Despertares

Te encontré y me desperté.Vicentico, Creo que me enamoré

Estuvimos años con alguien y ya no. Por lo que sea. Pero no fue. Y hoy estamos solos. Puteamos a la Vida, al Universo o –algunos temerarios blasfemos– al mismísimo Dios. O a todos al mismo tiempo.

Algunos salimos con cuanta cosa se nos cruce en el camino, otros nos deprimimos y nos metemos en la cama las 14 horas por día que sobran después de trabajar. Y toooodo el domingo, por supuesto.

Y en algún momento, después de todo ese enojo con la Vida, el Universo, Dios y el gato de la vecina, simplemente nos llamamos a silencio afectivo. A reclusión emocional.

Si solos estamos bien, para qué mierda nos vamos a complicar la vida…

Ya está, ya pasó, ya fue. Es hora de disfrutar de uno mismo. Porque lo que es seguro es que no nos vamos a “fallar” a nosotros mismos. No vamos a defraudarnos. Nos conocemos y nos queremos lo suficiente como para estar seguros, tranquilos, relajados.

Quién mierda necesita mariposas en el estómago? Si con el kilo y medio de helado que me clavé mirando tele estoy bien. Con la panza llena y el corazón… bueno… con el corazón latiendo, al menos.

Mejor duermo un rato más…

Hace un tiempo atrás, miraba mi celular sentado a la mesa de un bar de Palermo Soho mientras esperaba que ella regresara del baño y por el rabillo del ojo reparé en una mina que estaba bárbara. Y que para mi sorpresa, era ella misma, la que estaba desde hacía un rato conmigo tomando algo, después de haber cenado juntos en lo que era nuestra tercera salida. Tanto así me gustaba. Hasta de reojo.

Tengo mis razones, que me guardo –algunos dirán que por boludo, lento o simplemente oxidado–, por las que yo no había dado ningún paso serio aún. Sólo la había tomado de la mano mientras buscábamos dónde tomar algo después de esa cena.

Charlamos un rato más hasta que, sin previo aviso, se paró y bordeó la mesa hacia mí.

–Correte –me dijo.
Hacía un instante estaba sentada frente a mí, al kilómetro y medio que medía la maldita mesa en la que estábamos tomando algo.

Me quedé en stand by por un segundo (siglo y medio) tratando de entender lo obvio, con tal cara de idiota que podía sentir cada músculo desacomodado de mi sonrisa, aunque nada pudiera hacer para articularlos como para que mi expresión cambiara por una un poco menos boluda, mientras ella, parada a mi lado, me sonreía esperando a que yo reaccionara y cumpliera su “orden”.

Atiné a correr la silla hacia atrás para dejar el espacio suficiente entre la mesa y yo como para que pudiera hacer lo que acto seguido hizo.

En un compás de 2 x 4, meneó sus caderas, se coló por ese espacio, giró, se sentó sobre mis piernas y me besó. Chupate ésa. Mejor dicho, besate ésa.

Ya no estaba en la cama. Ya no comía helado ni dormía como una morsa en la espera de ese día que mañana será otro, como decía mi abuela. Estaba ahí. Atontado por la sorpresa de su naturalidad, pero en absoluta vigilia…

Algunos dicen por ahí –tal vez yo mismo esté entre ellos– que ya tendremos tiempo de dormir cuando estemos muertos. Algo así como suponer que el dormir es una suerte de parar de vivir.

Por la poca cantidad de horas que descanso desde siempre, aún en aquella época de adolescente en la que se supone que uno duerme como un perro, mi inconsciente debe juzgar al dormir de esa manera. Como un no vivir por un rato. Lo que haría lógico que no quiera dormir demasiado. Nadie quiere perderse de vivir…

Con el duelo solemos hacer lo mismo. Sobre todo, con el duelo del otro.

Vienen tus amigos y te conminan a “vivir”. A que dejes de comer helado metido en la cama. A que te afeites, te perfumes y salgas a la calle.

Adonde? No importa. Que salgas.
Con quién? No importa. Que salgas.
Para qué? Qué carajo importa. Que salgas.

Que pares de dormir.

Hace muchos años cantaba una canción de Vox Dei (Libros sapienciales) que hablaba de “tiempo para hablar, también de callar, tiempo para guerra y tiempo de paz, tiempo para el tiempo y un rato mas”.

Creo que deberíamos aprender a bancarnos que no toda la vida es vigilia, que hay tiempos que son para dormir.

Y que ese tiempo es relativo. Es absolutamente personal. Lo marca el reloj interno de cómo vivamos nuestra vida cada uno de nosotros. No hay un tiempo “correcto” para volver a afeitarse.

En lo personal creo que hay tiempo para hablar, también de callar. Tiempo para guerra y tiempo de paz. Y tiempo para dormir y de despertar.

Pero que forzar ese despertar no conduce a nada. No se puede manejar un auto dormido, menos la vida. Y si lo intentás porque es “lo que hay que hacer”, lo único que va a pasar es que te vas a dar flor de palo en la primera curva que tengas que pilotear.

No, aquél beso hoy no es. No pude darle lo que ella necesitaba en este momento de su vida y simplemente se fue.

Y por qué lo cuento, entonces?

Quizá sería muy romántico decir que porque aquél beso fue el que me sacó de la cama, que fue el que me hizo afeitarme, perfumarme y salir.

Pero no sería cierto.

Porque para que ese increíble beso fuera posible,

antes,

tuve que despertar yo…

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