éxitos, las que van a consolarte en tus fracasos. Son las que van a abrazarte fuerte en las alegrías y un poco más fuerte en las tristezas. Son manos comprometidas a cuidar todo lo bueno que tenés, para que no se pierda. Y a tratar de ayudarte a moldear lo no tan bueno, para que te sientas cada día un poco mejor con vos misma.

Las que van a acariciar tu sonrisa y a escurrir tus lágrimas.

Son las manos que van a cuidarte.

Pero un día te vas… o me voy…

No importa.

Las manos que saben cuidar, siguen haciéndolo en la distancia.

Ya no protegen tu amor, tus sueños, tus esperanzas. Ya no sostienen tus miedos ni te ayudan en tus limitaciones.

Pero tienen algo muy importante que guardar para que no haya desgarro alguno, para que no sientas que perdiste algo, para que el vacío no te invada.

Jamás vas a extrañar una parte de vos, aunque esa parte se quede conmigo.

Porque mis manos van a seguir cuidando,

con la firmeza y ternura de siempre,

el preciado tesoro del recuerdo…

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