Capitán de mi navío

Si el barco en que navegas peligra en naufragar,
tira los trastos viejos, tíralos al mar…Fragmento, no sé el autor

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Dedicada a Cynthia,
la “nena” que me enseñó a poner los huevos sobre la mesa,
por el módico precio de enseñarle a comer sandwiches sin que se desarmen.
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Si ya conté que a los 25 años era un boludo importante, a mis 19 calificaba para las Olimpíadas con serias oportunidades de ganar el oro en la disciplina “pendejo pelotudo”.

Trabajaba en la sucursal 22 de lo que en aquél entonces era el Banco de Italia –más tarde Banca Nazionale del Lavoro– una entidad que finalmente dejó el país hace poco más de 10 años, y mi vida pasaba por jugar al fútbol, tocar la guitarra y cantar… y las mujeres, por supuesto.

Alguna vez hubo un comercial de Georgalos con una jingle que terminaba diciendo: “En todas partes y en todos los tamaños, todo el mundo prefiere en mantecooool”.

Bueno, para mí las mujeres eran una suerte de mantecol que se podían conseguir “en el almacén, en el kiosco iaba iaba iaaaba y en lá paná-deríiiiia”. Me pasaba la vida tratando de seducir a más y más mujeres. Altas, bajas, rubias, morenas, jóvenes y no tanto… toooodas me venían bien.

Mi semana olímpica comenzó con una apuesta con el Negro Gutiérrez, un compañero de laburo que me desafió a conseguir 10 números de teléfono en ese tiempo, repartidos a dos por día, uno al mediodía y uno a la tarde. (Si vamos a ser boludos, seamos profesionales y reglamentemos la boludez).

Ese viernes me subía al podio. Eran las cinco de la tarde, el Banco ya cerrado al público desde las cuatro y ahí estaba yo, en mi pose de halcón, recostado en la puerta de la sucursal de Paraná y Sarmiento, mientras esperaba que terminara de imprimirse el listado de cuentas corrientes, a la caza del teléfono número 10 que me daría la gloria de almorzar gratis el siguiente lunes.

Y ahí venía ella. Iluminada y eterna, enfurecida y tranquila…

Flaca, elegante y con un toque de soberbia al caminar que ponía fuera de foco a todo su entorno. Pelo largo negro azabache, campera naranja, pollera tubo y tacos.

Yo? Mi rutina. Me acerqué y comencé a hablar. Ella? A la mierda con mi rutina. Doble a la mierda. Porque no me dio su número y porque terminó con mis rutinas por el año y medio que estuvimos de novios, ya que –rescatemos un poco al boludo y resaltemos su virtud– desde muy joven ser fiel es algo que siempre fui cada vez que estuve comprometido en una relación.

Fue mi primera novia, ésa que como bien dice Palito Ortega en la película con ese nombre, no es con la que uno se casa.

Pero es la que te enseña. Es con la que aprendés. En mi caso, hasta a cómo vestirme.

Al año y medio, iluminados y eternos, enfurecidos y tranquilos, nuestra relación estaba en agonía y alguien tenía que ponerlo sobre la mesa. Ella esperó a que yo fuera quien lo hiciera y así fue que una tarde, en un bar de lo que hoy se conoce como Plaza Serrano –Villa Freud en aquél entonces– tuve que enfrentar ese momento. No sabía cómo, no quería hacerlo, no entendía por qué debía hacerlo…

Ambos con lágrimas en los ojos pero todo el tiempo con una cálida sonrisa mutua, charlamos y decidimos que ya no caminaríamos juntos…

A los pocos días, en los albores de una amistad que aún hoy ambos sentimos como tal, hizo por mí su primer acto de amiga. Quizá el más grande, por lo que aprendí de eso.

Ella sí sabía por qué teníamos que separarnos. Ella sí comprendía que por más que nos quisiéramos tanto, había cosas entre nosostros que hacían que nuestro noviazgo fuera más una pasión incontrolable que un sereno amor a disfrutar. Y eso no era bueno para la vida de ninguno de los dos.

Y porque ella sí sabía y porque percibió mi angustiosa ignorancia, decidió enseñarme algo más y me regaló, en un papelito que aún está guardado en algún rincón entre mis cosas, una poesía que comenzaba como el epígrafe y que terminaba así:

Y no lamentes lo que dejas en el camino,
que lo importante es llegar.
Porque cuando arribes a puerto seguro,
agradecerás las cosas que un día,
aunque sintieras pena,
se las tuvo que llevar el mar…

No hay puerto que pueda considerarse absolutamente seguro, pero de lo que estoy completamente convencido es de que muchas veces, para poder seguir navegando, hay que poder aceptar que hay cosas que,

aunque sintamos pena,

se las tiene que llevar el mar…

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