Al final, voy a estar allí

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Si te caes, te levanto.
Y si no puedo, me tumbo a tu lado.Julio Cortázar

Te amo. Pero no es para tanto.
Es para siempre.Grafitti anónimo

Por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender –y que por la edad que tengo y los años que hace que lo intento, pienso que nunca llegaré a hacerlo– a los seres humanos nos encanta complicarlo todo.

Vivimos hablando de las cosas simples de la vida y después, a la hora de vivirlas –en un acto de magia digno del Efecto Carbonaro– logramos transformarlas en ecuaciones cuánticas inentendibles.
Cómo hacemos para llegar a eso? Ni idea. Pregúntenle a Carbonaro…

Se han escrito y se escriben miles y miles de frases, notas, artículos y libros explicando qué es el amor, con fórmulas de todo tipo y color que ocupan decenas de páginas y que, como si fueran un manual de instrucciones de cualquier electrodoméstico, nunca, jamás, en la puta vida funcionan. Siempre hay algo que parece que se saltearon al escribir el instructivo. Siempre hay un botón que cuando lo apretás no pasa lo que el manual dice que va a pasar.

No debería sorprendernos ni un poquito que esto suceda. Porque es exactamente lo que ocurre con las cosas enroscadas. Tienen demasiadas piezas, demasiadas instrucciones y siempre, inevitablemente, alguna se nos escapa y la cosa no funciona. Y entonces le echamos la culpa al aparato, y tiramos al amor a la mierda. Porque no anda, no hay caso.

Y no estaría mal deshacerse de aquello que por complejo, no sirve. Sería hasta lógico el pragmatismo de descartar lo que consume energía sin reportar beneficio alguno.

El problema se torna grave cuando la cosa en sí es sencilla y lo rebuscado son las instrucciones. Ahí pasamos de prácticos a idiotas, en un sólo acto.

Porque estamos tirando a la mierda algo maravilloso sólo porque no somos capaces de descifrar cómo funciona.

Si armara un debate sobre “el amor”, se formarían al instante dos grupos con un sentir antagónico. Uno, compuesto por cientos de hombres y mujeres que dirían que es complicado, jodido, casi imposible. Y que “hasta que la muerte los separe” es sólo una imbecilidad heredada de la Iglesia. Y otro, un poco más pequeño, compuesto por el fantasma de Don Julio y por mí, que diríamos que no. Que en realidad es una pavada. Que no hay nada más sencillo en esta Tierra que amarse. Y que “para toda la vida” no es en lo más mínimo una utopía inalcanzable, sino todo lo contrario. Porque no es un objetivo. Es nada más ni nada menos que la sencilla consecuencia de una actitud de vida.

Ya imagino al gran grupo mirándonos a don Julio y a mí con desdén, casi con pena, susurrando que no hemos madurado, que somos dos adolescentes con ideales idiotas.

Que menos mal que el don ya está muerto, así queda sólo un boludo que soportar con estos infantiles planteos.

Pero a pesar de eso, insisto en que es realmente fácil. Y que todo pasa por desmantelar tanta parafernalia escrita sobre el amor y su magia, el amor y su capacidad de traspasar fronteras, el amor y su magnífico, gigantesco, desbordado tamaño… Porque todo eso es posible porque está bien apoyadito sobre el más simple principio y no sobre complejas teorías.

Porque Don Julio, el rebuscado autor de Rayuela, se levantó una mañana, se sirvió un café y con un cigarro en la boca y de costado escribió, en dos renglones, todo el secreto de esta historia. Y nos regaló a la humanidad esta “fórmula” que pasó de ser la de la relatividad de Einstein a la de un niño de seis años con su uno más uno es dos.

Porque “si te caes, te levanto” es simplemente que voy a estar allí.
Y que “si no puedo, me tumbo a tu lado” es exactamente lo mismo.

Voy a estar allí, acompañándote. Como sea, voy a estar allí.

Siempre. Cada vez que haga falta.

Y eso es todo.

Si queremos ese magnífico amor que todo lo puede, ese que hace que la alegría de despertar junto a alguien que construye con nosotros día a día perdure en el tiempo, si queremos irnos de este mundo sonriéndole a ese alguien, sólo hay una cosa que nunca tenemos que dejar de ser: ese niño de seis años que comprende que uno más uno es dos.

Y que esa fórmula, en la adultez, es así de sencilla:

1 + 1 = 2 compañeros

 

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