De cómo amasé mi fortuna

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En memoria de mi padre, el que aportó el capital a mi vida.El autor

Hay hijos de puta en el mundo?
Claro que sí.
Tienen hijos?
Muchos de ellos sí.
Bueno, yo soy el hijo de uno de ellos…

Me llevó algunos añitos encontrar la síntesis de la introducción para explicar quién fue mi padre. Unos cuantos más digerirlo, claro…

Porque venimos a un mundo en el que, por principios básicos pertenecientes más al reino animal que al de los “humanos”, se supone que el sólo parentesco genera afecto y, en el caso del vínculo filial, ese amor se supone de los más increíbles que puedan haber.

Si es tu hijo, lo querés. Una ecuación que he visto corromperse más de una vez en mi vida y  no sólo en lo personal, pero que a pesar de eso, insistimos en partir de la misma hipótesis una y otra vez y la transmitimos como válida –de generación en generación– como si la demostración del teorema del parentesco siempre la confirmara, cuando en realidad no es así. En muchos casos no es así.

Qué generamos con eso? Que aquellos que no disfrutan de este genético cariño, se pasan buena parte de la vida preguntándose por qué. Por qué, si todos los padres aman, adoran a sus hijos, el mío no me quiere a mí.

La realidad es que antes de ser padres son seres humanos y eso lo explica todo: hay humanos maravillosos y otros no tanto, hay gente que vale la pena y gente que no, hay generosos y egoístas, nobles y  miserables, buenas personas y de las otras. Hay gente que sabe querer y gente que no.

Y todos tienen hijos.

Por supuesto que esta serena y “superada” claridad no llegó gratis. Costó “algunos” añitos de terapia y a pesar de eso, quedaron heridas. Algunas jodidas y otras un poquito más. Heridas que dejaron cicatrices, de ésas que molestan en días nublados y húmedos.

Sería estúpido negar el peso que nuestros padres tienen en nuestra vida. Ridículo no reconocer que la mirada de ellos es fundamental para nuestra autoestima. Que el cariño que nos dan, nos marca. Y el que no, más.

Mi padre fue un tipo que no daba, que no estuvo cuando se lo necesitó, que llegó a –son sus palabras– hacer de cuenta que mis hermanos y yo habíamos muerto en un accidente de avión y así justificó dejar de vernos por años.

No hace falta decir que son muchas las veces, aún hoy, que siento que hay algo que me perdí de la vida. Cada vez que veo una escena de un padre con un hijo, tanto en una película como en la vida real, me recorre cierta emoción por las venas. Algunas veces se me escapan algunas lágrimas que acomodo como puedo, respirando hondo, como si con eso lograra que volvieran a meterse por la comisura de mis ojos.

Pobre yo, no? Hummm… no. Recuerden que ésta es la historia de cómo me hice rico.

En una discusión con mi padre –la última que tuve antes de no volver a tener contacto nunca más– cuando le dije lo que pensaba de él como persona, en una maniobra psicopatona que lo caracterizaba, me dijo:

–Mi padre fue un jodido, yo soy un jodido, pero pensé que se había cortado con vos esta cosa generacional.
A lo que contesté:
–No te quepa la menor duda que acá se acaba. Acá termina, hijo de puta.
Y me fui…

Años después fui padre y, mientras buscaba un teléfono público para llamar a mi familia (a los pendejos: no había celular en esa época), escuché una voz que me dijo, al pasar:
–Chau, “papá”!

Era el anestesista que había asistido el parto de Agustina, que se iba a su casa a disfrutar de su interrumpido domingo. Por más recursos que tenga para expresarme, juro que no tengo palabras para describir lo que sentí. Lo que sí puedo decir es que me invadió la certeza de que sí se había acabado “esta cosa generacional”, porque que yo ya sabía qué era lo que tenía que hacer para eso y me sobraban ganas con el sólo alimento del unilateral amor que había sentido durante los meses en los que mi hija aún estaba en el vientre de su madre.

Lo que haga falta, cuando haga falta, todo el tiempo que haga falta, como ya alguna vez escribí sobre una foto con mis hijas.

Y desde ese día, me hice de todo el capital de disgustos, sinsabores y ausencias y lo “invertí” en una sociedad capital-trabajo que hice conmigo mismo. Monté una fábrica de cariño y me transformé en una máquina de darle a mis hijas todo el amor del que fuera capaz.

En lo personal creo que lo único que podemos hacer con las cosas chotas de la vida es eso: invertirlas, darlas vuelta, para transformarlas en capital de trabajo. En energía, en ganas, en combustible para seguir viviendo.
Resultó ser la mejor inversión de mi vida…

Porque descubrí que yo sí podía querer, yo sí sabía querer. Y dejé de recordarlo como un hijo de puta, porque en realidad era sólo alguien que no sabía cómo.

Y sobre todo porque fue así que, por haber “invertido” todo el capital que “este tipo” me dio, no hago otra cosa que acumular y acumular el amor que mis hijas me devuelven todo el tiempo, amasando una fortuna que no tiene límites.

Y ésta es,

sencillamente y así de “fácil” como suena,

la historia de cómo me hice millonario…

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