Caminante, hay camino…

Confórmate, me decía un tigre viejo,
nunca el techo y la comida han de faltar…Moris, El oso

Parece ser que para lo único que estamos dispuestos a trabajar es para irnos de vacaciones, como decía un cartelito que alguna vez publiqué. Para todo lo demás, ni siquiera usamos la Master.

Simplemente nos quedamos esperando a que las cosas pasen, como si una mágica mano –con apodos como Dios, la Vida o el bendito Universo– fuera a laburar por nosotros y a darnos, cual devoto padre, aquello que queremos…

Nadamos en un mar de conformismo tan profundo que es increíble que no nos ahoguemos. Vivimos quejándonos de nuestra mala suerte, como si este mundo fuera un gigantesco casino que beneficia a unos pocos afortunados que jugaron un pleno y la pegaron.

Queremos ir al bosque, pero nos la pasamos esperando a que alguien deje el candado sin cerrar, en la esperanza que ahí sí, estaremos contentos de verdaaaad, laaa laaa la lalá.

Tenemos dichos populares que repetimos como mantras, pero que no ponemos en acción ni por un rato. Sentenciamos “El que quiere pescado, que se moje el culo”, pero queremos sentarnos a comerlo sin mojar la silla.

En una de ésas viene Dios a mi mesa y me multiplica los panes…

Ayer nomás, cuando tenía 11 once años y vivía en el medio del campo en un paraje llamado Nanty Fall, tenía que ir al pueblo –Trevelin– a hacer las compras. Había un destartalado colectivo que pasaba por la ruta a la una y media de la tarde rumbo a la frontera con Chile en Río Grande y volvía a Trevelin dos horas después. Una sola vez en el día. Tres veces por semana. Nanty Fall estaba en el medio de ese recorrido.

Fácil es entender por qué –si bien tenía cómo ir al pueblo–, no tenía cómo volver. Por lo cual, en esa época dorada en la que nadie te violaba ni mataba en el camino, simplemente hacía dedo.

Pero no siempre pasaban autos…

Alguna vez conseguí que me levantaran recién en el cruce de Lago Rosario, después de haber caminado siete kilómetros. Y un par de veces –suficientes para que hayan quedado grabadas en mi memoria y me hayan marcado de por vida– simplemente tuve que caminar los 15 que me separaban de mi casa…

Quince kilómetros de camino afirmado –aún hoy no está pavimentado– con agotadoras subidas a cambio de suaves bajadas como insuficiente recompensa. Y los caminé toditos. Sin parar. Cargando las bolsas del mercado.

Solo, sintiéndome absolutamente desamparado, indefenso ante miedos que estaban más en mi cabeza que afuera, pero que ejercían sobre mi pequeña humanidad el mismo peso que si se tratara de ominosas realidades.

El peso de las bolsas con las compras aumentaba a cada paso, al mismo ritmo que mi angustia, que me susurraba al oído que me sentara a llorar y esperara a que mágicamente desapareciera la distancia que faltaba para llegar.

Sí… la pasé mal. Pero seguí caminando. Sin parar.

Se me venía la noche y quería llegar, qué otra cosa podía hacer?

Hoy soy un tigre viejo (“maduro” me gusta más, pero la maldita canción dice “viejo”), y por eso me permito disentir con el del tema de Moris y aconsejo lo contrario.

Nada de conformarse. Nada de quedarnos sentados tomando limonada dentro de la jaula, sólo porque la vida nos dio limones… nada de esperar a que alguien deje el candado sin cerrar.

Cada uno tiene la llave de su candado y puede elegir cómo quiere vivir.

Si cuando la Vida te da limones, te limitás a hacer limonada, no patalees por lo agrio que es tu presente. Si cuando se te viene la noche, sólo te sentás a esperar a que aclare, no te quejes del frío de la intemperie.

Yo elijo trabajar por lo que quiero y hago lo que haga falta.

Si se me viene la noche, camino hasta llegar a casa.

Y si la vida me da limones, me voy al campo, ordeño una vaca, lleno la botella de leche, viajo a Brasil, me trepo al plátano, descuelgo dos bananas y me hago un rico licuado.

Y que la Vida se meta en el trasero los limones,

bien metidos,

que yo tengo la llave de mi candado…

 

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