Al don Pirulero

Dulce Caroline, los buenos tiempos nunca han sido tan buenos.
Me he inclinado a creer que nunca serían…Neil Diamond, Sweet Caroline

Cuando tenía 25 años era el encargado de Juan Salvador, un pub de Belgrano que en ese entonces, cuando a los bares se les decía pubs, estaba de moda. Siendo virtualmente dueño y señor de aquel lugar, podía decidir en qué puesto me ubicaba cada noche que abríamos. Y fue así que en un “spaghetti party” –cheta manera de transformar a un plato de fideos en algo con onda– decidí que iba a ser el “puerta”…

Bajé –Juan Salvador quedaba en un primer piso–, planté el banquito que te permitía la pose canchera de apoyar un pie en el piso y otro sobre la tablita que une las patas, me levanté el cuello de la campera mientras dejaba que se cayera un poco de mis hombros para dar la ilusión de mejor lomo, me acomodé el funyi gris oscuro (sombrero de tanguero), ladeándolo hacia la derecha y tirando de él hacia abajo apenas para que tapara un poco mi ojo, me colgué un cigarrillo de la boca al estilo James Dean y así, armado de mis mejores sonrisas, fui recibiendo a la gente que venía a la fiesta. (Sí, un pelotudo importante. Era joven, sepan entender.)

En esta “fiesta” estaba cuando la vi…

Rubia, de rulos, con una boca como las que están de moda hoy, venía despilfarrando una sonrisa mezcla de sensualidad y ternura entre el grupo con el que estaba y caminaba de una forma tal que podía reconocérsela a dos cuadras. Veía a su grupo acercarse mientras ensayaba mi mejor mirada, entorpecida por la presión que sentía en la boca del estómago, tanto así era el “flash” que me estaba comiendo.

Reparó en que la miraba y, durante los metros que faltaban para que llegaran a la puerta, hablaba de costado con su grupo, sosteniéndome la mirada y con su sonrisa, ahora inquieta, con ese toque de picardía que a los hombres nos hace levantar las cejas, controlaba por completo toda la escena, dibujando en mí, casi en espejo, la misma sonrisa.

Sacudí la cabeza para que quedara claro que tenía que “despabilarme” para poder atenderlos y los recibí.

Una vez que la fiesta comenzó y ya arriba, me acerqué a una amiga que ese día descubrí que la rubia y yo teníamos en común:
–Tana –le dije de costado, mientas mis ojos seguían a la rubia por todo el pub.
–Se llama Carolina y tiene novio, no jodas –me adivinó.

Hubo más días, más miradas, más sonrisas…

–Anda como el orto con el novio porque el tipo no le da bola –me autorizó un día la Tana.
–Dame la dirección, le contesté.

Manos a la obra. Al día siguiente me fui hasta una florería conocida por su estilo norteamericano de entrega, gritando en la puerta el nombre de la destinataria y hasta con ese uniforme que se ve en las películas.

Lo afané a Bécquer (“Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso… yo no sé qué te diera por un beso”) para la tarjeta y lo parafraseé: “Ya entregué el mundo por tu mirada y el cielo por tu sonrisa. Sólo me queda el “no sé qué te diera” guardado por si llega el momento de un beso”, escribí.

Carolina era judía…

Y qué tiene que ver eso con esta historia?

Las flores llegaron, con el muppet gritando en la puerta de su casa “Flores para Carolina!” al mediodía siguiente, mientras toda la familia –novio incluido– disfrutaban de un almuerzo por el Año Nuevo de esta religión, fecha de la cual yo no tenía ni la más remota idea.

No vinieron más al pub. Fue la Tana la que me contó que, después del obvio kilombo que generé, pudieron hablar de lo que estaba pasando entre ellos. Carolina encontró el espacio para decirle cómo se sentía y él (llamémoslo Jorge, porque no recuerdo su nombre) tuvo el suyo para repensarse y volver a estar para ella. Para dejar de “darla por sentada” y continuar dándole esa atención que ella, por unos días, había encontrado en mí.

Quizá sólo se trate de eso. Tal vez sea tan sencillo como hacerle sentir al otro que le prestamos atención, haciéndole saber de alguna manera –sin importar si es tan pequeña como una sonrisa o una mirada–, que cada día lo reelegimos como compañero en este viaje de ida que es la vida.

Porque a la largo de los años he visto pilas de Carolinas y él. También de Jorges y ellas, cada uno atendiendo a su juego, olvidando por completo al juego principal. A ése que tienen en común.

Y no todos tuvieron la suerte de que las flores llegaran en Año Nuevo judío…

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Dónde quedo yo en esta historia?

En el lugar del empedernido romántico que soy que, cada vez que recuerdo a la sweet Caroline con la que no tuve más que sólo unos días de sonrisas y miradas que finalmente nunca fueron buenos tiempos con ella, simplemente sonrío.

Aunque más no sea porque tengo una historia más para contarles mientras,

cada día,

atiendo mi juego…

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