Con la cabeza gacha

Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada.Antoine de Saint-Exupéry

Aquella tarde era una tarde más. De ésas en las que cortaba el trabajo para ir por mis hijas, primero al colegio a buscar a Agus, la mayor, y luego al Jardín a recoger a Guada, la más chica. Y traerlas a casa para tomar juntos la leche (aún hoy me refiero a la merienda así).

Era otra tarde a esa hora en que mis clientes sabían que no podían llamarme porque no iba a atenderlos sino hasta después de haber pasado ese sagrado rato con ellas…

Épocas difíciles. Muy. Tiempos de desprotección judicial y apriete económico. Mucha desprotección y mucho apriete. Criando a mis hijas solo, en una situación económica desastrosa y con un Sistema Judicial que no protege a nadie, mucho menos a un hombre en la situación en la que yo estaba.

Días de caminar con la cabeza gacha y los dientes apretados.

Vivía bajo nubes grises que vaticinaban un futuro de tormenta y vendavales a corto plazo y quizás ese peso, el de la nubes sobre mi cabeza, era el que no me dejaba levantar la mirada del suelo.

Esa tarde era una tarde más. Como tantas en las que ponía “play” a mi rol de padre y sonreía mientras simulaba prestar atención a la enorme cantidad de “historias” con las que mis hijas volvían de su jornada en “la Úrsula” y el “Pampita” –tales los nombres del Primario y del Jardín– mientras, tomadas de mi mano con mis meñiques “trabando” sus muñecas para que no pudieran soltarse en medio de la calle, volvíamos a casa a ese momento especial cotidiano.

A la vuelta de la esquina de mi oficina-casa de ese entonces estaba y sigue estando Bloomies, un Jardín de Infantes al cual iba la hermanita de una amiga de Agustina. Por ese motivo, más de una vez me quedaba allí charlando con la madre de esa amiga, mientras ambos esperábamos a que su hija Clarita saliera.

Y esa tarde era una de esas tardes.

Llegaba con Guada del Jardín y me encontré con Flavia, la madre de Clarita y Sofía (la amiga de Agus) y me quedé conversando con ella.

Charlamos unos minutos y retomé el camino que me restaba para llegar a casa.

Pero esta vez, sólo Dios sabe por qué, levanté la mirada.

Y me encontré con la de Paula, la maestra de Clarita.

Paula era una mujer que sonreía con los ojos, algo que es privativo de pocos. Y que creo que es una de las cosas más maravillosas que uno puede disfrutar de ese otro que tiene ese don.

De pelo oscuro y algo rebelde, piel suave, delgada y no muy alta, la cara enmarcada entre dos perlas por aros y la boca entreabierta, Paula desplegaba un cándido desenfado que te invitaba a dejarte llevar.

Me sonrió suave, ahora usando los labios como aliados de los ojos, con una exquisita mezcla de ternura y picardía.

–Hola –dijo con una naturalidad que aún hoy recuerdo.
–Hola –balbuceé. Y seguí caminando, mientras una mueca por sonrisa comenzaba a perfilarse en mi cara sin que yo entendiera muy bien por qué, lo que la potenciaba cada vez más, hasta llegar a ser amplia, abierta, obvia a los ojos del Mundo, incluida mi hija menor, que me preguntó:
–De qué te reís, pa?
–No me río –contesté. –Me sonrío. De qué? De cómo es la Vida, hija –agregué.

Guada tenía cinco años, pero a pesar de eso, pareció quedar conforme con la respuesta porque no preguntó más.

Esa tarde era una tarde más.

Y tomamos la leche como siempre. Y me bombardearon contándome sus cosas como siempre. Pero yo volví a prestar atención a la inmensa cantidad de historias de una y de otra que se mezclaban con una armonía increíble. Ya no tuve que simular. Había vuelto a conectarme con la Vida y había vuelto a disfrutar plenamente de ese rato que yo tanto protegía diariamente.

Ella no lo supo ni aún hoy lo sabe, pero le debo a Paula ese retorno.

A su mirada. A su sonrisa. Tenue, suave, pícara. Llena de serena vida.

Hay épocas en las cuales el peso de las nubes nos presionan la nuca y no nos dejan sacar la vista del suelo. Tiempos en los que cada día que comienza viene con la única meta de “pasarlo”. Momentos difíciles, de sonrisas simuladas y cabezas gachas.

Días oscuros en los que parece imposible ver con claridad hacía dónde vamos, por qué vamos, para qué… Días en los que sólo esperamos a que se haga de noche para poder cerrar los ojos, como si al dormirnos pudiéramos lograr que la tormenta pase.

Pero aprendí que cerrar los ojos deja todo como está y que nada cambia porque duerma. Aprendí que con la vista clavada en el piso es muy poco lo que puedo ver.

Y por eso desde ese entonces, cada vez que ando con la cabeza gacha,

recuerdo la sonrisa de Paula,

y levanto la mirada…

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