Contra viento y marea

El diablo susurró en mi oído:
–No eres lo suficientemente fuerte para resistir la tormenta.
Hoy le susurré al diablo en el oído:
–Yo soy la tormenta.Vida lúcida

Aquellos que por los (d)años vividos venimos más o menos lastimaditos tenemos un sistema de alerta que cierra en forma automática la escotilla cuando conocemos a alguien que, por el motivo que sea, “nos mueve el piso”, cuando hace que nuestro barco escore y peligre en zozobrar.

No queremos más Lola –hoy voy a usar todos los dichos que denuncian la edad que tengo– porque esa “Lola” terminó demasiadas veces en lola-mento. Y la pasamos como el culo en el camino de ese lamentar…

Por eso ahora nos ponemos la coraza y que se joda el otro. Que rebote, que se banque el impacto de mi frialdad cuando pretenda entrar. Si tiene ganas en serio, ya va a encontrar el espacio para llegar. Y si no lo encuentra, yo ni me entero. No sufro más. No seré yo quien lola-mente…

El único problema con eso es que las corazas son de metal. Y eso no me abriga ni un poquito. Me deja en un frío vivir que no sé si quiero.

Es más, no quiero.

Hay una frase de Nietzsche que ya cité alguna vez y que dice “lo que no me mata, me hace más fuerte”. Linda frase. Gratificante. Energizante, diría. Casi el ukase del zar. Una especie de decreto real por el cual todo lo malo que nos pase podría hasta ser bienvenido. Yo la uso a cada rato y apoyo buena parte de quien hoy soy en la fortaleza acumulada por todo aquello que no logró matarme.

Pero por mucho que me guste la cita, por más veces que la haya repetido cantando en el palo mayor de mi barco en medio de la tormenta, por mucho que la haya capitalizado en mi vida, no necesariamente es siempre cierta.

A veces, lo que no nos mata, nos deja en el piso. Nos debilita. Nos saca fuerzas para la próxima. O, en el mejor de los casos, nos deja con cierto terror a la tormenta.

Por eso, frente al sol pleno de ese ser que paradójicamente nos hace zozobrar, ya anticipamos las nubes y la inevitable tormenta que les sigue. Y acto seguido, bajamos las velas, cerramos a cuatro manos todos los ojos de buey y trabamos la escotilla para protegernos de ese clima que no queremos volver a vivir.

Y que ese otro se quede en la cubierta hasta que se canse y se vaya…

Cuando me separé de la que fue mi segunda mujer y después de un año de “novios” resistiéndonos a alejarnos, finalmente nos dijimos adiós.

Y durante el siguiente año y medio me encerré en mi camarote sin dar ni chance a que el sol se asomara siquiera a mi vida. Nada de zozobras. No me jodan con nubes y tormentas que no me mataron, pero que me dejaron en el piso, agotado, exhausto.

Como siempre pasa, en algún momento la luz comenzó a filtrarse y el calor del sol me fue animando a volver a subir a cubierta.

Hoy hace de eso un par de años. En el camino, hubieron días radiantes de pleno sol. Suaves olas que balancearon mi barco hacia nuevos puertos. Cálidas brisas en mi cara que hacían que estar a la intemperie al mando del timón de mi vida fuera realmente placentero.

También hubieron nubes. Y garúas… lloviznas… y tormentas, claro.

Hasta tuve que regresar a mi puerto a descansar, después de alguna que fue lo suficientemente fuerte como para dañar el casco mi barco.

Sí… no se pueden evitar las tormentas. Incluso puede tocarme vivir algún tifón que todo lo arrase a su paso. Nunca se sabe cuánta furia puede desplegar Neptuno en algún momento de nuestra vida.

Pero mi experiencia como capitán me dice que de navegar se trata. Que no hay puerto seguro ni mares que nos den garantías. Que navegar es la base de la felicidad, porque es lo que da cuenta de que estás vivo.

Por eso cuando la tormenta viene, la encaro. Y si es fuerte y deja agujeros, anclo un rato, arreglo mi barco y vuelvo a soltar amarras.

Que hay mucho mar por delante y quien les dice, tal vez sí exista un puerto seguro en el que anclar.

Y si no, tengan por seguro que voy a morir parado en el palo mayor de mi barco,

mientras el agua me pega en la jeta,

cantando a voz en cuello en medio de la tormenta…

 

 

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