A solas con X-man

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Y el sexto día, Dios creó al hombre…Génesis 1:24-26

El día que me enteré que Dios había abierto una sucursal en el Uritorco, aproveché una promo de despegar.com y me compré el paquete que incluía combi, traslado al monte, guía hasta los portales del Señor y una charlita con el Padre.

Junté unas cuantas preguntas que me rompen la cabeza desde siempre y me fui para Córdoba, dispuesto a confrontarlo. Bien decidido a interpelarlo de lo lindo al Todopoderoso.

Con la listita de cuestionamientos dobladita en el bolsillo trasero de mi jean, una blasfema remera que tenía impreso “Soy el rey del Universo” en el pecho y unas Nike trackers 2016, escalé el bendito monte mientras el guía no paraba de decir que la experiencia iba a ser inolvidable, ya que Dios no atendía todo el tiempo ahí; venía muy de vez en cuando, el muy importante.

Llegué al portal, me escanearon para asegurarse que sólo venía a preguntar, me hicieron sacar la remera y me dejaron pasar a una enorme sala. Ahí estaba Dios, al fondo, despatarrado contra el respaldo del enorme sillón blanco y con los brazos a ambos lados, descansados sobre –justamente– los apoyabrazos. Su profusa barba no lograba esconder su cara de “y ahora qué”, en una suerte de contradicción filosófica, ya que el tipo todo lo sabe de antemano.

Creo que por eso ni me dejó hablar y comenzó su monólogo de una, cuando aún no me había sentado en el banquito que estaba de este lado de su escritorio. Y con voz de “tengo los huevos llenos de explicar siempre lo mismo”, arrancó:

–Mirá, pibe –me dijo. –Ahí a tu lado tenés el tacho para tirar tu listita de mierda. Y sobre el escritorio tenés lápiz y papel para tomar nota. Y antes de que terminara de acomodarme, empezó lo que sería su discurso del siglo.

–Querés que te diga la verdad? –preguntó.  Y sin esperar respuesta, siguió: –Estaba aburrido. Tenía los huevos al plato de tanta inmensidad llena de nada. Así que un día, harto de tanta oscuridad y sin Netflix para por lo menos poder engancharme con alguna serie, decidí crear algo para entretenerme. El resto, pibe, ya te lo sabés: fabriqué el cielo y la tierra, el día y la noche, el sol y la luna, y bla, bla, bla.

Y el sexto día… bueno, el sexto día la cagué. La gente cree que el séptimo día descansé, pero no es cierto. Ese domingo de mierda me la pasé preguntándome cómo iba a hacer para arreglar semejante cagada…

–Pero… –intenté intervenir. El tipo estaba tan caliente que ni me escuchó y siguió hablando con esa voz de sonido surround que tiene.

–Si mirás la historia un cachito vas a ver que lo intenté todo. Traté de hacer alianzas, no cumplieron un pomo y me hicieron calentar. Dos veces, la puta madre. Me hicieron sentir el Gobierno tratando de concertar precios cuidados con las empresas. Al pedo, al reverendo pedo. Entonces lo mandé a Moisés con diez reglas básicas para que dejaran de hacer cagadas. Y qué hicieron? Se las pasaron por el orto. Casi derrotado, saqué de la manga mi as más poderoso y me la jugué: les mandé nada más ni nada menos que a mi hijo. Y qué pasó? La mitad lo trató de mentiroso y la otra mitad me lo cagó a palos y me lo mandó de vuelta flaaaco-flaco y todo lleno de agujeros…

–Bueno, está bien, pero…

–Pero las pelotas! –gritó tan alto que se escuchaba “peloootas, peloootas” en eco. Y siguió: –Siempre me pregunto para qué mierda puse ese maldito arbolito con las manzanas… la puta madre… la idea era que tomaran conciencia, que supieran cuán grande era el reino que les estaba dando, manga de pelotudos, no que hicieran de eso un arma para poder jugar a despedazarlo a diestra y siniestra.

El Don no paraba ni para respirar…

–Querés respuesta a tu preguntita de mierda? Por qué? Por qué? Por qué no intervengo si soy todopoderoso y onmipresente? Bueno, pibe, desayunate: soy todopoderoso pero hace rato que me tomé el palo. Hace mucho que me fui, harto de ver cuán estúpidos son. Me cansé, pibe, me cansé. Me llenaron las pelotas con sus guerras, sus miserias, sus ambiciones de todo, sus matanzas en mi nombre, su segregamiento racial, político, religioso, futbolero… eh… eh… Yo! (El tipo no podía decir “Dios!”)
Embaladísimo siguió adelante.

–Les dí el amor y ustedes se llenaron de odios, les dí la lealtad y se la pasan traicionándose, les dí la tolerancia y se viven matando por huevadas… por mi Amor!! Le erré, pibe. La cagué en grande. Creí que lo mejor que podía darles era el libre albedrío y me fui al carajo… estaba tan entusiasmado al principio que no medí las consecuencias, qué va a hacer…
Se pasó la mano por el pelo desde la frente haciendo correr los dedos hasta la nuca, y dejando la mano apoyada en el cuello, se quedó unos segundos en silencio.

–Ahora ya está –retomó con voz melancólica. –Me pasé miles de años tratando de arreglar el kilombo que armé, pero no hay caso. Y yo soy el arquero del Universo, pibe. No hay nadie atrás que pueda atajar este bolonqui. Y ustedes, querido, no tienen remedio. Van a terminar haciendo volar toda mi obra en mil pedazos. Y te voy a decir algo más: te vas a llevar una data posta, posta.

–Cuál? –susurré.

–Sí hay vida en otros planetas, de otras galaxias. Y sí vienen acá. Pero no hacen contacto con ustedes porque sólo vienen a mirar. Yo soy el que los manda a mirar. Armo pequeños contingentes con noaterrizar.com para que viajen estos extraterrestres cuando se me ponen medio zoretes, cuando empiezan a sentir ambiciones desmedidas de poder, cuando a alguno se le cruza por la cabeza matar a otro, en fin, apenas se van de la línea de las sencillas diez reglas básicas que ustedes se pasaron por el trasero. Cuando eso pasa, los junto, contrato un paquete en promo y los mando al Uritorco para que echen un vistazo de adónde van a ir a parar si son tan pelotudos como ustedes fueron.

–Todavía están a tiempo –siguió– pero son tan boludos…

–Y entonces, qué hacemos? –pregunté, medio molesto. Y se calentó de nuevo.

–Ah, ni idea! Arréglense como puedan! Reflexionen! En una de esas tienen una oportunidad. Y si no, que… que… puta madre!

El tipo estaba sacado porque otra vez tenía el mismo problema: hubiese sido contradictorio que dijera “Que Dios los ayude”, pobre…
Se puso rojo de la bronca y finalmente –un instante antes de que dos ángeles con espadas de fuego me invitaran a retirarme–, dijo:

–Bueno… si no cambian, que el Chapulín col… ah, no… ése ya está en casa… bueno, que los ayude Magoya!

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