Bailando en la oscuridad

El problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas. Bertrand Russell, filósofo y matemático

Tengo 54 años… me las sé todas. No perdí el tiempo en ningún momento de mi vida. La abracé con tanta intensidad que todos mis poros absorbieron la sabiduría que “la calle” te da, haciéndome un “banana total” –como decía hace años mi hija menor– que anda por la vida dando seguros pasos y repartiendo a diestra y siniestra todo ese saber que se jacta de tener…

“Cuando vos vas, yo ya fui y volví… y tomé mate en el camino” bien podría ser mi frase de cabecera. Aquella que me definiría por completo. Esa frase que te dejaría ver a qué y a quién te estás enfrentando…

Cuando cursaba tercer año de Psicología en la Universidad del Salvador –una época maravillosa– aproveché la pasión que Jorge Bandín tenía por la enseñanza y lo encaré en el bar de la facultad, lugar en el que el tipo estaba tomando un café, descansando un rato.
–Jorge –dije, para que levantara la vista de la tacita.
–Y ahora qué? –me preguntó. El tipo estaba acostumbrado a que yo le rompiera las pelotas a cada rato, “extrajudicialmente”, fuera de clase.
–Tengo un problema enorme –le dije, con cara de cachorro necesitado.
–Dale, decime –dijo, haciendo un gesto que me invitaba a sentarme.
–Por muy loco que te parezca, quiero preguntarte algo y el problema es que no sé bien qué carajo es lo que quiero saber –le expliqué mientras me sentaba y le hacía un gesto a Dani –el dueño del bar– para que me trajera un café también a mí.
–Charlemos un rato –murmuró con aire cansino.

Eso hicimos. Charlamos sin demasiado rumbo. Sin prestar demasiada atención a las palabras que iban y venían entre nosotros dos. No recuerdo con precisión de qué hablamos en ese rato, pero puedo decir que emocionalmente bien podría compararse a una suerte de tango bailado en una sincronía que daba un placer infinito. Jorge era un tipo con una gran habilidad para “bailar” con sus alumnos. Sabía muy bien cómo guiarte sin que vos sintieras que te estaba llevando, sin que vos perdieras el protagonismo que era tuyo en ese baile.

Ya habíamos terminado de tomar nuestros cafés cuando, de repente –y con la fuerza de un rayo golpeando contra la tierra– solté la pregunta. Y agregué, lleno de emoción:
–Eso! Eso es lo que quería preguntarte!
–Dani, me cobrás? –dijo Jorge, mirando hacia la barra.
–Qué hacés!? Te vas!? Ahora que ya tengo la pregunta!? –dije, desesperado ante la imagen de mi profesor parándose para irse.
–Qué más querés? –me dijo. –Ya tenés la pregunta. Qué más querés que la pregunta? –me contestó, con una sonrisa que le bailaba en la jeta al hijo de puta, lleno de autosatisfacción con su modo de enseñar.
Pagó y se fue…

Me quedé sentado un buen rato en silencio con la mirada puesta en las imaginarias huellas que Jorge había dejado al marcharse.

Tengo 54 años. Me las sé todas. Cuando vos vas, yo ya fui ,volví, y tomé mate en el camino. Desde aquella época me las sé todas. Gracias a este maravilloso profesor que me marcó el camino. Que me dio una de las lecciones de vida de las que más marcaron quien hoy soy.

Me las sé todas porque aquél “qué más querés que la pregunta” me ha mantenido siempre dispuesto a aprender. Todo el tiempo. De todos. De cansados viejos sabios y de jóvenes llenos de impulso de vida. De mi madre y de mis hijas. De mis amigos. De cualquiera que se cruce en mi camino y pueda aportar algo más a mi vida.

“No tengo ningún talento particular”, decía Einstein, “sólo soy apasionadamente curioso”.

Esas cosas lo definían como un genio, no sólo la famosa fórmula que todos repetimos sin tener ni la más mínima idea de qué significa. Ese pensamiento sí es una genialidad que mi estrecha mente puede comprender con facilidad.

Porque es lo mismo que me dijo Bandín, ese tipo que me iluminó al irse en el momento justo. Al dejarme sólo bailando el tango con la pregunta.

Nadie se las sabe todas. Nadie. Yo menos.

Pero se puede intentar. Se puede andar por la oscuridad de las preguntas dispuestos a aprender de cada “profesor” que la Vida nos ponga en el camino.

Hay un mundo maravilloso esperándonos, lleno de pequeñas respuestas y repleto de más oscuras preguntas por cada luz que logremos encender.

Creo que muchas veces preferimos las primeras porque tranquilizan el alma, calman ansiedades, apagan miedos. Es más fácil andar por ahí pensando que te las sabés todas antes de aceptar convivir con la angustia de no saber. Con la ansiedad de andar bailando a ciegas en la oscuridad de la preguntas y el miedo a golpearnos con las respuestas que podamos encontrar en el camino.

Pero también creo que si aceptamos que el sólo hecho de vivir supone preguntas constantes y aprendemos a bancarnos la cuota de angustia que viene con ellas, vamos a descubrir un sinfín de pequeñas luces de la Vida que nos perdemos cuando no nos animamos a ser “apasionadamente curiosos”.

No sé ustedes, pero yo pienso seguir bailando el tango sosteniendo bien fuerte a las preguntas con las que baile, en busca de esas respuestas.

Porque lo mejor que puede pasarme es que nunca,

ni por asomo,

me las sepa todas…

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