Cuando el perdón no me alcanza

–Tengo miedo de herir el corazón de alguien.
–Por qué?
–Porque sé cómo duele.Antoine de Saint-Exupéry, El principito

Dedicada a Andrea, esa mujer que me enseñó mi humanidad

Aún en mis épocas de “gato”, nunca fui mujeriego en el sentido cabal de la palabra. El mujeriego es un tipo que engaña, que sale con muchas mujeres a la vez, pero sin que la mayoría o incluso ninguna esté al tanto de ello…

El mujeriego es, desde mi punto de vista, un hijo de puta. Y yo no era un hijo de puta. Tenía relaciones ocasionales, algunas que se extendían en el tiempo, pero habían reglas claras de cómo eran esas relaciones. Las básicas?
1) No había compromiso.
2) Eso valía para ambas partes.
3) No por eso alguno de los dos se iba a pasear delante del otro estando con otra persona.

Honesto, justo y con el mínimo de respeto por los afectos del otro.

Un pacto que siempre cumplí.

Siempre, siempre? No. Una vez no.

Cumplía 25 años y, como ya conté en más de una nota, era un pelotudito creído a partir del éxito que con las mujeres me daba ser encargado de un pub de moda en Belgrano.

Y ese viernes de julio de 1987 estaba trabajando en Juan Salvador, tal el nombre del pub.

Se me había “juntado el ganado” –como decíamos en esa época– y yo había ido acomodando a mis “amigas” de tal manera que la visión entre mesa y mesa fuera interrumpida ya fuera por alguna de las columnas del lugar o por el ángulo en el que se encontraran, lo que me posibilitaba recibir el “pico” como “feliz cumple” que mis amigas me daban sin violar la regla 3.

Estaba recostado contra la barra cuando Andrea entró. Tenía una sonrisa increíble. Fresca. Abierta. Sincera.

Y con esa amplia sonrisa y los ojos llenos de alegría se acercó a darme un regalo que me había comprado. Agitada porque había corrido para llegar antes de las 12 de la noche para poder desearme felicidades antes de que mi día acabara, se paró frente a mí con las manos sosteniendo el regalo entre sus piernas y torciendo la cabeza hacia un lado y juntando las rodillas a partir de quebrar hacia adentro una de esas piernas me dijo:
–Es para vos. Estoy con unas amigas yendo a bailar pero quería dártelo antes de que tu día terminara.
Detrás de ella podía verse al grupo de amigas que le habían hecho el aguante de pasar por el pub sonriendo.

Le agradecí el regalo, la abracé y suavemente me separé, momento en el que quiso besarme.

También yo hubiera querido hacerlo. Andrea era alguien especial, realmente especial. En muchos sentidos. Si yo no hubiera estado en esa época de pelotudito, muy probablemente hubiese apostado a ella todo mi ser.

Pero estaba expuesto. Besarla era incumplir con mi tácito pacto con el resto de mis amigas, tres de las cuales tenían “primera fila” en este espectáculo que ocurría contra la barra de Juan Salvador.

Y decirle que había más amigas no era una opción. No para mí. No porque era Andrea.

Y por eso elegí mentir.

–No puedo –susurré. No les gusta que haga esto en horas de trabajo, agregué, echándole la culpa de la imposibilidad del beso a los dueños del pub.

Me sonrió como sólo ella era capaz de hacer y me dio un tibio beso en la mejilla que aún hoy recuerdo.

Giró sobre sus talones con la gracia de un paso de baile y se fue con sus amigas.

La noche fue avanzando y para la madrugada todas menos una de mis amigas se habían ido.

Fue con la que se quedó con quien estaba besándome en pleno pub cuando Andrea me tocó al compás de un “hola” que ya no era alegre.

Un “hola” al que le siguió un corto “chau” sin mediar palabra alguna cuando giré la cabeza para mirar por sobre mi hombro derecho, donde ella estaba parada, quieta, con una mueca de desaprobación apenas perceptible.

Una vez más giró sobre sus talones y se fue.

Si treinta años después estoy escribiendo sobre esto, creo que es claro cómo me sentí…

Yo sabía cómo dolía. Yo sigo sabiendo cómo duele. Y así como puedo sentirme orgulloso de las cosas que he hecho bien en mi vida, puedo seguir sintiendo cierta vergüenza por aquellas que no.

Al día siguiente la llamé, nos encontramos y le pedí perdón. Esta vez elegí la verdad. Verdad que justamente por cómo era nuestro pacto y sobre todo por cómo era ella, hubiese podido escuchar el día anterior sin enojarse. Lo cual hacía a mi mentira más estúpida aún. Más gratuita. Más innecesaria. Igual que al dolor que le había causado: estúpido, gratuito, innecesario.

Pero si bien me perdonó, regalándome esa maravillosa sonrisa en formato de comprensión de mi humanidad, nunca me alcanzó para dejar de sentir esa vergüenza. Aún hoy la siento. Aún hoy cuando hablo de ella, se me llenan los ojos de lágrimas.

A veces causamos dolor al otro sin proponérnoslo. A veces incluso se lo causamos al tratar de evitárselo. No somos hijos de puta. Somos seres humanos que como tales, simplemente nos equivocamos. Ya sea por egoísmo, por miedo, por estúpidos, por lo que sea, elegimos la opción que termina jodiendo a ese otro.

Por eso cuando me toca a mí ser el dañado, cuando soy yo el paga el precio del error del otro, me acuerdo de Andrea, de mi estúpida decisión, del dolor que le causé y de su capacidad de verme “humano” y por eso perdonarme.

Y le doy la chance a este otro que me causó dolor a escucharlo “al día siguiente”.

Porque tal vez, como yo en aquél entonces, no sea un hijo de puta.

Tal vez, como yo en aquél entonces, sea sólo un ser humano.

Y que por eso,

a veces,

simplemente se equivoca…

 

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