Corazón valiente

Tú y yo tenemos un amor pendiente,
pero vamos a llamarlo café, que da menos miedo.Selam Wearing

–De eso tenés que escribir –me dijo una noche Agustina, mi hija mayor.
Veníamos charlando de temas de lo más dispares y por eso, en principio, no entendí a qué se refería.
–De qué? –le pregunté.
–Del miedo que todos tienen al compromiso –contestó.
–Eso pasa con los dos polos: con los muy jóvenes, como vos. O con los muy dañados, como yo –me animé a teorizar.
–No… pasa con todos –remató.

Cuáles son las posibilidades de ganar el Quini? Pocas. Realmente pocas. Pero jugamos una boletita por semana.

Y de sacarnos el gordo de Navidad? Menos. Pero cuando llega la fecha, compramos el entero. Sin importarnos en lo más mínimo que tengamos más probabilidades de ser elegidos presidente que de ganar la lotería.

Alguna vez manoteamos todas las fichas que nos quedaban y las pusimos a un pleno en el casino y nos las jugamos sin titubear.

Por qué no tenemos miedo? Por qué no dudamos en apostar lo que tenemos?

Fácil.

Por lo que hay en juego. Hay poco que perder. No es gran cosa lo que está sobre la mesa. Porque finalmente, es sólo guita.

Con el amor es otra historia…

Cuando nos vamos enamorando ponemos muchas fichas en juego. Importantes fichas. Íntimas fichas. Bien, bien nuestras. Bien, bien importantes. Todas apiladitas sobre ese “pleno” al que estamos conociendo.

Y ahora hay mucho que perder. Es mucho lo que se lleva el croupier con su bastoncito de mierda si no sale el número al que le pusimos “todas” las fichas…

Hace unos cuantos años atrás, allá por mis 21 añitos, conocí a la que fue mi primera “novia”. Aquella con la que, más allá de compartir el presente que vivíamos, me atreví a soñar con un futuro.

Hoy somos amigos. Simplemente no funcionó. Pero por algún motivo, ese “simplemente” marcó los siguientes años de mi vida.

No más compromiso. No. Basta. No sufro más. Me encamo con cuanta carne se me cruce y esté dispuesta y listo. La paso bien y cuando se termina, no pasa nada. Porque no puse nada en juego. Tengo todas las fichas acá, en el bolsillo. Bien guardadas.

Hasta el día en que me cansé de esa vida y decidí que iba a apostar de nuevo.

Para decirlo de manera suave y proteger la imagen de la madre de mis hijas, vamos a decir que no me fue bien. Porque si no, escribiría que me fue como el mismo orto.

Chau. Se acabó. No más esta mierda. No más el desgarro, basta de lágrimas, terminemos con el dolor posible. Bajemos a cero el riesgo. Vayamos al casino, pero no apostemos un mango. Juguemos al Bingo, pero por porotos.

No vaya a ser cosa que nos toque perder otra vez.

Cualquiera que haya estado enamorado por primera vez en su vida y se haya terminado, sabe de lo que hablo. Sabe del dolor. Sabe del puto proceso de duelo. Sabe de lo largo, tedioso y deprimente que puede ser.

Ese mismo cualquiera puede que haya elegido jugar por porotos como medio de proteger sus fichas.

Hace poco vi un post con un corazón dibujado que decía “Cerrado por decepciones” y me pregunté qué iba a hacer con sus fichas la que puso el cartelito. Con esas fichas que forman indivisible parte de nuestra condición humana. Con esas fichas que están hechas para apostar, no para llevar en el bolsillo.

Porque las ganas de dar, proteger, cuidar, compartir, amar… son fichas que necesitan de un pleno. Son fichas que se tornan pesadísimas si las escondemos en el fondo del bolsillo. Y joden el paso. Hacen difícil el camino. Buscamos la libertad que se supone que no apostar da, pero terminamos con el corazón esclavo de esas fichas, porque no podemos renegar de nuestra humanidad.

Por eso yo elijo otra cosa.

Claro que he tenido el corazón cerrado por demolición, no les quepa la menor duda. Elijan la imagen que mejor les grafique el vacío: destrozado, despedazado, destruido… la que quieran. Por todas pasé. Como todos alguna vez.

Y por supuesto que cuando eso pasa escondo mis fichas bien al fondo. Y ando con las manos en los bolsillos para que ni por asomo se me caiga una.

Pero después de un tiempo, abro las ventanas, pinto las paredes y me voy al casino.

Puede que me pase un buen rato mirando los números con cierta desconfianza. Pero en algún momento, si siento que ese cuadradito rojo vale el riesgo, apilo mis fichas a pleno y me la juego.

Y si sale mal, si termino otra vez despedazado como Mel Gibson en Braveheart, no me importa.

Porque un corazón valiente no es el que no tiene miedo.

Un corazón valiente es aquél que, a pesar del miedo, sigue latiendo con todas sus fuerzas,

y se entrega, sin titubear,

a la absoluta libertad que vive cuando ama…

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