Amor de verano

Hay algo peor que un sordo que no quiere oir.El autor

Son muchas las veces en nuestra vida que “sabemos”. Y de esas veces son muchas las que nos hacemos los tontos. El problema está en que cuando eso que sabemos pasa, paradójicamente, nos toma por sorpresa.

Tal vez estaría bueno decidir. Sin hacerse el sordo. Decidir a sabiendas de que estamos corriendo un riesgo. Para que si pasa lo que sabemos, no haya sorpresa, no haya ese “la vida me engañó” del tango.

Porque creo que cuando no hay sorpresa, cuando uno elige, la alegría es enorme y la tristeza no es tanta…

–Me podrás traer un par de sobrecitos de edulcorante? –me preguntó.
–Le vas a poner edulcorante al Clericot? –repregunté sorprendido.
–No, me gusta la sacarina. Y la como así, del sobre.

Eran seis o siete. No recuerdo el número exacto porque no hay tipo que a los 24 años vaya a reparar en los hombres de una mesa en la cual hay dos mujeres y una le parece bajada del cielo. Y yo tenía 24 años.

Hacía poco habíamos abierto Juan Salvador Pub en Mar del Plata, una casona en un inmenso jardín que quedaba en lo que en ese entonces era Parque Camet (mitad de camino entre Mar del Plata y Santa Clara) y este grupo había venido a conocerlo y a tomar algo.

Ahí, en medio de esa nada y frente al mar, el lugar era un paraíso y yo era Adán, ya que había estado durante muchos días atendiéndolo solo, hasta que llegó Diego, mi amigo desde hacía ya unos cuantos años y a quien yo había contratado como mozo para la temporada, aprovechando mi lugar de encargado del pub.

Ella era divina. Rubia, de ojos ámbar, un tanto petisa pero con un cuerpo… en fin… a mis ojos, perfecta.

Puse como cuarenta sobrecitos de edulcorante en un platito y se los llevé.

Sonrió.

Fue todo lo que necesité para que cuando uno de los tipos fue al baño y pasó por la barra pudiera preguntarle si ella estaba con alguno de ellos.
–Más tarde vengo a la barra y la traigo –me dijo por respuesta.

En algún momento se quedaron solos las dos minas y este pibe y, tal como me había prometido, se acercaron a la barra y comenzamos a charlar, mientras yo fanfarroneaba preparando un trago al que en un momento le prendía fuego.

Al día siguiente, Pato –tal el sobrenombre de ella– y yo tomábamos juntos el té en el jardín de Juan Salvador.

Besos, caricias y charla. Linda charla. De la vida, de proyectos, de ideales. Perfecta para “enamorarse”.

Así pasamos un buen rato, sentada sobre mí, con su espalda sobre mi pecho y ambos mirando al mar.

–Estuviste de novio hace poco? –me preguntó en un momento.
Me reí como respuesta y meneé la cabeza.
–Y vos? –pregunté.
–Sí, hasta hace un mes. Salimos un año y medio…
Hice silencio unos segundos y fui a buscar la respuesta.
–Quién cortó?
–Él –sentenció.

Unos minutos después de quedarnos en silencio abrazados, giró la cabeza, me besó y la conversación pasó a la historia.

Durante un par de días sus amigos la traían en auto, se quedaban un rato y después me dejaban con ella. Gente simpática que me integró de inmediato haciéndome sentir un creciente cariño.

El romance era eso: romance. Un enamoramiento de puta madre. La tipa era dulce, tierna, sexy, inteligente, divertida… un combo que me mataba. Me encantaba. Me volvía loco.

O mejor dicho, me volvía sordo.

Mejor dicho aún: me volvía idiota.

Porque yo había “escuchado” perfectamente que hacía muy poco que el novio la había dejado. Incluso yo mismo le había dicho a Diego: “si este tipo vuelve pronto, estoy al horno”.

“Si dices que vienes a las cinco, comenzaré a ser feliz desde las tres” se podía leer en el papelito que me dejó junto con un chocolate esa mañana, parafraseando al Principito, después de haber pasado la noche conmigo y al momento de irse con la amiga que había venido a buscarla.

A las cinco yo estaba en Playa Grande.

Divisé al grupo, me acerqué y saludé.
–Hola –me contestaron casi al unísono, pero con tal tono de voz general que ironicé:
–Quién se murió?
–Vos –me contestó uno que era tan ácido como yo.

Levanté la cabeza y pude verla más allá, charlando con su ex… que ya no era más ex.

Me costó reponerme. Caminé unos metros y me senté en la arena con la mirada perdida, atontado, tratando de asimilar el golpe.

Durante días me pasé las noches sin trabajar sentado bajo la sombrilla de una de las mesas, con la vista clavada en la entrada, esperando verla llegar en ese Peugeot 505 azul o en el 404 blanco en los que había venido durante esos pocos días.

Diego atendía el pub y cada tanto venía con algo para tomar y se sentaba a mi lado en silencio, mientras las lágrimas rodaban por mi cara hasta la comisura de mis labios.
(Diego: gracias, una vez más.).

Fue un “amor” de verano. Clásico, en todo su esplendor. Ridículo, si no fuera por la incidencia que tienen las hormonas a esa edad.

Pero no fue la última vez que “escuché” y desestimé lo que escuchaba porque quería tanto “eso” que estaba pasando, que elegí hacerme el boludo.

Y pagué precios más altos que unas noches de Martini y lágrimas.

Pero ya no puedo. Cuando quise ser sordo, las lágrimas brotaron antes. Algo que en un primer momento no entendí, pero a que a medida que pasaban los días y yo seguía “escuchando” me sirvió para poder absorber lo que no fue una sorpresa, por muy triste que me haya resultado.

Porque esta última vez elegí, a conciencia, correr el riesgo.

Porque esta última vez, decidí que valía ese riesgo.

Y por eso, cuando esas lágrimas inentendibles cobraron sentido,

hice una mueca

y simplemente sonreí…

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