Déjala ser…

La belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad.Simone de Beauvoir

Recuerdo que mi abuela me contó que cuando un bebé nacía, una de las primeras cosas que se hacía era contarle los dedos. Una especie de paneo general en el cual se aseguraban que todo estuviera en su lugar. Tiene ojos? Check! Orejas? Check! Todos los dedos y no sobra ninguno? Check!

Y una vez hecho el repaso decían: “Está perfecto”.

Hasta acá, más que comprensible. Sé por experiencia (doble) los nervios en la primera ecografía, los mismos nervios en la segunda y la repetición de ese cagazo en el momento del  parto, tensión que dura hasta que el médico te dice que está todo bien…

La cosa es que parece que cuando nos dice “está todo bien”, nosotros seguimos escuchando el “está perfecto” de nuestras abuelas. Y de ahí en más, nos la pasamos cuidando de esa perfección, redondita, sin aristas.

Vivimos preocupados por si está más o menos gordita, por si tiene una linda estatura, si no será demasiado flaca o si ese lunar de mierda le estropea la cara.

Una boludez absoluta…

Por? Qué más puedo pedir que que mis hijas sean “perfectas”? Qué podría hacerme más feliz que el hecho de que no tuvieran nada, nada, que estuviera “mal”?

Cuando mi hija mayor tenía sólo seis meses de vida yo trabajaba en mi casa. Cada mañana de esos días, Laura –una empleada que trabajaba a mi lado– y yo tomábamos mate que cebaba la madre de mi hija, sentada un poco más atrás, mientras Agustina paseaba por el cuarto con su andador (Sí, ya sé, el andador es una porquería. Camina desde los once meses, no jodan).

Uno de esos días, como pasa con los hijos chicos, en sólo un instante todo cambió. Giré la cabeza y ví a Maria Emilia con el rostro desfigurado y sin poder articular una palabra, sosteniendo a Agus en el aire, que lloraba a los gritos con el andador colgando enredado en sus piernas.

Se había tumbado el termo encima…

Le saqué el andador de entre las piernas, destruí de una patada la puerta del baño, y cargué a mi hija hasta la bañera. Agus tenía la cara roja por el llanto, por lo que en la confusión, pensé que era ahí donde se había quemado y le tiraba agua una y otra vez mientras la madre llamaba a un remise. Remise que tardó quince minutos en llegar, tiempo en el que tuve que soportar la desesperación de ver cómo mi hija se trepaba a mi hombro para tratar de “escapar” del dolor.

A las dos horas, Agus ya jugaba en el piso del living y se reía, sentada sobre sus dos piernas vendadas. A mí me llevó 20 días reponerme…

Al mes mi hija ya estaba curada, ya estaba bien.

Pero por mi culpa ya no era perfecta…

El roce de las vendas a lo largo de los días de curaciones hizo que se le formara un queloide en una de sus piernas. Una pequeña cicatriz. Y por supuesto que lo primero que hice fue consultar qué se podía hacer para corregir esta “imperfección”, porque es una nena, doctor… una nena… y cuando sea grande va a tener una cicatriz… esas cosas afectan la autoestima…

Pero el tipo me aconsejó que no hiciera nada en ese momento.
–Se va a ir estirando y se va a ver cada vez menos… Y cuando sea adolescente, si ella quiere, se lo sacamos, me dijo. Y agregó: –No le sorprenda que nunca quiera hacerlo.

De ese día, ella tiene la cicatriz en la pierna y yo la mía en el alma…

Y hoy, cada vez que entra por la puerta segura de sí misma, con ese look de estrella pop que la caracteriza, con sus gorros “Bob Marley”, sus bufandas de colores, jeans y botas, con una sensualidad que si yo fuera un padre celoso debería comprarme una escopeta para ahuyentar candidatos, me río de mi miedo en relación con su autoestima…

Pero cuando la miro salir de casa en el verano, en remera, shorts y zapatillas y veo “la cicatriz” alejarse, con ese pasito semi a los saltos que va dando… ahí es cuando me doy cuenta de que es realmente “perfecta”.

Porque cuando la veo ser ella, tan ella, es cuando recuerdo cuánta razón tenía el médico.

No el que me dijo que no hiciera nada.

No, ese no.

Al que recuerdo es al primero,

al que me dijo:

“Está todo bien”…

Ver más notas