Anoten esto, desgraciadas

A los hombres también se les cuida, se les valora
y se lucha por ellos…
Anoten eso, desgraciadas.Un anónimo que se animó a decirlo.

Muchachas, mujeres, féminas del orbe: Las he escuchado decir que somos una especie en vías de extinción, que aquellos hombres que somos “machistas” sólo en las cosas que las benefician y en ninguna de las que las perjudican estamos condenados a la desaparición de la faz de la Tierra. Las he oído quejarse, patalear, mufarse. Las he visto preguntarse dónde están los hombres. Hasta he visto a alguna ir a las Galápagos para ver si queda alguno ahí, protegido junto con las dos tortugas.

Miren, acá en la terraza hay unos cuantos. Todos tigres maduros, bien plantados. Pero nosotros también tenemos quejas. Acá va una.

Paciencia, lápiz y papel…

Hace un tiempo había una publicidad en la que se veía a un hombre con una mujer, mesa mediante, charlando. En un momento el tipo comenzaba el movimiento para besarla. Se incorporaba un poco, adelantaba su cara y se acercaba en un viaje sin retorno. En paralelo a esa imagen, el comercial mostraba –también en imágenes–, qué era lo que el pobre desgraciado estaba sintiendo en ese momento.

La imagen era per-fec-ta. Se lo veía tomar carrera en la terraza de un edificio y saltar al vacío. Una vez en el aire el tipo giraba la cabeza e intentaba volver estirando la mano con desesperación, cosa absolutamente inútil a esa altura del partido.

Muchachas, mujeres, féminas del orbe: así nos sentimos. Tal cual. Es ésa la sensación que nos invade al momento de dar ese primer beso. No hablo de un beso dado al voleo. Hablo del beso dado a alguien que, por el motivo que sea, no te da lo mismo.

No es justo, maldición…

Nosotros, los miembros de la especie que según ustedes está en vías de extinción, pagamos el precio de nuestros imbéciles ancestros y sufrimos las consecuencias. Somos nosotros los herederos del machismo que hace que tengamos que ser los que saltamos al vacío porque –“como Dios manda y corresponde”, como dice un amigo mío– somos a quienes nos toca ser los “activos” en esta historia de dar el primer paso. Que de “paso” no tiene una mierda; es el espectacular salto del tipo del comercial. Es volar desde un precipicio sin red alguna. Es 200 km por hora de caída libre en la esperanza de que se abra el paracaídas de sus labios.

Porque seríamos Neo en The Matrix, reventando contra el suelo y hundiéndonos en el cemento si nos sacaran la cara o nos pusieran la mejilla, como cortés manera de decirnos “No, no quiero esto, gordito. La paso bien con vos, pero eso es todo”.

Cuando era “más” joven –como decía China Zorrilla– no había beso sin introducción. “Hacer el verso” previo era eso: comprarse un paracaídas. Te hacías el gracioso, hacías una directa o metafórica pregunta previa, y ante el sí de ella o al menos, una sonrisa amplia, obtenías el permiso para saltar sin miedo a reventar contra el pavimento. Y si la respuesta era negativa o no había tal sonrisa, uno estaba acá, de este lado del vacío, sentadito en la silla esgrimiendo una salida decorosa.

Teníamos 17 años y con mi amigo “el pollo” íbamos a un instituto para preparar las materias que nos habíamos llevado a diciembre. También iba Mónica, una petisa rubia que me partía la cabeza (sí, ya sé, con las hormonas de los 17, la Mona Lisa también me partía la cabeza. Pero Mónica era realmente muy linda.).

Unos días antes de conocerla “el pollo” había sentenciado con voz de adivino:
–A la próxima mina que guste de vos (así se decía por aquellos tiempos) le va a gustar el helado de sambayón.
Una boludez absoluta, no necesito explicarlo.

Pero una boludez que en aquellos tiempos podías transformar en oro en polvo. Porque allá lejos y  hace tiempo, el “verso” introductorio del primer beso lo era todo.

Y eso hice. Muté el disparate de mi amigo en mi “verso”.

Preguntarle a Mónica, totalmente descolgado, si le gustaba el helado de sambayón, fue el primer paso. Ella sonrió sin entender por qué yo lanzaba tan estúpida pregunta ahí, sobre la mesa alrededor de la que estábamos todos los boluditos con materias a diciembre, y dijo que sí.

Nos miramos en complicidad con el pollo, como si ese hecho –que a Mónica le gustara el helado de sambayón– fuera la sentencia confirmatoria de un oráculo moderno que garantizaba que ella se sentía atraída por mí.

En fin…

Ya solos, una tarde de esa misma semana, le conté a Mónica toda esta misma historia que les estoy contando y fue ése mi “verso”. Porque cuando terminé de hacerlo, no sin algún nervio de todas formas, le pregunté:
–Te sigue gustando el helado de sambayón?
(Sí, ya sé. Suena pelotudo. Porque era un pelotudo. Pero yo me sentía un canchero bárbaro).

Salió bien. Fue mi novia por unos cuantos meses.

Muchachas, mujeres, féminas del orbe de estos tiempos: los hombres hemos perdido ese recurso. Ya no es así, me han informado. Ahora tenemos que saltar al maldito vacío sin ninguna “línea” previa que nos sostenga.

Ahora, si pedís permiso para besar, sos un pelotudo sin remedio que “se la bajás” (me pareció grosero poner “se la secás”) al mismo instante en el que estás formulando el pedido.

Y acá estamos nosotros, los de la especie en vías de extinción. Sin ningún entrenamiento en saltar sin red. Con “armas” de seducción un poco oxidadas, según me han dicho mis jóvenes asesoras.

Vemos que hay Morpheus cachorros que saltan de un edificio al otro con total naturalidad. En pleno control de esta Matrix contemporánea. Y es nuestro turno. Ahora nos toca saltar a nosotros. A los tigres maduros entrenados de otra forma.

Anoten esto, desgraciadas. Eeeehhh… Bueno… Por favor… Porfavorcito… Porfi…

Tal vez sea mucho pedir que luchen por nosotros, pero si realmente valoran a la especie en vías de extinción, van a tener que cuidarla.

Porque mucha independencia, mucha libertad, pero a la hora de los bifes, se acomodan en el sillón y nosotros somos los que tenemos que tomar carrera en la terraza.

Si quieren que alguno de los miembros de esta especie nos atrevamos a besarlas sin red, así, saltando al vacío sin más trámite, van a tener que desplegar su seducción con la suficiente intensidad para que ni nos demos cuenta de que estamos tomando carrera, para que ni reparemos en el vacío que nos espera ahí, un segundo después de que hayamos dado el salto.

Para que cuando giremos la cabeza para mirar la terraza que quedó atrás, ya nada nos importe.

Y sonriamos felices mientras caemos,

     sin miedo alguno,

           en esos labios que fuimos a buscar…

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